colinas, que mi imaginación se apresuró a llenar de cascadas y de sombríos parajes, poblados defrutales de dulce aroma en los que refugiarse del calor. Las fotografías me recordaron las pinturas
de Tahití que William Hodges se había traído de su viaje con el capitán Cook, en las que semostraba una laguna tropical bañada por la suave luz del atardecer, donde muchachas indígenassonrientes se solazaban, descalzas y despreocupadas, en medio de un exuberante follaje. Imágenesque habían suscitado admiración y anhelo la primera vez que Hodges las exhibió en la RealAcademia de Londres, durante el riguroso invierno de 1776, y que continuaron sirviendo de modelopara descripciones posteriores de idilios tropicales, incluidas las que ilustraban las páginas de
Sol deinvierno.
Lamentablemente, los responsables del folleto habían intuido lo fácil que resultaba que sus lectoresse convirtieran en víctimas de los fotógrafos, cuyo poder suponía un insulto para la inteligencia ycontravenía toda noción de libre albedrío: fotografías sobreexpuestas de palmeras, cielos despejadosy playas blancas. Al contacto con estos elementos, los lectores que, en otras facetas de su vida,habrían revelado su capacidad de escepticismo y de prudencia, retornaban a una inocencia y unoptimismo primigenios. El anhelo suscitado por el folleto constituía un ejemplo, conmovedor a lapar que ridículo, de cómo los proyectos, y aun la vida entera, pueden verse influidos por las mássimples e incuestionadas imágenes de la felicidad; de cómo puede ponerse en marcha un largísimoy ruinoso viaje, a raíz de la mera contemplación de una fotografía de una palmera levementeinclinada por la brisa tropical.
Decidí hacer un viaje a la isla de Barbados.
2.
Si nuestra vida se halla dominada por la persecución de la felicidad, quizás pocas actividadesrevelan tanto como los viajes acerca de la dinámica de esta búsqueda, en todo su ardor y con todassus paradojas. Expresan, aunque sea de manera poco articulada, una cierta comprensión de laesencia de la vida, al margen de las constricciones del trabajo y de la lucha por la supervivencia. Sin
embargo, rara vez se estima que planteen problemas filosóficos, es decir, asuntos que requieran unpensamiento allende los límites de lo práctico. Nos vemos inundados por consejos sobre
adónde
viajar, pero poco es lo que oímos acerca
de por qué y cómo
ir. Y ello a pesar de que el arte de viajar
parece acarrear, por su propia naturaleza, numerosas cuestiones que no resultan ser ni tan sencillasni tan triviales, y cuyo estudio puede significar una modesta contribución a la comprensión de loque los filósofos griegos designaban con el hermoso vocablo
eudaimonia
o florecimiento humano.
3.
Una de estas cuestiones gira en torno a la relación entre la anticipación del viaje y su realizaciónefectiva. Me topé con una copia de la novela de J. K. Huysmans titulada
A contrapelo
y publicadaen 1884, cuyo decadente y misantrópico héroe, el Duque des Esseintes, concebía por anticipado unviaje a Londres, en cuyo transcurso ofrecía un análisis extravagantemente pesimista de la diferencia
entre lo que imaginamos acerca de un lugar y lo que puede acontecer cuando llegamos allí.
Relata Huysmans que el Duque des Esseintes vivía solo en una inmensa quinta en las afueras deParís. Rara vez acudía a lugar alguno, con el fin de evitar enfrentarse a lo que consideraba la fealdad
y la estupidez ajenas. Cuando era joven, una tarde había osado hacer una incursión de unas horas enuna aldea vecina y había experimentado cómo se desataba su odio a la gente. Desde entonces habíaoptado por pasar sus días en la cama, consagrado al estudio en soledad, leyendo los clásicos de laliteratura y cosechando acerbos pensamientos sobre la especie humana. Sin embargo, ciertamadrugada, el duque se descubrió invadido por un intenso anhelo de viajar a Londres. El deseo lesobrevino mientras leía a Dickens al calor del hogar. El libro evocaba retratos de la vida inglesa queel duque leyó con detenimiento, dejando que creciera su entusiasmo ante la idea de contemplarlos.Incapaz de contener su excitación, ordenó a sus sirvientes que preparasen su equipaje, se vistió con
un traje de lana gris, unos botines de cordones, un bombín y una capa macferlán de color azul lino,y cogió el primer tren a París. Como disponía de tiempo antes de la salida del tren de Londres,visitó la librería inglesa Galignani's en la Rue de Rivoli, donde se compró la
Guía de Londres
de
Baedeker. Sus sucintas descripciones de los atractivos londinenses le sumieron en deliciosas