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o se dio cuenta de cuándo comenzó a llover, pero podía sentir las gruesas gotas que bajaban del cielo, guiadas por el vientoen un nefasto ángulo que parecía pensado para hacerle daño. Laropa se le iba haciendo poco a poco más pesada. No sentía aún –tenía puesta su guardacamisa, la camisa y su suéter de lana– elfrío empapado y pegajoso de la ropa mojada sobre sus brazos y suespalda, pero sabía que pronto el agua se haría camino hasta su piely sus ya achacosas articulaciones empezarían a reprocharle la es-capada. Sus lentes se habían empañado. Por más que trató no pudoapurar el paso hacia el resguardo de los toldos coloridos de la pana-dería cercana. Sus piernas no eran las mismas de su juventud y sus pulmones trabajaban acelerados mientras caminaba. El estruendo
del agua y del tráco de la calle –imaginó– sería monumental, pero
el pequeño aparato para oír que se insertaba en el oído derecho –elizquierdo sencillamente se había rendido hacía ya tiempo al pasode los años– se había mojado también y ya no funcionaba. Lamen-tó entre dientes haber salido a escondidas del ancianato esa tarde.A partir de ciertas edades –pensó– el frescor sobre la piel del aguavenida del cielo no es una bendición sino una tortura.Sin embargo, pese a las incomodidades, había mucho de esti-mulante y divertido en lo que le ocurría. Disfrutaba de pocos espa-cios de libertad y la rutina y la soledad del ancianato lo agobiaban.Se sentía como al comienzo de una aventura y esto lo animó. Esta
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evasión deliberada, y sus imprevistas consecuencias, lo hacían sen-tir vivo. Entre los resoplidos de su entrecortada respiración, sonreía.No veía bien. Con o sin anteojos hacía ya mucho tiempo quele costaba discernir los detalles de todo lo que estuviese a más deunos pocos metros de distancia. Y ahora que las amplias y gruesaslunas de sus lentes estaban empapadas, el mundo se le había con-vertido en una masa gris, tupida y sin matices. Miró hacia abajoy caminó poco a poco para evitar algún accidente que le aguara la
esta, siguiendo la difusa forma de sus pies que tentaban lentamen
-te la acera mojada para adivinar, antes de que fuese tarde, algún bache u obstáculo que no pudiese superar. Por eso le tomó un pocomás de lo que normalmente le tomaba recorrer las dos cuadras quele separaban del modesto negocio al que se fugaba cada vez que podía, para la desazón de las enfermeras y de la directora del an-cianato, a tomarse un café y fumarse un cigarrillo. Sabía que losmédicos le tenían absolutamente prohibido hacer esas cosas, pero
no le importaba, ya había vivido lo suciente y no veía que otro
exceso pudiese hacerle más daño que el que ya acusaba su cuerpomaltrecho.Lo que no había perdido era el olfato. Aún gozando del olor aagua y suelo mojado que dejaba la lluvia pudo saber con precisióncuándo estaba ya al lado de la panadería. Reconoció el sitio por los
dulces y cálidos aromas del pan y de los otros deliciosos contes
que siempre lo recibían amistosos desde la puerta. Tomó entoncessu bastón con la mano izquierda y tanteando con la diestra pudoubicar al cabo de unos instantes el contorno de una de las pequeñasmesas que, en el exterior de la panadería, servían para acomodar ala gente que allí acudía a distraerse un rato de los ritos del día a día. 
 –Buenas tardes ¿Está alguien sentado aquí? – 
 preguntó a na-die en particular con su voz que, más que oída, era en su sordera
 sentida
desde adentro de sí mismo y le sonaba siempre tan rara yajena.Esperó unos segundos por la respuesta. La verdad era que,aunque ya se había hecho del respaldar de una silla, no podía dis-
 
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tinguir con claridad si alguna persona había ocupado la mesa paraampararse como él de la lluvia tomándose un café con calma bajoel toldo que la coronaba. Nadie le respondió. Por lo menos no deinmediato. No sin esfuerzo se sentó con satisfecha pesadez en lasilla metálica y respiró con un poco más de tranquilidad. Se aco-modó como pudo su aparato de audición y levantó la mano comollamando a uno de esos mesoneros que no podía ver.Así estuvo, sin que nadie le atendiera, unos minutos. Conla mano levantada movió su cabeza hacia los lados buscando quealguien se diera cuenta de que estaba esperando que lo vieran. Yaestaba a punto de resignarse a esperar que algún mesonero apare-ciera –se le había cansado el brazo y el cuello había empezado amolestarle– cuando una voz femenina que le llegó desde muy cerca –con una claridad casi sobrenatural– le habló. 
 –No nos hacen caso
–le dijo– 
espera que yo me ocupo de quenos atiendan.
Se sobresaltó. No sabía que hubiera una persona a su lado.La sorpresiva voz le había llegado desde el otro extremo de la pe-queña mesa pero, sin embargo, aún no podía distinguir si estabaalguien sentado allí o no. Se quitó los lentes y los secó –notó quesus manos temblaban de frío– con la manga de su suéter, pero al ponérselos de nuevo observó que había hecho más daño que bien yque sólo había logrado difuminar un poco el ominoso gris que todo
lo envolvía. Se esforzó un poco y pudo al n distinguir una silueta
femenina vestida de oscuro que –así le pareció– lo
veía
sentadadesde el otro lado de la mesita metálica. 
 –Caramba, señorita
–le dijo al contorno difuso del que lehabía llegado esa voz extraña pero dulce y melancólica a la vez– 
discúlpeme, no quise molestarla. Si quiere me muevo a otra mesa.
 
 –No me molestas ni hace falta que te levantes
–le dijo la mu- jer–.
Quédate aquí y nos hacemos compañía. Digo, si no te repre- senta algún tipo de inconveniente.
 Al anciano le extrañó la familiaridad con que lo trató la que parecía ser una joven muchacha. Le extrañó, pero no le molestó. El

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