2sermones y la literatura de pliegos y de cordel (Sullivan 314-315). Asistimos, sinembargo, por influjo de la moda francesa, a una superficial liberalización de la mujer,que a través de nuevas costumbres como el paseo, las tertulias y la incorporación delcortejo u hombre de compañía para la mujer casada (Martín Gaite), se incorpora y seconvierte en centro de atención activo en la vida social (Fernández-Quintanilla 18-21).
Mujer y cultura en el dieciocho
Mujer y cultura no era una relación indispensable. La mujer dependía legalmentede su marido o tutores, y económicamente cobraba un tercio del salario normal de unhombre (López-Cordón 75) aunque usualmente trabajaba las mismas horas. Por lo tanto,a la mujer se la preparaba –si era afortunada– según lo que se esperaba de ella, esto es,gobernar una casa con niños y saber comportarse ante los demás. Esto afectaba o teníamás peso entre las clases altas. A Sullivan le “sobrecoge, sin embargo, el aparente gradode analfabetismo entre las mujeres acomodadas” (Sullivan 307). Según susinvestigaciones
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a finales del siglo XVIII sólo entre un 5 y un 15 % de las españolas detodas las clases sociales sabía leer, “y quizás firmar mal que bien su nombre, hechocomprobado por los investigadores que han trabajado con protocolos notariales del sigloXVIII” (Sullivan 307). Y en palabras de la ilustrada Josefa Amar, “apenas entre milseñoras de alta esfera haya algunas a quienes hayan enseñado a leer y entender conperfección su lengua patricia, y a quienes ha dado las instrucciones que basten paraformar juicios de los más fáciles libros escritos en su propio idioma” (Josefa AmarBorbón, citado en López-Cordón 90).
Podemos considerar así la precaria situación cultural de la mujer dieciochesca, que vivía en unmundo en el que todavía a principios del XIX no era necesario saber leer, escribir o contar paraejercer como maestra oficial (López Cordón 74).
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