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Escuela con Julián Carrón - 2010.11.17

Escuela con Julián Carrón - 2010.11.17

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12/13/2010

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Apuntes de la Escuela de comunidad con Julián CarrónMilán, 17 noviembre de 2010
 
Texto de referencia: L. Giussani,
¿Se puede vivir así?
, Ediciones Encuentro, Madrid 2008, pp. 273-281.
 
Canto Ballata dell uomo vecchioCanto Who stood up for Stephen Gloria
 Empezamos hoy el capítulo del sacrificio. Don Giussani plantea una premisa que ayudaa responder a algunas de las preguntas que han llegado. Uno de vosotros me pregunta:«Ahora lo más importante para mí es entender cómo participar de verdad en la Escuelade comunidad, cómo debemos prepararnos para ese momento de asamblea y cómotenemos que vivir ese gesto para que sea verdaderamente nuestro y una propuesta paratodos». En la premisa se nos ofrece alguna sugerencia, alguna indicación para elcamino. La primera: «Hace falta repetirlas; y aún repitiéndolas parece que no secomprenden». No es que uno entienda enseguida las cosas y «al repetirlas [lo digo paraque nadie se desanime] parece que se comprenden menos, lo cual es una forma deimpaciencia. [ ] Pero si algo es verdadero y resiste, repite y fija su mirada en ello, enun momento dado es como [ ] el amanecer, y se empieza a comprender». Cada unotiene que decidir si tomarse en serio esta sugerencia de don Gius o no, porque creemosque podemos entender rápidamente sin repetir, pretendiendo que las cosas sean nuestrasenseguida; pero después, uno se desanima inevitablemente. En cambio, repitiendo estarepetición es como tener en la mano la hipótesis que la Escuela de comunidad nosofrece para entrar en la realidad , en un momento dado, empieza a entreverse elamanecer, y entonces «el triunfo de la verdad está en el fondo del corazón». Unoentiende porque cae en la cuenta, en el fondo de su corazón. Y después, en la páginasiguiente, subraya: «Quisiera haceros comprender enseguida, [ ] quisiera que el otrono tuviera que hacer el esfuerzo que debe hacer», como el padre y la madre, que miran asu hijo pequeño y querrían que hiciese el camino sin esfuerzo. Fijaos que no tenemosque pasar por alto estas cosas, porque es lo que pensamos nosotros, para nosotros y paralos demás, lo hemos visto en las últimas Escuelas. Porque «querrían que no tuviera quedar todos los pasos que han tenido que dar ellos, les duele que tenga que pasar porellos», pero será suyo, de sus hijos, sólo si hacen este recorrido; para que lo que hanaprendido los padres sea también de los hijos, es necesario que éstos hagan las mismas eidénticas experiencias, porque no es algo mecánico. «No obstante, uno hace lo quepuede [ ], aquello que Dios le permite, considerando lo disponible que está su libertad[y la del otro, porque podemos encontrarnos con que el otro dice que no]». Si estosucede en cualquier cosa, ¡intentemos imaginarnos ante el sacrificio que supone unacosa que nos repugna, que nos parece injusta! «Y un padre o una madre, al pensar enesto [tan repugnante] dirían: ¡Cómo quisiera yo escupir sangre por ti! ». Fijaos en loque dice: «No; lo que le toca a cada uno, le toca, es decir, lo que Dios quiere de ti, tienesque hacerlo tú». No hay excusas, porque no decidimos nosotros el camino a través delcual el Misterio conduce al otro hacia el destino. Somos nosotros los que tenemos quesometernos a la modalidad con la que el Misterio nos conduce hacia el destino anosotros y a los demás: una obediencia. Pero nosotros pensamos que, al intentarahorrársela al otro, queremos de verdad, como si Dios no le quisiese tanto comonosotros. Estamos convencidos de que somos los que queremos de verdad a los demás,
 
somos tan presuntuosos que pensamos que queremos más porque procuramos ahorrarlesel camino, mientras que en realidad el Misterio no les quiere tanto porque no se loahorra. Ésta es la conclusión que no nos confesamos pero que en el fondo cavilamos.Esto no significa que no podamos colaborar en lo que se le pide al otro; es más, esimposible no querer colaborar, no ayudar al prójimo a cualquier precio. Pero estosignifica colaborar y ayudar a recorrer la modalidad con la que el Misterio le conducehacia el destino, que es según el designio de Otro. 
No consigo olvidar el hecho que he visto suceder en la Escuela de comunidad. Lo quemis ojos han visto y mis orejas han oído ha sido un hombre que, agredido por larealidad, se ha quedado allí, no ha retrocedido, no se ha tapado la cara, y ha estadoallí con toda su razón y todo su afecto, delante de la libertad del otro. He visto quién esel hombre si se deja abrazar por Cristo. Esa noche, volviendo a casa con un amigo,comentábamos: «Yo no habría sido capaz de estar así delante de la últimaintervención». El día siguiente transcurrió como otros muchos entre trabajo, compra,hijos, cena, pero no conseguía dejar de volver continuamente a lo que había sucedido,sobre todo cada vez que la realidad me golpeaba a mí: ya sea con problemas en eltrabajo o cuando mis hijos no me escuchan. Al final del día, me dí cuenta de que habíasido un día como otro cualquiera, pero a la vez totalmente diferente porque no lograbaapartar mis ojos de ese hecho. Permanecía en mis ojos como pregunta, como súplica,como una posibilidad paradigmática para mí de estar ante la vida. Siendo sincera, noconseguí ser más amable con mis compañeras de trabajo, ni tampoco pude evitar gritar a mis hijos, y nadie me dijo: «¡Cómo has cambiado!». Pero lo más extraño es que yome siento diferente. Por ejemplo, ya no soy capaz de lamentarme por las cosas que nofuncionan. La queja ni siquiera me sale de la boca, y no consigo ni pensar en ella. Enalgunos momentos del día  en realidad sucede a menudo  se verifica que una cosapequeñísima que me supone una dificultad, la afronto con menos ansia que antes, y dealguna forma vuelve a suceder el hecho que ha dado origen a todo esto. Creo que estoyempezando a entender cuando usted decía que Juan y Andrés, cuando volvían a su casadespués de haber estado con Jesús, no podían quitarse de la cabeza ese rostro y lascosas que habían sucedido mientras estaban con él. También me han sorprendido dosaspectos: que todo sucedió el día que usted reclamó nuestra atención sobre el valor delhecho del que parte todo. Y la segunda cosa es que, contando todo esto a mis amigos,me di cuenta de que ninguno de ellos había percibido como yo lo que había sucedido.He señalado estos dos aspectos como signo de que se trataba de un diálogo personalentre el Misterio y yo. Y, como el ciego de nacimiento, tengo que decir: «No sé por qué me ha sucedido a mí, sólo sé que antes no veía y ahora veo».
Le he pedido que leyera esto, más allá del hecho que lo ha desencadenado  que porahora no mi interesa
,
por esto que ha dicho al final. Cuando decimos que elcristianismo es un acontecimiento estamos hablando de esto, de un hecho que nos haceser distintos, no necesariamente más coherentes. Esto no significa que al día siguienteno grite a mis hijos o que sea más amable con mis compañeros, sino que, aunque no loconsiga, esto no elimina la novedad que veo. Un hecho que me ha aferrado: elcristianismo es este acontecimiento, no una coherencia, no es un moralismo que haceque dos días después, por arte de magia, consiga hacer algo, sino que es una novedadque se introduce, como se introdujo en Zaqueo antes de que bajase del árbol. Y se venpequeños signos: menos ansia, menos queja. Parece que no es nada, pero es el signo delcambio que tiene lugar, no porque yo sea más capaz, sino por lo que ha sucedido. Y estoes lo que queríamos decir sobre el valor del hecho. A pesar de esto, puede haberpersonas, amigos, que no lo hayan entendido, pero esto no quita nada; el Señor nos
 
concede la gracia a cada uno de nosotros como quiere y cuando quiere, dependiendotambién de nuestra disponibilidad. Pero lo que habla de toda la potencia del hecho esesto: que me aferra de forma tan potente que, más allá del hecho de que yo sea mejor opeor, no puedo eliminarlo. Desde ese momento todo cambia: «No sé por qué me hasucedido a mí, sólo sé que antes no veía y ahora veo». Esta intervención introduce bienel capítulo que empezamos ahora, porque el sacrifico, dice don Gius, es como el puntodonde confluye todo: porque ni la fe, ni la esperanza, ni el amor, ni la belleza puedenexistir sin el sacrificio. Éste es el punto de confluencia de todo lo que tenemos queentender, porque, por las preguntas que me habéis hecho (leo una de ellas) se ve que loque más nos cuesta es justo esto: «Yo deseo, y te lo pido a ti y al Señor, poder entenderel paso por el cual el sacrificio se convierte en un valor, porque he intentado repetirestas palabras, pero me doy cuenta de que tengo un poco de miedo de que seanexageradas, es como si tuviese miedo de pedir demasiado». Y otra persona dice: «Elsacrificio ha estado siempre presente en mi vida a través de la enfermedad, y esincomprensible, es bestial, desgarrador, carnal. Cuando don Gius dice que vale lapena  lo siento como algo mío, porque recientemente me he llegado a preguntar estodelante de decisiones difíciles, y justo con estas palabras. Me he preguntado: ¿Qué es loque me basta en la vida? Y la respuesta es: nada. Nada me basta. Las únicas veces queme he sentido de verdad llena y feliz incluso en situaciones dolorosas ha sido cuando hetenido la certeza de que Él estaba, cuando sentía que estaba presente. Por lo tanto, elmotivo para elegir era conseguir verle más. Pero cuando leí el tercer punto, me parecióinconcebible, no soy capaz de imaginarme viviendo así, pero a la vez no puedo ignorarlo que me dice don Gius, porque todo lo que dice antes y lo que me ha dicho siempre estan verdadero que no puedo no tomarlo en consideración. La primera pregunta que mevino a la mente fue: ¿Cómo puedo hacer para que sea así también para mí? ¿Por quétendría que querer el sacrificio como clave de mi vida? ¿Por qué tendría que quererinfluir en la gente que vive ahora mismo en Japón  escupiendo sangre? Porque en mivida he tenido que escupir sangre en el sentido literal de la palabra, y yo no querríavolver a vivir una cosa así; ¡imagina si quiero que el estar mal sea la clave de toda mivida! Sinceramente, soy mala, y para salvar a uno que ni siquiera sé que existe tengoque escupir sangre. No veo por qué tendría que hacerlo». Nos encontramos ante unaauténtica dificultad, a la cual no podemos responder «explicando» las cosas, porque notenemos que convencer de esto a nadie. Lo primero es identificar en nosotros  paraayudarnos a entender esto según lo que dice don Gius  cuándo hemos hechoexperiencia, aunque sea una experiencia inicial (ahora no me interesa el nivel), de que elsacrificio se ha vuelto interesante como experiencia sencilla. 
Después de todo este camino que hemos hecho en los últimos meses, es como si elcapítulo del sacrificio pusiese en duda la fe, todo el recorrido que hemos hecho. Me haimpresionado mucho la introducción que hace don Giussani en las dos primeraspáginas del capítulo, su insistencia en que el sacrificio es la cosa que menoscorresponde y la más repugnante. Yo dije: «¡Es verdad!», pero ¿a quién se le ocurrehacer un sacrificio a propósito? A nadie. Y aquí me he ido al final de la AsambleaInternacional de Responsables: «No debemos
 
tener miedo al sacrificio, porque si yoestimo aquello a lo que pertenezco, si yo pertenezco, quiere decir que deboabandonarme a mí mismo de algún modo». También aquí dije: «Es verdad, estoycompletamente de acuerdo». Sucedió entonces que una tarde que estaba con misamigos charlamos sobre esto, todos estábamos de acuerdo, nadie objetaba nada, hastaque salió a la luz un punto: «De todas formas, el sacrificio vale la pena si tiene unobjetivo, si sé qué es lo que me conviene y si obtengo recompensa». Yo dije: «Es

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