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Benedicto XVI. Catequesis-2007

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Catequesis de Benedicto XVI durante las audiencias generales de los miércoles del año 2007
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2007
BENEDICTO XVI
 AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 3 de enero de 2007 
Acoger a Cristo en el corazón
Queridos hermanos y hermanas:
 Gracias por vuestro afecto. A todos os deseo un feliz año. Esta primera audiencia general del nuevoaño se celebra aún en el clima navideño, en una atmósfera que nos invita a la alegría por elnacimiento del Redentor. Al venir al mundo, Jesús distribuyó abundantemente entre los hombresdones de bondad, de misericordia y de amor. Interpretando los sentimientos de los hombres de todoslos tiempos, el apóstol san Juan afirma: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnoshijos de Dios" (
1 Jn
3, 1). Quien se detiene a meditar ante el Hijo de Dios que yace inerme en el pesebre no puede por menos de quedar sorprendido por este acontecimiento humanamenteincreíble; no puede por menos de compartir el asombro y el humilde abandono de la Virgen María,que Dios escogió como Madre del Redentor precisamente por su humildad.En el Niño de Belén todos los hombres descubren que son amados gratuitamente por Dios; con laluz de la Navidad se nos manifiesta a cada uno de nosotros la infinita bondad de Dios. En Jesús elPadre celestial inauguró una nueva relación con nosotros; nos hizo "hijos en su Hijo". Durante estosdías san Juan nos invita a meditar precisamente sobre esta realidad, con la riqueza y la profundidadde su palabra, de la que hemos escuchado un pasaje.El Apóstol predilecto del Señor subraya que "somos realmente hijos" (cf.
1 Jn
3, 1). No somos sólocriaturas; somos hijos. De este modo Dios está cerca de nosotros; de este modo nos atrae hacia sí enel momento de su encarnación, al hacerse uno de nosotros. Por consiguiente, pertenecemosverdaderamente a la familia que tiene a Dios como Padre, porque Jesús, el Hijo unigénito, vino a poner su tienda en medio de nosotros, la tienda de su carne, para congregar a todas las gentes en unaúnica familia, la familia de Dios, que pertenece realmente al Ser divino: todos estamos unidos en unsolo pueblo, en una sola familia.Vino para revelarnos el verdadero rostro del Padre. Y si ahora nosotros usamos la palabra Dios, yano se trata de una realidad conocida sólo desde lejos. Nosotros conocemos el rostro de Dios: es elrostro del Hijo, que vino para hacer más cercanas a nosotros, a la tierra, las realidades celestes. SanJuan explica: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que élnos amó primero" (
1 Jn
4, 10).En la Navidad resuena en el mundo entero el anuncio sencillo y desconcertante: "Dios nos ama"."Nosotros amamos -dice san Juan- porque él nos amó primero" (
1 Jn
4, 19). Este misterio ya está puesto en nuestras manos porque, al experimentar el amor divino, vivimos orientados hacia lasrealidades del cielo. Y el ejercicio de estos días consiste también en vivir realmente orientados haciaDios, buscando ante todo el Reino y su justicia, con la certeza de que lo demás, todo lo demás, senos dará como añadidura (cf.
Mt 
6, 33). El clima espiritual del tiempo navideño nos ayuda a crecer en esta conciencia.Sin embargo, la alegría de la Navidad no nos hace olvidar el misterio del mal (
mysteriuminiquitatis
), el poder de las tinieblas, que trata de oscurecer el esplendor de la luz divina; y, por desgracia, experimentamos cada día este poder de las tinieblas. En el prólogo de su Evangelio, que
 
hemos proclamado varias veces en estos días, el evangelista san Juan escribe: "La luz brilla en lastinieblas, y las tinieblas no la acogieron" (
 Jn
1, 5).Es el drama del rechazo de Cristo, que, como en el pasado, también hoy se manifiesta y se expresa, por desgracia, de muchos modos diversos. Tal vez en la época contemporánea son incluso mássolapadas y peligrosas las formas de rechazo de Dios: van desde el rechazo neto hasta laindiferencia, desde el ateísmo cientificista hasta la presentación de un Jesús que dicen moderno y posmoderno. Un Jesús hombre, reducido de modo diverso a un simple hombre de su tiempo, privado de su divinidad; o un Jesús tan idealizado que parece a veces personaje de una fábula.Pero Jesús, el verdadero Jesús de la historia, es verdadero Dios y verdadero hombre, y no se cansade proponer su Evangelio a todos, sabiendo que es "signo de contradicción para que se revelen los pensamientos de muchos corazones" (cf.
 Lc
2, 34-35), como profetizó el anciano Simeón. Enrealidad, sólo el Niño que yace en el pesebre posee el verdadero secreto de la vida. Por eso pide quelo acojamos, que le demos espacio en nosotros, en nuestro corazón, en nuestras casas, en nuestrasciudades y en nuestras sociedades.En la mente y en el corazón resuenan las palabras del prólogo de san Juan: "A todos los que loacogieron les dio poder de hacerse hijos de Dios" (
 Jn
1, 12). Tratemos de contarnos entre los que loacogen. Ante él nadie puede quedar indiferente. También nosotros, queridos amigos, debemos tomar  posición continuamente.¿Cuál será, por tanto, nuestra respuesta? ¿Con qué actitud lo acogemos? Viene en nuestra ayuda lasencillez de los pastores y la búsqueda de los Magos que, a través de la estrella, escrutan los signosde Dios; nos sirven de ejemplo la docilidad de María y la sabia prudencia de José. Los más de dosmil años de historia cristiana están llenos de ejemplos de hombres y mujeres, de jóvenes y adultos,de niños y ancianos que han creído en el misterio de la Navidad y han abierto sus brazos alEmmanuel, convirtiéndose con su vida en faros de luz y de esperanza.El amor que Jesús trajo al mundo al nacer en Belén une a los que lo acogen en una relaciónduradera de amistad y fraternidad. San Juan de la Cruz afirma: Dios "lo que hablaba antes en partesa los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. (...) Pon los ojos sóloen él (...) y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas" (
Subida del monte Carmelo,
libro II,cap. 22, 4-5).Queridos hermanos y hermanas, al inicio de este nuevo año renovemos en nosotros el compromisode abrir a Cristo la mente y el corazón, manifestándole sinceramente la voluntad de vivir comoverdaderos amigos suyos. Así seremos colaboradores de su proyecto de salvación y testigos de laalegría que él nos da para que la difundamos abundantemente en nuestro entorno.Que nos ayude María a abrir nuestro corazón al Emmanuel, que asumió nuestra pobre y frágil carne para compartir con nosotros el fatigoso camino de la vida terrena. Con todo, en compañía de Jesúseste fatigoso camino se transforma en un camino de alegría. Caminemos juntamente con Jesús,caminemos con él; así el año nuevo será un año feliz y bueno.
 AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 10 de enero de 2007 
 
San Esteban, protomártir
Queridos hermanos y hermanas:
 Después de las fiestas, volvemos a nuestras catequesis. Había meditado con vosotros en las figurasde los doce apóstoles y de san Pablo. Después habíamos comenzado a reflexionar en otras figurasde la Iglesia primitiva. Hoy reflexionaremos en la persona de san Esteban, que la Iglesia festeja aldía siguiente de Navidad. San Esteban es el más representativo de un grupo de siete compañeros.
 
La tradición ve en este grupo el germen del futuro ministerio de los "diáconos", aunque es precisoconstatar que esta denominación no se encuentra en el libro de los
 Hechos de los Apóstoles
. Encualquier caso, la importancia de san Esteban se manifiesta por el hecho de que san Lucas, en esteimportante libro, le dedica dos capítulos enteros.La narración de san Lucas comienza constatando una subdivisión que existía dentro de la Iglesia primitiva de Jerusalén: estaba compuesta totalmente de cristianos de origen judío, pero algunos deestos eran originarios de la tierra de Israel —se les llamaba "hebreos"—, mientras que otros, de fe judía veterostestamentaria, procedían de la diáspora de lengua griega —se les llamaba"helenistas"—. Por eso comenzaba a perfilarse un problema: se corría el riesgo de descuidar a las personas más necesitadas entre los helenistas, especialmente a las viudas desprovistas de todoapoyo social, en la asistencia para su sustento diario.Para salir al paso de estas dificultades, los Apóstoles, reservándose para sí mismos la oración y elministerio de la Palabra como su tarea central, decidieron encargar a "siete hombres de buena fama,llenos de Espíritu y de sabiduría" que llevaran a cabo el oficio de la asistencia (cf.
 Hch
6,2-4), esdecir, del servicio social caritativo. Con este objetivo, como escribe san Lucas, por invitación de losApóstoles los discípulos eligieron siete hombres. Conocemos sus nombres: "Esteban, hombre llenode fe y de Espíritu Santo, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, prosélito deAntioquía. Los presentaron a los Apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos"(
 Hch
6, 5-6).El gesto de la imposición de las manos puede tener varios significados. En el Antiguo Testamento,ese gesto tiene sobre todo el significado de transmitir un encargo importante, como hizo Moisés conJosué (cf.
 Nm
27, 18-23), designando así a su sucesor. En esta línea, también la Iglesia de Antioquíautilizará este gesto para enviar a Pablo y Bernabé en misión a los pueblos del mundo (cf.
 Hch
13,3). A una análoga imposición de las manos sobre Timoteo, para transmitirle un encargo oficial,hacen referencia las dos cartas que san Pablo le dirigió (cf.
1 Tm
4, 14;
2 Tm
1, 6).Que se trataba de una acción importante, que era preciso realizar después de un discernimiento, sededuce de lo que se lee en la primera carta a Timoteo: "No te precipites en imponer a nadie lasmanos; no te hagas partícipe de los pecados ajenos" (
1 Tm
5, 22). Por tanto, vemos que el gesto dela imposición de las manos se desarrolla en la línea de un signo sacramental. En el caso de Estebany sus compañeros se trata, ciertamente, de la transmisión oficial, por parte de los Apóstoles, de unencargo y al mismo tiempo de la imploración de una gracia para cumplirlo.Conviene advertir que lo más importante es que, además de los servicios caritativos, san Estebandesempeña también una tarea de evangelización entre sus compatriotas, los así llamados"helenistas". En efecto, san Lucas insiste en que, "lleno de gracia y de poder" (
 Hch
6, 8), presentaen el nombre de Jesús una nueva interpretación de Moisés y de la misma Ley de Dios, relee elAntiguo Testamento a la luz del anuncio de la muerte y la resurrección de Jesús. Esta relectura delAntiguo Testamento, una relectura cristológica, provoca las reacciones de los judíos, que interpretansus palabras como una blasfemia (cf.
 Hch
6, 11-14). Por este motivo es condenado a la lapidación.Y san Lucas nos transmite el último discurso del santo, una síntesis de su predicación.Del mismo modo que Jesús había explicado a los discípulos de Emaús que todo el AntiguoTestamento habla de él, de su cruz y de su resurrección, también san Esteban, siguiendo laenseñanza de Jesús, lee todo el Antiguo Testamento en clave cristológica. Demuestra que el misteriode la cruz se encuentra en el centro de la historia de la salvación narrada en el Antiguo Testamento;muestra que realmente Jesús, el crucificado y resucitado, es el punto de llegada de toda esta historia.Y demuestra, por tanto, también que el culto del templo ha concluido y que Jesús, el resucitado, esel nuevo y auténtico "templo".Precisamente este "no" al templo y a su culto provoca la condena de san Esteban, el cual, en esemomento, como nos dice san Lucas, mirando al cielo vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba a suderecha. Y viendo en el cielo a Dios y a Jesús, san Esteban dijo: "Estoy viendo los cielos abiertos y

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