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Rendell, Ruth - (1994) Simisola (v1.2)_mtd

Rendell, Ruth - (1994) Simisola (v1.2)_mtd

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05/24/2014

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SIMISOLA HISTORIA DE UNA DESAPARICIÓN
(1994)Ruth Rendell
 Para Marie
 Agradecimiento
La autora agradece a Bridget Anderson el permiso paracitar en esta novela pasajes de su libro
 Britain’s Secret  Slaves
publicado por AntiSlavery International y Kalayaan.
1
Había cuatro personas además de él mismo en la salade espera y ninguna parecía enferma. La rubia de pielmorena con el chandal de diseño rebosaba salud, su cuerpoera puro músculo, sus manos puros tendones dorados,excepto las uñas pintadas de rojo y las manchas de nicotinaen el índice derecho. La mujer cambio de asiento cuandouna niña de dos años llego con su madre y se sentó en lasilla a su lado. Ahora la mujer rubia con el chandal estabatodo lejos posible, a dos sillas de él y a tres del anciano
 
sentado con las rodillas juntas, las manos aferradas a lagorra a cuadros apoyada sobre los muslos y la mirada fijaen el tablero donde aparecían los nombres de los médicos.Cada uno de los doctores tenía una luz encima delnombre y un gancho debajo en el que colgaban aros decolores: luz y aros rojos para el doctor Moss, verde para eldoctor Akande, azul para el doctor Wolf. Wexford vio queel viejo tenia un aro rojo, la madre de la nina uno azul, cosaque el ya esperaba, la preferencia por el hombre anciano enun caso, por la mujer en el otro. La mujer del chandal notenia ninguno. O bien no sabía que debías presentarte enrecepción o no se había querido molestar. Wexford sepregunto por que la mujer no había preferido venir comopaciente privada con una hora de visita en lugar de verseobligada a esperar inquieta e impaciente.La niña, cansada de corretear por la hilera de sillas,dedicó su atención a las revistas sobre la mesa de centro y comenzó a arrancarles las tapas. ¿Cuál de las dos era laenferma, la niña o su pálida y obesa madre? Nadie dijo unapalabra para detener los destrozos, aunque el anciano miroenfadado y la mujer del chandal hizo una cosaimperdonable, escandalosa. Metió la mano en el bolso depiel de cocodrilo, sacó una caja plana de oro, cuya funciónhubiese sido un misterio para la mayoría de personasmenores de treinta años, cogió un cigarrillo y lo encendiócon un mechero de oro. Wexford, que disfrutaba de la distracción que le hacíaolvidar su ansiedad, se quedó fascinado. Al menos trescarteles, entre las recomendaciones a usar condones,
 
 vacunar a los niños y a controlar el peso, prohibían fumar.¿Que pasaría? ¿Había algún sistema que permitieradetectar en la recepción o en el dispensario el humo en lasala de espera?La madre de la niña reaccionó, no con una palabra a lamujer del chandal sino olisqueando, mientras le daba un violento tirón a su hija y le propinaba un bofetón. La niñacomenzó a llorar a gritos. El anciano meneó la cabezaapesadumbrado. Para asombro de Wexford, la fumadora se volvió hacía el y le habló sin preámbulos.—Llame al doctor pero se negó a venir. ¿No essorprendente? Me vi obligada a venir aquí en persona. Wexford comentó algo sobre los médicos que no hacen visitas a domicilio excepto en casos graves.—¿Cómo puede saber si es grave sin venir? —La mujerinterpretó correctamente la mirada incrédula de Wexford—. Oh, no es para mí —dijo, después añadió algomás increíble—, es para uno de mis sirvientes.Deseó saber algo más pero perdió la ocasión.Ocurrieron dos cosas en el mismo momento. Se encendióla luz azul del doctor Wolf y entró la enfermera.—Por favor, apague el cigarrillo —dijo con voz firme—.¿No ha visto el cartel?La mujer del chandal había agravado el delito tirandola ceniza al suelo. Sin duda habría tirado la colilla en elmismo lugar de no haber sido por la enfermera que se laquitó con un gruñido de asco y se la llevó a otra regiónimpoluta. La culpable, sin avergonzarse por lo ocurrido,alzó los hombros y obsequió a Wexford con una sonrisa

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