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La Encarnacion Del Verbo

La Encarnacion Del Verbo

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09/07/2013

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PREFACIO
"
 No es obra del puro azar, escribe el autor, el que hayamos venido al mundo en tal o cual pueblo".La Providencia sabe lo que hace. En el momento en que los ojos se fijan con inquietud en unOriente tan cristiano en otros tiempos, y cuando un punzado de exploradores, a despecho de lascircunstancias políticas, piensa que no hay cortina de hierro capaz de blindar las almas contra Dios,un hijo auténtico de la santa Rusia de otrora nos trae su mensaje.Oriundo de una familia muy antigua de Rusia, y como tal perteneciente a la religión ortodoxa, IvánKologrivof, después de los estudios realizados en el Liceo imperial Alejandro, en San Petersburgo,no se orientó ni hacia las órdenes sagradas ni hacia el estado religioso. En 1912 entró al servicio delZar, en el regimiento de húsares de la Guardia, en cuyas filas hizo toda la guerra
de
1914 a 1918.Después, como tantos de los suyos, una vez desencadenada la revolución, Kologrivof abandonó su país y fue a pedir asilo a los pueblos de Occidente.Pero, distinto en esto de muchos de sus compatriotas, el antiguo oficial de la Guardia no llegabadesprovisto de todo.
 
Ya en Rusia, por senderos que él no ha juzgado útil revelar, Koloqrivof sehabía inclinado al lado de la Iglesia universal como uno de sus hijos. La lógica interior de suconversión debía impulsarlo poco a poco hacia el estado religioso y hacia el sacerdocio. En 1921 laProvidencia lo conducía a la Compañía de Jesús.Desde entonces, ya estuviese en Francia, en Alemania, en Holanda o en Roma el R. P. Kologrivof no ha cesado de poner los recursos de su información casi universal al servicio de las grandes ideasy de los problemas religiosos suscitados por el hecho de la Revolución en Rusia y en el resto deEuropa. Escribió en ruso una vida de la princesa Troubretzkoi, que apareció por entregas, en 1936,en una revista rusa de París, Anales contemporáneos; escribió en alemán una obra doctrinal sobre el bolchevismo y también en alemán una vida de Constantino Leontjew.
***
Todos los autores cristianos, todos los fieles cultos, cuando se toman tiempo para refleaionar en lasgrandes verdades de la religión, saben, en la medida en que pueden acercarse a ellas, que el misteriode la Trinidad proporciona a su meditación un alimento inagotable. Ante estos abismos de riquezalos verdaderamente espirituales quedan como fascinados. Y cuando su amor se tiñe de matizintelectual, la Persona del Verbo los arrebata con las deslumbrantes verdades que propone a sucontemplación. El Oriente cristiano, en particular, que tanto trabajó en otro tiempo acerca del VerboEncarnado, se ha mantenido desde entonces fiel al estudio de este insondable misterio. Como tantosotros, el R. P. Kologrivof se ha visto precisado a escribir sobre este gran asunto.El plan de su obra es extremadamente firme. Después de haber explicado en su esencia y en suhistoria el término "Verbo", penetra, como le es concedido a las fuerzas de un hombre, en elmisterio del Dios Vivo; y luego de haberse detenido en lo bajo de la curva, en la prevaricación deAdán, expone el misterio de nuestra ascensión hacia la Trinidad por medio de la Encarnación. Nuestra redención se cumple así en el dolor, pero también en la luz, por Jesucristo, gran sacerdote yvíctima, que penetra nuestra vida con su claridad y con su sufrimiento.Ya se ve: la construcción del edificio es de una simplicidad enteramente clásica. Se adapta a lasarquitecturas elaboradas por los mejores teólogos; y es una satisfacción, espiritual e intelectual a lavez, el seguir una vez más las líneas majestuosas que recuerdan la economía de nuestra salvación.
***
Teólogo de gran clase, nuestro guía se siente a gusto en medio de las tesis dilucidadas por los santosy por los hombres de Iglesia sobre los misterios de nuestra religión. Además, esta teología, a vecesdifícil, está humanizada, me atrevo a decirlo, por la vasta cultura que él pone a su servicio.Este humanismo, que no tiene nada de secular, es poco menos que universal. Abraza los Padres dela Iglesia, los teólogos del catolicismo y de la Ortodoxia. los grandes místicos, Pascal, Dostoiewski,y los más notables autores modernos del mundo del Occidente latino, germánico y anglosajón.Tantas lecturas nos confundirían si no estuvieran colocadas una detrás de la otra de una manera muysingular. El prólogo, en el que el Reverendo Padre ha querido indicarnos sobriamente las
 
circunstancias decisivas de su encuentro con Dios y hacernos partícipes del alcance que él entiendedar a su mensaje, nos enseñaría —si es que no se adivinara un poco entre líneas— que se trata en élde páginas de vida.Aun en las exposiciones puramente dogmáticas se siente el eco de una experiencia. La gracia, queha hecho hablar tan felizmente a San Juan, a San Pablo, a San Agustín, a Pascal, ha cargado las palabras con su peso. En efecto: cualquier cosa que podamos saber, no la sabremos jamás bienmientras no la hayamos vivido, sentido una y otra vez y ordenado hacia la luz de la visión beatífica.La conversión puede ser un acto particular y hasta, en un determinado caso, excepcional, un bruscoretorno que nos separa del error y del mal y nos acerca a la Verdad y al Bien. Ella es también, paracada uno de nosotros, esa obra cotidiana, oscura y nunca terminada, que debe realizarse
en
elsilencio con miras a una mejor inteligencia de la religión y a una acción cada vez mejor orientada;en una palabra, una experiencia que, si es auténtica, no puede pasar inadvertida. El Reverendo Padrees menos un autor que un hombre bautizado y consagrado; y esto es lo que hace interesante todo loque escribe.Si él ha preferido hablarnos del Verbo, es que la Encarnación, tal como ha sida determinada en losinaccesibles designios del Altísimo, es el punto central alrededor del cual todo debe gravitar: unavez puesto el hecho de la creación y del plan de divinización que debía coronarla —plan destruido por el pecado— la Redención no podía realizarse, en la economía divina, más que por laEncarnación. Era necesario que Dios fuese completamente hombre y que este hombre fuerarealmente Dios: encarnado. El Evangelio de San Juan, reverenciado con tanto fervor en la Iglesiarusa, debía hallar aquí un sitio predilecto. Si por otra parte el autor ha leído tanto, si ha citado tan profusa y ampliamente a los Padres de la Iglesia griega, es porque les devuelve el honor de haber dado ellos los primeros, acerca de nuestros tres grandes misterios, las fórmulas definitivas queelaboraron con la gracia de Dios y al precio de largas luchas: su pensamiento, brotado del fuego delcombate, está aún, a pesar de la distancia, todo él ardiente de las circunstancias que lo provocaron, ynos impresiona más fuertemente aún que las conclusiones serenas, pero a las veces algo frías, de losgrandes pensadores medievales. Se advertirán también frecuentes referencias a los textos litúrgicosde la Iglesia oriental. Demasiados veces los teólogos los pasan en silencio, y es muy lamentable, porque la liturgia es el testimonio viviente y colectivo de la fe y de la piedad de una época.Una tal información indica, de parte del autor, consideraciones muy particulares tributadas a larazón cuando ésta se halla en su sitio, es decir, sujeta a la fe. "No se quiere decir, escribe él, queDios ciegue nuestra inteligencia y exija que reneguemos de esta razón que tenemos de él". Desdeeste punto de vista, nada más elevado, nada más reconfortante y, en el mejor sentido de laexpresión, nada más intelectual que su obra. Ella nos libra de obras insípidas, concluidas bajo elgolpe de vagas emociones y sumergidas en el oleaje de un sentimentalismo que en esencia es bastante vulgar. Tales libros, tan numerosos en el día de hoy, denotan una debilidad radical de lainteligencia, y en lugar de ennoblecer los corazones a los que pretenden conmover, los entretienencon demasiada frecuencia en estados de una languidez piadosa, es verdad, pero que prontodesfallece, porque no ofrecen por todo
 
alimento más que manjares de mediana calidad. Es como sialgunos de sus autores tuvieran miedo de la ciencia y temieran elevarse, y con ellos sus lectores, alas alturas necesarias. Al contrario, se nos ha dicho, "cuando la verdad no es más un conceptoabstracto, sino una persona, Cristo, nuestro Redentor, (...) el saber es en
 
sí y por sí (. .:) un bienindiscutible. La ciencia no es otra cosa que la edificación de la verdad, y por consiguiente el mismoCristo entre los hombres. Ella se convierte en una tarea
"
santa
"
, que se puede, desde luego, profanar siempre, pero cuya íntima ley es idéntica con la conciencia del Salvador del mundo.
"
Este pasaje nosda el tono de la obra. No se puede amar si no se conoce; y conocer a Dios, aun con los débilesinstrumentos que están a nuestra disposición, es ya una participación, aunque sólo sea esbozada, dela vida eterna. No hay, pues, lugar para el temor cuando un conocimiento mejor debe procurarnosmás amor.Este amor se practicará según la gran tradición contemplativa de la Iglesia. El autor no niega elvalor de la acción, y menos aún el de la ascética; pero estigmatiza con serenidad los peligros queencierra indicando la orientación verdadera de toda perfección: "La perfección no está hecha decosas exteriores, de la multiplicidad de las restricciones y de las prohibiciones. Está en nosotros, enla renovación y en el renacimiento del hombre interior por Jesucristo (... ). La moral cristianaconsiste mucho menos en huir del pecado que en subir hacia Dios por Cristo y en Cristo. Nuestro
 
modelo debe ser Jesucristo (...) y no Hércules, el "hijo de Júpiter 
"
, o cualquier otro héroe o estoicoque recorre el mundo con la maza en el puño, haciendo sus leyes y duro para con las cosas queencuentra". Entre nosotros cuántos -y no son los menos— no cesan de crear sus propias leyes;¡mucho más fácil es agotarse en el exceso de trabajo y en la agitación que saber practicar el artedifícil del reposo en la verdad! Y cuántos, entre los mejor intencionados, son únicamente cristianosde preceptos y de párrafos (cuando esto no es un insidioso fariseísmo); ¡enumeran los árboles sinver el bosque y se acotan vanamente en observancias porque no han visto, una vez por todas, que siestas observancias son necesarias, dependen de un principio superior que consiste muy exactamenteen buscar, por encima de ellas, el rostro de Dios!)
* * *
En esta ascensión hacia nuestro último fin, no es solamente el individuo el que está empeñado en lashuellas del Verbo Encarnado. Si él está solo para condenarse. no está solo para salvarse. Lahumanidad, mejor aún, el mundo entero debe beneficiarse con la salvación; y éste es
un
 punto en elque debemos detenernos muy particularmente: la realidad de la salvación universal a la que estállamada toda la creación. Las almas renovadas, en
 
cuerpos también renovados, deben vivir sobreuna tierra nueva y sobre nuevos cielos. El cosmos entero, con todo lo que lo puebla y lo embellece,debe concurrir, en su lugar, a este rejuvenecimiento integral, a esta ordenación definitiva a la cualfinalmente debe conducirlo la Redención por medio de la Encarnación. Desde aquí abajo laEncarnación y la Redención han cambiado la faz de la tierra. Este punto de vista cósmico,eclesiástico en el sentido profundo y original de la palabra, se ha puesto muy poco de relieve enOccidente, pero siempre ha retenido la atención del pensamiento religioso de los rusos.Esto es lo que explica por qué la Pascua oriental, y especialmente la Pascua rusa es celebrada conuna solemnidad extraordinaria. Más aún que en Occidente la fiesta de la resurrección llega entreellos hasta las profundidades del ser. Entre nosotros la gran solemnidad es sobre todo religiosa. Alláes a la vez religiosa, popular, y afecta
a
la inmensidad de lo cósmico. Quizás después de los mesesde un largo invierno busca ella analogías en la renovación de la naturaleza. Para todos, en todo caso,la resurrección de Cristo, así como ha renovado el fondo de las almas, rejuvenece también elcosmos, anticipando de esa manera la gran renovación final. Sin ninguna referencia a lassupersticiones paganas, la naturaleza, en la juventud de su nueva primavera, se asocia a la alegría dela bendición universal. Se comienza por una noche de plegarias, en la espera y en la oscuridad,símbolos de la fe. El santo sudario ha sido quitado y, en el momento preciso en que comienza elnuevo día, cuando nace el alba, por todas partes suenan las campanas, por todas partes se enciendenlas luces. La Iglesia, como el sepulcro, se abre, y al fin de la función litúrgica todos se abrazan:
"
¡Cristo ha resucitado!
"
 
"
¡Sí, ha resucitado!" El regocijo entonces lo invade todo.
"
He aquí que todoestá inundado de luz, el cielo, la tierra y los infiernos. ¡Toda la creación celebra a Cristo en quienella está fortificada! (...). Hoy toda criatura está en el gozo y en la alegría porque Cristo haresucitado y subyugado el infierno. Una Pascua sagrada (pasaje) nos ha aparecido hoy. Pascuanueva y santa. Pascua mística, Pascua muy pura, Pascua de Cristo nuestro libertador, Pascuainmaculada, Pascua grandiosa, Pascua de los creyentes, Pascua que nos abre las puertas del Paraíso.Pascua que santifica a todos los fieles. ¡ Oh Pascua, Pascua del Señor! ¡Abracémonos los unos a losotros! Digamos:
"
hermanos
"
a aquellos que nos odian. Perdonemos todo por la Resurrección ycantemos: Cristo ha resucitado...
"
. Así habla San Juan Damasceno en su canon pascual.Este lirismo desbordante, que contrasta con la sobriedad de
 
nuestra liturgia occidental, traduce unalma. Y esta alma exhala con dolor un gemido análogo cuando el asunto es de la Virgen. Cerca delVerbo Encarnado, en la
"
cintura dorada", la piedad oriental tiene reservado, como la nuestra, unsitial de preferencia a la Madre de Dios. En
 
Occidente la Edad Media la veneró con toda la graciade
 
un servicio caballeresco, y hoy nosotros sentimos para con ella un amor tierno, filial y familiar.Pero este sentimiento no se abstiene siempre de la afectación y de la insipidez de una especie deromanticismo afectuoso y a veces un poco muelle: la iconografía mariana en particular estáabrumada con frecuencia entre nosotros de un sentimentalismo de bastante mala ley. El contrastecon los iconos rusos o bizantinos, los cuales no son todos sin embargo obras maestras, essorprendente. Estos iconos tienen un aire hierático, un poco estirado, impersonal, pero generalmenteestán hechos con una soberanía mezclada de grandeza, de calma y de serenidad. Rusa o bizantina, laVirgen es, como lo hace notar justamente el autor, menos Madona que Madre del Verbo: theotokos.Se diría que el acento está puesto exclusivamente sobre su cualidad de Madre de Dios. Sea lo que

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