modelo debe ser Jesucristo (...) y no Hércules, el "hijo de Júpiter
"
, o cualquier otro héroe o estoicoque recorre el mundo con la maza en el puño, haciendo sus leyes y duro para con las cosas queencuentra". Entre nosotros cuántos -y no son los menos— no cesan de crear sus propias leyes;¡mucho más fácil es agotarse en el exceso de trabajo y en la agitación que saber practicar el artedifícil del reposo en la verdad! Y cuántos, entre los mejor intencionados, son únicamente cristianosde preceptos y de párrafos (cuando esto no es un insidioso fariseísmo); ¡enumeran los árboles sinver el bosque y se acotan vanamente en observancias porque no han visto, una vez por todas, que siestas observancias son necesarias, dependen de un principio superior que consiste muy exactamenteen buscar, por encima de ellas, el rostro de Dios!)
* * *
En esta ascensión hacia nuestro último fin, no es solamente el individuo el que está empeñado en lashuellas del Verbo Encarnado. Si él está solo para condenarse. no está solo para salvarse. Lahumanidad, mejor aún, el mundo entero debe beneficiarse con la salvación; y éste es
un
punto en elque debemos detenernos muy particularmente: la realidad de la salvación universal a la que estállamada toda la creación. Las almas renovadas, en
cuerpos también renovados, deben vivir sobreuna tierra nueva y sobre nuevos cielos. El cosmos entero, con todo lo que lo puebla y lo embellece,debe concurrir, en su lugar, a este rejuvenecimiento integral, a esta ordenación definitiva a la cualfinalmente debe conducirlo la Redención por medio de la Encarnación. Desde aquí abajo laEncarnación y la Redención han cambiado la faz de la tierra. Este punto de vista cósmico,eclesiástico en el sentido profundo y original de la palabra, se ha puesto muy poco de relieve enOccidente, pero siempre ha retenido la atención del pensamiento religioso de los rusos.Esto es lo que explica por qué la Pascua oriental, y especialmente la Pascua rusa es celebrada conuna solemnidad extraordinaria. Más aún que en Occidente la fiesta de la resurrección llega entreellos hasta las profundidades del ser. Entre nosotros la gran solemnidad es sobre todo religiosa. Alláes a la vez religiosa, popular, y afecta
a
la inmensidad de lo cósmico. Quizás después de los mesesde un largo invierno busca ella analogías en la renovación de la naturaleza. Para todos, en todo caso,la resurrección de Cristo, así como ha renovado el fondo de las almas, rejuvenece también elcosmos, anticipando de esa manera la gran renovación final. Sin ninguna referencia a lassupersticiones paganas, la naturaleza, en la juventud de su nueva primavera, se asocia a la alegría dela bendición universal. Se comienza por una noche de plegarias, en la espera y en la oscuridad,símbolos de la fe. El santo sudario ha sido quitado y, en el momento preciso en que comienza elnuevo día, cuando nace el alba, por todas partes suenan las campanas, por todas partes se enciendenlas luces. La Iglesia, como el sepulcro, se abre, y al fin de la función litúrgica todos se abrazan:
"
¡Cristo ha resucitado!
"
"
¡Sí, ha resucitado!" El regocijo entonces lo invade todo.
"
He aquí que todoestá inundado de luz, el cielo, la tierra y los infiernos. ¡Toda la creación celebra a Cristo en quienella está fortificada! (...). Hoy toda criatura está en el gozo y en la alegría porque Cristo haresucitado y subyugado el infierno. Una Pascua sagrada (pasaje) nos ha aparecido hoy. Pascuanueva y santa. Pascua mística, Pascua muy pura, Pascua de Cristo nuestro libertador, Pascuainmaculada, Pascua grandiosa, Pascua de los creyentes, Pascua que nos abre las puertas del Paraíso.Pascua que santifica a todos los fieles. ¡ Oh Pascua, Pascua del Señor! ¡Abracémonos los unos a losotros! Digamos:
"
hermanos
"
a aquellos que nos odian. Perdonemos todo por la Resurrección ycantemos: Cristo ha resucitado...
"
. Así habla San Juan Damasceno en su canon pascual.Este lirismo desbordante, que contrasta con la sobriedad de
nuestra liturgia occidental, traduce unalma. Y esta alma exhala con dolor un gemido análogo cuando el asunto es de la Virgen. Cerca delVerbo Encarnado, en la
"
cintura dorada", la piedad oriental tiene reservado, como la nuestra, unsitial de preferencia a la Madre de Dios. En
Occidente la Edad Media la veneró con toda la graciade
un servicio caballeresco, y hoy nosotros sentimos para con ella un amor tierno, filial y familiar.Pero este sentimiento no se abstiene siempre de la afectación y de la insipidez de una especie deromanticismo afectuoso y a veces un poco muelle: la iconografía mariana en particular estáabrumada con frecuencia entre nosotros de un sentimentalismo de bastante mala ley. El contrastecon los iconos rusos o bizantinos, los cuales no son todos sin embargo obras maestras, essorprendente. Estos iconos tienen un aire hierático, un poco estirado, impersonal, pero generalmenteestán hechos con una soberanía mezclada de grandeza, de calma y de serenidad. Rusa o bizantina, laVirgen es, como lo hace notar justamente el autor, menos Madona que Madre del Verbo: theotokos.Se diría que el acento está puesto exclusivamente sobre su cualidad de Madre de Dios. Sea lo que