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AOMAME
No se deje engañar por las apariencias
La radio del taxi retransmitía un programa de música clá-sica por FM. Sonaba la
Sinfonietta
de Janá
:
ek. En medio deun atasco, no podía decirse que fuera lo más apropiado paraescuchar. El taxista no parecía prestar demasiada atención ala música. Aquel hombre de mediana edad simplemente ob-servaba con la boca cerrada la interminable fila de coches quese extendía ante él, como un pescador veterano que, erguidoen la proa, lee la aciaga línea de convergencia de las corrientesmarinas. Aomame, bien recostada en el asiento trasero, escu-chaba la música con los ojos entornados.¿Cuántas personas habrá en el mundo que, al escuchar elinicio de la
Sinfonietta
de Janá
:
ek, puedan adivinar que se tra-ta de la
Sinfonietta
de Janá
:
ek? La respuesta probablementeesté entre «muy pocas» y «casi ninguna». Pero Aomame, de al-gún modo, podía. Janá
:
ek compuso aquella pequeña sinfonía en 1926. Eltema inicial había sido creado, originalmente, como una fan-farria para una competición deportiva. Aomame se imagina-ba la Checoslovaquia de 1926. La primera guerra mundialhabía finalizado, por fin se habían liberado del prolongadomandato de la Casa de Habsburgo, la gente bebía cervezaPilsen en los cafés, se fabricaban flamantes ametralladoras ysaboreaban la pasajera paz que había llegado a Europa Cen-tral. Hacía ya dos años que, por desgracia, Franz Kafka habíaabandonado este mundo. Poco después Hitler surgiría de lanada y, de repente, devoraría con avidez aquel bello país, pe-queño y recogido, pero por aquel entonces nadie sabía aún
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