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05-Teorema de Thomas y La Ley de Vico

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Published by: Eneas Espinoza Gallardo on Jan 19, 2011
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01/19/2011

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El teorema de Thomas y la ley de Vico
Profecías autocumplidas, evidenciasnegadas
Muchas veces, los científicos no pueden escapar a las generalidades de la ley ycaen en las “trampas a la verdad” propias de las creencias en boga. En especialcuando los prejuicios hacen que se ignoren evidencias patentes y que merasilusiones se transformen en “verdades” sólo porque mucha gente así quierecreerlo. En este número de Futuro, el filósofo argentino Pablo Capanna repasacasos paradigmáticos, como el de los canales marcianos de Lowell, y tambiénerrores en los que cayeron grandes científicos como el gran microscopista VanLeeuwenhoek, o el paleontólogo fijista Georges Cuvier, entre otros.
Por Pablo Capanna
 Es cosa sabida que cuando el médico nos pregunta cuánto hace que no nos controlamosla presión, nuestras arterias se congestionan y la presión sube.Con las encuestas de opinión ocurre algo parecido. Aunque sepamos que han sidoembellecidas para halagar al político que las encargó, el hecho es que terminan poraportarle votos, en cuanto convencen a los electores de que está ganando. La profecíaautocumplida funciona del mismo modo: se persuade a la gente de que hay que comprarun libro porque es record de ventas y entonces el libro comienza a venderse.Estas reacciones dependen de la confianza que depositamos en el médico, en laconsultora o en la publicidad encubierta. El efecto inverso se produce cuando la fuente noes confiable: por ejemplo, cuando un ministro jura que no piensa devaluar, einmediatamente todos corren a comprar dólares.Se trata de fenómenos que responden a un principio conocido en las ciencias sociales, yespecialmente en el mundo publicitario, como “teorema de Thomas”: “si la gente define talo cual situación como real, entonces se comportará como si ella fuera real”. Inversamente,si hay consenso en considerar que algo no existe, nadie reparará en él, aunque searelativamente fácil verificar su presencia.Para el Guinness académico, se dice que el principio fue enunciado en 1928 por lossociólogos William Isaac Thomas y Dorothy Swaine Thomas, en el libro El niño enAmérica. Los Thomas cometieron la ligereza de llamarlo “teorema” aunque no es unaverdad matemática ni pretende serlo. Es apenas algo parecido a una máxima, como losapotegmas de Perón o los aforismos de Narosky, lo cual no impide que tenga susaplicaciones.Como criterio es bastante obvio, y ya era conocido por los filósofos antiguos, por lo menosdesde los tiempos de Epicteto. Schopenhauer le dio incluso una forma más precisa y unalcance mayor, que hoy podemos aplicar a las grandes ficciones sociales, como el poderde las marcas o los hábitos de consumo. “Lo que nos hace felices o infelices no son lascosas tal como objetivamente son, sino lo que son para nosotros y la manera como lasmiramos”, escribió Schopenhauer.Ilusiones opticasUno los primeros corolarios del teorema de Thomas (y ya que estamos, también delPrincipio de Indeterminación) indicaría que aun cuando uno se proponga ser objetivo, setentará con ver aquello que desea ver, ya sea un fenómeno o las mediciones que espera,como fantasmas, ovnis, brujas o auras, y cosas por el estilo.Hay una experiencia clásica de la psicología social, conocida como la “ilusión autocinéticade Sherif”. Varias personas pasan por un cuarto oscuro donde sólo se distingue un puntoluminoso. El foco está fijo, pero al no tener ningún marco de referencia uno tiende a verlo moverse. Lo más curioso es que si sedeja que los sujetos dialoguen y compartan sus experiencias, alcanzan un consenso: todos creen que han visto al puntodesplazándose con la misma velocidad y en la misma dirección, aunque sepamos que físicamente nunca se movió.De caer enesta trampa no se salvaron ni siquiera algunas grandes figuras de la ciencia, que alguna vez creyeron ver lo que no existía ynegaron aquello que el prejuicio o el paradigma les impedía ver.Entre los primeros que en el siglo XVII se asomaron al mundo microscópico hubo talentosos aficionados como el italianoMarcello Malpighi y los holandeses Jan Swammerdam y Antonie van Leeuwenhoek.El más fervoroso fue Leeuwenhoek. Con más curiosidad que método, se lo pasó observando toda clase de tejidos y fluidos
W.i. Thomas y su esposa, DorothySwaine, enunciaron el teorema en1928. a la Abajo: GiambattistaVico.
 
corporales, para descubrir con asombro que entre dos de sus dientes había más “animálculos” e “infusorios” que habitantes entodos los Países Bajos. En su entusiasmo, un día que estaba observando un espermatozoide a través de una lente (imaginemosque se lo habría encargado a Spinoza) creyó haber visto dentro de él un homunculus: un hombre diminuto, con cabeza, tronco yextremidades.Por supuesto, no había nada de eso, pero el holandés creía que tenía que haberlo. Tampoco fue el único en su tiempo, por lafuerza del prejuicio aristotélico que atribuía todos los méritos de la procreación al varón. Cincuenta años después todavíaseguían enfrentándose los “epigenistas”, para quienes el embrión crecía del huevo y los “preformacionistas” como Von Haller ySpallanzani, que imaginaban un hombre microscópico metido en cada gameto masculino.Algo parecido le pasó en el siglo XIX al astrónomo Schiapparelli cuando creyó observar ciertas líneas rectas en la superficie deMarte y las describió como “canali”. Por no haber tenido un buen diccionario italiano a mano, Percival Lowell tradujo “canali” por“channels” (que implica obras de ingeniería) y se lanzó a especular sobre los marcianos y su sistema de riego. Mucho después,la NASA descubrió “canales” naturales en Marte, pero no eran los de Lowell. ¡Este animal no existe!Según otro corolario del teorema de Thomas, cuando la opinión autorizada afirma que algo no sólo no existe, sino que ni siquierapuede existir, la presión social será tan alta que cualquiera que tropiece con pruebas objetivas, tenderá a ignorarlas.Hubo autoridades científicas que afirmaron que los meteoritos no caían del cielo porque en el cielo no hay piedras, y durantemucho tiempo se tendió a ignorarlos. Análogamente, en la última década hubo prestigiosos economistas que negaban ladesocupación. Daban como prueba la afluencia de trabajadores peruanos y bolivianos, lo cual no era más que un efectosecundario de la convertibilidad.Víctimas del efecto Thomas (en su forma negativa) fueron dos de los mayores científicos del siglo XIX: Liebig (quien habíafundado en Giessen el primer laboratorio de química industrial) y Wöhler, el químico que logró sintetizar la urea.Llevados por su desprecio hacia la química orgánica, se burlaron de quienes explicaban la fermentación alcohólica por la acciónde las levaduras. Según Liebig y Wöhler esos microorganismos eran una fantasía parecida al homunculus de otros tiempos y novalía la pena considerarlos. Hasta se tomaron el trabajo de publicar en 1839 una parodia en la prestigiosa revista Annalen derChemie. La ilustraron con prolijos grabados que representaban a pequeños robots destiladores que se alimentaban de azúcar yexcretaban alcohol y anhídrido carbónico por conductos separados. Con el tiempo, ese chiste alemán les terminó costando caro,porque Arthur Koestler lo rescató en uno de sus libros. El hombre antediluvianoA comienzos del siglo XIX, la idea de la evolución se estaba abriendo paso en distintos lugares de Europa, y ya se habíaexhumado una respetable cantidad de fósiles de animales extinguidos, incluyendo algunos humanos.Georges Cuvier, el padre de la paleontología, defendía a rajatabla el “fijismo” de las especies, pero Geoffroy de Saint-Hilaire erapartidario de la evolución. En 1839 (quince años antes de la irrupción de Darwin) ambos se enfrentaron en un célebre debateque Goethe consideró “más importante que la Revolución Francesa”. Quizá, si pensamos en todas las ideologías que más tardepedirían apoyo a la idea evolucionista, desde el racismo hasta la lucha de clases, se diría que no exageró demasiado.Cuvier, que fue el ocasional ganador del debate, creía que la Naturaleza había creado todas las especies de una única vez. Losrestos de animales desconocidos eran simplemente producto de otra creación anterior al Diluvio, es decir, “antediluvianos”. Bienpronto Cuvier, que a pesar de todo era paleontólogo, se encontró con que no le alcanzaba con el Diluvio bíblico y tuvo queproponer otras tres catástrofes previas. Sus discípulos Brongniart y D’Orbigny llegaron a postular nada menos que 27catástrofes, de la misma manera que los seguidores de Tolomeo se habían pasado siglos inventando epiciclos y ecuantes contal de no desplazar a la Tierra del centro del cosmos.Pero entonces comenzaron a encontrarse fósiles humanos, en estratos reconocidos como “antediluvianos”. Cuando Boué leenvió un esqueleto completo a Cuvier en 1823, el irascible maestro tiró los huesos por la ventana, gritando que nunca hubierantenido que sacarlos del cementerio.En la misma época se descubrieron armas y herramientas de sílex en terrenos antediluvianos. En el Museo Británico, desde1715 había unas hachas de piedra encontradas junto al esqueleto de un elefante, pero estuvieron allí cien años sin que nadiereparara en ellas. A principios del siglo XIX hubo descubrimientos similares en Inglaterra y Francia, pero la Sociedad Geológicade Londres se negó a publicarlos. El hombre que creiaen los PicapiedrasDurante más de treinta años, el único que defendió empecinadamente la existencia del hombre “antediluviano” fue un inspectorde Aduanas francés, un brillante aficionado que se definía como “bohemio de la ciencia.”La historia de Boucher de Perthes es la mejor prueba del teorema de Thomas: si la gente cree que algo no es real, hará todo loposible para ignorar cualquier prueba que se le presente. Como decía el Rey Ubú: ¡este animal no existe!Jacques Boucher de Crèvecoeur de Perthes se pasó su vida coleccionando pruebas de la Edad de Piedra, sin conseguir que elmundo científico se dignara a examinarlas. No era un académico (fue poeta, músico y autor de comedias) y dirigía la aduana deAbbeville, en la desembocadura del río Somme, al norte de Francia. Si pensamos en otro aduanero, el pintor Rousseau, se diríaque la Aduana es pródiga en talentos, aunque ciertos ejemplos argentinos no autorizan a generalizar tanto.Fue en 1826 cuando, explorando ese valle del Somme que mucho más tarde la primera guerra mundial sembraría de huesosmodernos, Boucher comenzó a desenterrar y coleccionar pedernales tallados y hachas de sílex. Era esa piedra que en inglés sellama “flint” la que habría de darle apellido a los Flint Stones, más conocidos como Picapiedras. Las hachas estaban enyacimientos del Pleistoceno, definidos como “antediluvianos”, es decir anteriores a la más reciente de las “catástrofes” de Cuvier. La opinión dominante decía que no podían estar allí, porque el hombre había aparecido después. No se trataba de un prejuiciode origen religioso, ya que después de todo Noé y su gente eran hombres”antediluvianos”, según la Biblia. Era un caso deinercia cognitiva, de resistencia a revisar el paradigma vigente.

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