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FRANCISCO MIGUEL GONZÁLEZ LÓPEZ
El viejo yelmo
La primera vez que se topó con él no tenía más de diezaños. Le impresionó aquella barba rala, nívea como la nieveen invierno, y aquella cojera que hacía ladearse de formairregular cuando caminaba aferrado a un retorcido cayado.Era mucho más alto que cualquier aldeano pese a suavanzada edad. Algunos se aventuraban a decir que podríaser tan viejo como los álamos octogenarios de la plaza.Probablemente fuera así porque nadie lo había visto antespor estas tierras. Era forastero. Tiempo atrás se instaló a pocas leguas de Olrun, muycerca de las laderas rocosas de la montaña, en un lugardonde la caprichosa naturaleza había agujereado la piedraformando cientos y cientos de covachas y cuevecillas. Lospastores llamaban a este sitio la Colmena. Pues al,apartado del mundo, vivía como un ermitaño sin molestar anadie. Únicamente bajaba regularmente, el día delmercadillo, para vender moras recolectadas del bosque.- ¿Quién es ese hombre? – preguntó el chiquillo tirandode la falda de su madre con resuelta obstinación.- Según cuentan, es una especie de asceta, un viejochiflado que evita el contacto con la gente – Le contestó –;me trae moras siempre que puede. Yo le pago y, luego, élse marcha. Nunca dice nada. Es un tipo raro.
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FRANCISCO MIGUEL GONZÁLEZ LÓPEZ
Su madre, Hannah, regía un puesto en el mercadillolocal de Olrun. Se había pasado media vida detrás de unmostrador vendiendo frutas y tratando con infinidad declientes, pero nadie como ese anciano solitario. Ella sabíaque le pagaba por las moras menos de lo habitual, pero a élle daba igual. Abría el saquillo donde las guardaba, lasdepositaba en el cesto, recogía las monedas y se largabasin mediar palabra.Otro día que el chiquillo jugaba, corre que te correentre el gentío, tropezó contra un muro de carne y huesodesplomándose en el suelo. Al ojear hacia arriba, unos ojosazules cristalinos le observaban con el ceño fruncido. Quésorpresa la suya al percatarse que se trataba del viejo, elcual, después de ayudarle a ponerse de pie, le acarició loscrispados cabellos en actitud cordial.- Tú eres el hijo de la frutera, ¿no es cierto? – le dijomientras un blanco bigotes danzaba sinuosamente al sonde las sílabas. Tenía la voz grave, hueca como la covachadonde moraba.- ¿Cómo te llamas, chico? Turulato durante unos segundos, sin saber qué decir,su rostro esbozó un atisbo de pasmo hasta que de sugarganta afloraron sonidos guturales.- G…G….Goi – tartamudeó- Goi, dale esto a tu madre.
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 Y soltándole entre las diminutas manos un saquillorepleto de moras, se desvaneció en la multitud.Goi partió a toda prisa. En el tenderete Hannahdiscutía con dos mujeres rollizas acerca del precio de unassandías.- ¡Mama, el loco de la Colmena me ha dado esto parati!Ella examinó el contenido de la bolsa; eran las morasque religiosamente le traía. No se acercó a cobrar, pensó,aunque esto no le sorprendía en absoluto. Sin duda, tendríaalgo s importante que hacer o sencillamente rehuía,como siempre, de las relaciones con las personas.- Ya le devolveré el dinero la próxima vez que se deje caerpor aquí. – expresó la mujer.A Goi le interesaban bastante los rumores quecirculaban acerca del viejo ermitaño. Nadie conocía ni sunombre, ni su procedencia. Su identidad era un auténticomisterio. No obstante, las lenguas verbosas de Olrunmurmuraban dos versiones diferentes. La primera quedescribía a un sacerdote de lejanas tierras que se habíaalojado aquí para pasar los últimos días de su existencia enpaz y armonía. La segunda que se trataba de un proscritoque ha de la justicia. Ninguno de los dos relatos leconvencía, pues Goi pensaba que si era un sacerdote, ¿Porqué no exhibía símbolos o ropajes que así lo atestiguaran,como por ejemplo el curandero de la aldea que siempre
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