FRANCISCO MIGUEL GONZÁLEZ LÓPEZ
Su madre, Hannah, regía un puesto en el mercadillolocal de Olrun. Se había pasado media vida detrás de unmostrador vendiendo frutas y tratando con infinidad declientes, pero nadie como ese anciano solitario. Ella sabíaque le pagaba por las moras menos de lo habitual, pero a élle daba igual. Abría el saquillo donde las guardaba, lasdepositaba en el cesto, recogía las monedas y se largabasin mediar palabra.Otro día que el chiquillo jugaba, corre que te correentre el gentío, tropezó contra un muro de carne y huesodesplomándose en el suelo. Al ojear hacia arriba, unos ojosazules cristalinos le observaban con el ceño fruncido. Quésorpresa la suya al percatarse que se trataba del viejo, elcual, después de ayudarle a ponerse de pie, le acarició loscrispados cabellos en actitud cordial.- Tú eres el hijo de la frutera, ¿no es cierto? – le dijomientras un blanco bigotes danzaba sinuosamente al sonde las sílabas. Tenía la voz grave, hueca como la covachadonde moraba.- ¿Cómo te llamas, chico? Turulato durante unos segundos, sin saber qué decir,su rostro esbozó un atisbo de pasmo hasta que de sugarganta afloraron sonidos guturales.- G…G….Goi – tartamudeó- Goi, dale esto a tu madre.
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