Sacrifican los persas a los dioses indicados del modo siguiente; no levantan altares niencienden fuego cuando se disponen a sacrificar, ni emplean libaciones, ni flautas, ni coronas, nigranos de cebada. Cuando alguien quiere sacrificar a cualquiera de estos dioses, conduce la res a unlugar puro, y llevando la tiara ce
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ida las m
á
s veces con mirto, invoca al dios; no le est
á
permitido alque sacrifica implorar bienes en particular para s
í
mismo; se ruega por la dicha de todos los persas ydel rey, porque en el n
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mero de los persas est
á
comprendido
é
l mismo. Despu
é
s de cortar la carne,hace un lecho de la hierba m
á
s suave, y especialmente de tr
é
bol, y pone sobre
é
l todas las carnes. Unavez que las ha colocado, un mago entona all
í
una teogon
í
a -tal, seg
ú
n dicen, es el canto- pues suusanza es no hacer sacrificios si no hay un mago. Despu
é
s de unos instantes, se lleva el sacrificante lacarne, y hace de ella lo que le agrada.Acostumbran a celebrar de preferencia a todos el d
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a del nacimiento. En ese d
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a creen justoservir una comida m
á
s abundante que en los otros; los ricos sirven un buey, un caballo, un camello yun asno enteros asados en el horno, y los pobres sirven reses menores. Usan pocos platos fuertes, peros
í
muchos postres, y no juntos. Por eso dicen los persas que los griegos, cuando est
á
n comiendo selevantan con hambre, puesto que, despu
é
s de la comida nada se sirve que merezca la pena, pero si sesirviera no dejar
í
an de comer. Son muy aficionados al vino. No est
á
permitido vomitar ni orinardelante de otro.
É
sas, pues, son las normas que observan. Acostumbran deliberar sobre los negociosm
á
s grandes cuando est
á
n borrachos. Lo que entonces les parece bien lo proponen al d
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a siguiente,cuando est
á
n sobrios, al amo de la casa en que est
á
n deliberando, y si lo acordado tambi
é
n les parecebien cuando sobrios, lo ponen en ejecuci
ó
n; y si no, lo desechan. Y lo que hubieran resuelto estandosobrios, lo deciden de nuevo hall
á
ndose borrachos.Cuando se encuentran dos por los caminos, puede conocerse si son de una misma clase los quese encuentran por esto: en lugar de saludarse de palabra, se besan en la boca; si el uno de ellos fuesede condici
ó
n algo inferior, se besan en la mejilla; pero si el uno fuese mucho menos noble, se postra yreferencia al otro. Estiman entre todos, despu
é
s de ellos mismos, a los que viven m
á
s cerca; ensegundo lugar, a los que siguen a
é
stos; y despu
é
s proporcionalmente a medida que se alejan, y tienenen el m
á
s bajo concepto a los que viven m
á
s lejos de ellos; creen ser ellos mismos, con mucho, loshombres m
á
s excelentes del mundo en todo sentido, y que los dem
á
s participan de virtud en laproporci
ó
n dicha, siendo los peores los que viven m
á
s lejos de ellos. Cuando dominaban los medos,unos pueblos mandaban a los otros; y los medos mandaban sobre todos y sobre los que viv
í
an m
á
scerca;
é
stos a su vez sobre los lim
í
trofes;
é
stos sobre sus vecinos inmediatos, en la misma proporci
ó
nque observan los persas; pues as
í
cada pueblo a medida que se alejaba, depend
í
a del uno y mandaba alotro.De todos los hombres los persas son los que m
á
s adoptaron las costumbres extranjeras. Enefecto, llevan el traje medo, teni
é
ndolo por m
á
s hermoso que el suyo, y para la guerra el peto egipcio;se entregan a toda clase de deleites que llegan a su noticia; y as
í
de los griegos aprendieron a teneramores con muchachos. Cada cual toma muchas esposas leg
í
timas y mantiene muchas m
á
sconcubinas.El m
é
rito de un persa, despu
é
s del valor militar, consiste en tener muchos hijos; y todos losa
ñ
os el rey env
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a regalos al que presenta m
á
s, porque consideran que la continuidad hace fuerza.Ense
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an a sus hijos, desde los cinco hasta los veinte a
ñ
os, s
ó
lo tres cosas: montar a caballo, tirar alarco y decir la verdad. El ni
ñ
o no se presenta a la vista de su padre entes de tener cinco a
ñ
os, viveentre las mujeres de la casa; y esto se hace con la mira de que, si el ni
ñ
o muriese durante su crianza,ning
ú
n disgusto cause a su padre.Alabo, en verdad, esa costumbre, y alabo tambi
é
n, en verdad, esta otra: por una sola falta, ni elmismo rey impone la pena de muerte, ni otro alguno de los persas castiga a sus familiares con penairreparable por una sola falta, sino que, si despu
é
s de calcular halla que los delitos son m
á
s y mayoresque los servicios, cede a su c
ó
lera. Dicen que nadie hasta ahora ha dado muerte a su padre ni a su2
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