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ROSANA PERALTA MACíAS
úbito, intenso, irracional, turbador… así escomo se nos ha enseñado que es el amor,“el bueno”, al que debemos aspirar. Ése quenos elevará a los cielos si se realiza y que nostirará por los más angustiantes terrenos denuestra alma si se trunca o, ni llega a suce-dernos. En general poco nos cuestionamossobre las zonas a las que nos conduce estaconstrucción social; sus representaciones,los ritos que hemos aprehendido a lo largode cientos de años, acerca del deber ser delamor cuando éste se practica en su ormamás convencional, la pareja.Se nos ha dicho que el amor es el estadoque lleva a la perección de una persona,que sólo de su mano podemos ser mejores –es de teneren cuenta las salvedades del concepto-, que únicamen-te quien sabe amar sirve para este mundo. Pero, ¿cómoes ese saber amoroso?, ¿en verdad los placeres amoro-sos lo son o están tan contagiados del placer orgánicoque hemos perdido los límites uniendo horizontes dealgo que no necesita la mezcla, o es irremediable?“No hay amor si no hay dolor” sentencia recurrenteque tomamos por cierta sin refexión que intermedie,¿de dónde aprendimos que lo doloroso, que lo com-plicado, que lo obstaculizado es síntoma de amor?,¿desde dónde es que amamos a un alguien que senos presenta diuso y que, la mayoría de las ocasiones,así dejamos, tan borroso que nos permita armarnos untraje a la medida?traria,que nos eleva las pulsaciones rente a la imagen dealguien más coqueteando a nuestra pareja.Reaccionesapasionadas al percibir un atisbo de incertidumbre.Quizá, la clave estaría en dejar de encontrar placeren la idealización y comenzar a encontrarlo en las reali-dades, en plural. Deshacernos de la costumbre de idea-lizarlo todo: el amor, la pareja, el yo en pareja; y vernoscomo personas con impulsos y necesidades aectivas.Si bien resulta absurdo pretender que nos despojemosdel todo de ideales que están ya tan dentro de nuestrocentro de atracción –como el estatus social, la bellezaísica- pero, intentar dejar de enamorarnos de nuestrosdeseos proyectados en otra persona que termina pordejar de ser ella para ser un vago espejo, dejar de ae-rrarnos a la idea de que el amor es eterno, universal einalible. Entendernos como los seres en constante evo-lución y que, por tanto, no necesariamente tenemos porqué querer a una persona “para toda la vida”.Porque ese amor romántico que hemos aprendidoa practicar, muy al pie de la letra por cierto, no puedeser ni cierto, ni coherente ni posible, no podemos pre-tender ser todo lo que la idealización consecuenciade la emoción inicial nos obliga a ser, no podemosmantener el deseo inamovible tras las complicacio-nes prácticas que surgen en una vida compartida poraños. No deberíamos pretender que el compromisoy la independencia -gustos e intereses no necesaria-mente compartidos- estén tan reñidos, en suma, enten-dernos como los seres cambiantes y necesitados denovedad y placer egoísta que somos.
Plaza universidad-Pachuca
Estrechamos los placeresdel cuerpo –que evidentementepueden obtenerse sin necesi-dad de liga emocional- con losdel “alma” y los revestimos demitos románticos que nos llevana colocarlo en un plano que detan absoluto se nos convierte enun objeto reducido: sólo se amaverdaderamente una vez y auna sola persona, si amo a unapersona no puedo amar a otrao tener sexo con alguien más,el amor lo vence todo, el amorde tan puro y bello no respondesino a mis intereses y no tiene li-gas con el momento sociohistórico que vivo, los celosson requisito en un amor real, y el más terrible: el amordel bueno dura toda la vida y la convivencia diaria nohace sino reorzarlo, sin excepciones.Pero, ¿Qué placer podemos hallar en encerrarnosen relaciones restrictivas?, ¿cómo librar la rontera, laposesión y la dependencia a la que inevitablementellegamos en relaciones monógamas? Porque aunquepor un lado está la necesidad de certezas es innegableque el egoísmo es un mecanismo evolutivo hedónicoque sólo renamos mediante su domesticación.Los celos y la posesión son de los perversos placeresque más perturban.La necesidad de garantías de exclusi-vidad que nos lleva a acalorarnos ante la posibilidad con-
EL AMOR,
¿UN PLACER?
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¿EN VERDAD LOSPLACERES AMOROSOSLO SON O ESTÁN TANCONTAGIADOS DELPLACER ORGÁNICOQUE HEMOS PERDIDOLOS LÍMITES UNIENDOHORIZONTES DE ALGOQUE NO NECESITALA MEZCLA, O ESIRREMEDIABLE?
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