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EL GIGANTE EGOISTA

EL GIGANTE EGOISTA

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02/16/2011

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El gigante egoísta
Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio yhermoso, con arbustos de flores y cubierto de céspedverde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, seabrían flores luminosas como estrellas, y había docealbaricoqueros que durante la Primavera se cubrían condelicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño secargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros sedemoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban contanta dulzura que los niños dejaban de jugar paraescuchar sus trinos. “¡Qué felices somos aquí!”, -se decíanunos a otros. Pero un día el Gigante regresó. Había ido avisitar a su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedadocon él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, puessu conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseode volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue alos niños jugando en el jardín. “¿Qué hacéis aquí?”, surgió
 
con su voz retumbante. Los niños escaparon corriendo endesbandada. “Este jardín es mío. Es mi jardín propio”,dijo el Gigante; “todo el mundo debe entender eso y nodejaré que nadie se meta a jugar aquí.”Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puertapuso un cartel que decía:ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LASPENAS CONSIGUIENTESEra un Gigante egoísta... Los pobres niños se quedaron sintener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar a lacarretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada depedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededordel muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordabannostálgicamente lo que había detrás. “¡Qué dichososéramos allí!”, se decían unos a otros. “La Primavera seolvidó de este jardín”, se dijeron, “así que nosquedaremos aquí el resto del año”. Cuando la primaveravolvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sinembargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía elinvierno. Como no había niños, los pájaros no cantaban, ylos árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez unalindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el
 
cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió ameterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida. Losúnicos que se sentían a gusto allí eran la Nieve y laEscarcha. La Nieve cubrió la tierra con su gran mantoblanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y enseguida invitaron a su triste amigo el Viento del Nortepara que pasara con ellos el resto de la temporada. Yllegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles yanduvo rugiendo por el jardín durante todo el día,desganchando las plantas y derribando las chimeneas.“¡Qué lugar más agradable!”, dijo. “Tenemos que decirle alGranizo que venga a estar con nosotros también”. Y vinoel Granizo. Todos los días se pasaba tres horastamborileando en los tejados de la mansión, hasta querompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía adar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía.Se vestía de gris y su aliento era como el hielo. “Noentiendo porqué la Primavera tarda tanto en llegar aquí”,decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana yveía su jardín cubierto de gris y blanco, “espero quepronto cambie el tiempo”. Pero la Primavera no llegónunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos doradosen todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dioninguno. “Es un gigante demasiado egoísta” decían losfrutales. De esta manera, el jardín del Gigante quedópara siempre sumido en el Invierno, y el Viento delNorte, el Granizo, la Escarcha y la Nieve bailoteabanlúgubremente entre los árboles. Una mañana, el Giganteestaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy

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