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INFIDELIDADES EN LA IGLESIA

INFIDELIDADES EN LA IGLESIA

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1
José María Iraburu
Infidelidadesen la Iglesia
Fundación GRATIS DATE
Pamplona 2005
 
2
José María Iraburu
Introducción
La Providencia divina me ha dado, en más de treintaaños de vida pastoral como profesor de teología, escritory predicador, conversar en distintos países sobre la situa-ción de la Iglesia con muchas personas fieles y experi-mentadas, Obispos y sacerdotes, religiosos y laicos, mon-jes y religiosas contemplativas. Personas con las que mu-chas veces, es cierto, tengo especial afinidad. Por esopuedo asegurar con
fundamento in re
que los pensa-mientos que expongo en esta obra –al menos en sus lí-neas fundamentales–, aunque hoy raras veces son escri-tos y publicados, no son sólamente míos, sino que expre-san el sentir de muchos católicos, que están entre loshijos más fieles de la Iglesia. En adelante, pues, al escri-bir este libro lo haré en plural. Es
uno
quien escribe estaobra –alguien tiene que hacerlo–, pero son
muchos
losque en estas páginas expresan sus pensamientos y susesperanzas.En este escrito afrontamos problemas que son espe-cialmente graves en la Iglesia Católica de los paísesdescristianizados, es decir, de aquellos pueblos de filia-ción cristiana más antigua y hoy de mayor riqueza eco-nómica. Pero son cuestiones que interesan y afectan, ob-viamente, a toda la Iglesia.En la refutación de ciertos errores hemos prestado es-pecial atención al magisterio de PabloVI, que tiene unvalor
histórico
especial, ya que es
el primero
en denun-ciarlos –al menos en su expresión actual– y rechazarlos.Pero las mismas enseñanzas y refutaciones son dadasposteriormente en numerosos documentos por Juan Pa-blo II con gran fuerza y claridad.
A lo largo de la obra, en muchas ocasiones, los
subraya-dos en cursiva
de las citas hechas son nuestros. No loavisamos en cada caso.
Para algunos esta obra puede resultar bastante enojo-sa. No es, por supuesto, nuestra intención molestar a na-die. Pero cuando está en juego la gloria de Dios y lasalvación eterna de muchas personas –incluida la de aque-llas que puedan molestarse con nosotros–, ha de hacerselo que se juzgue más conveniente. Los cristianos, comoCristo, hemos sido enviados a este mundo «para dar tes-timonio de la verdad» (Jn 18,37), y éste es un deber ur-gente de conciencia, que ha de ser cumplido con humil-dad y caridad, prudencia y fortaleza. Sólo de la verdadviene la salvación. Y
salus animarum, suprema lex.
La previsión de que ciertas personas de la Iglesia pue-dan sentirse enojosamente aludidas por nuestras consi-deraciones nos da pena, sin duda; pero, bien mirado elasunto, no tiene mayor importancia.En unos pocos días más, Obispos, presbíteros, laicos,religiosos, «todos hemos de comparecer ante el tribunalde Dios... y cada uno dará a Dios cuenta de sí mismo»(Rm 14,10.12). Eso sí que tiene importancia.Recuérdese también que la misma ley universal de laIglesia establece que
«los fieles tienen el
derecho
, y a veces incluso el
deber 
,en razón de su propio conocimiento, competencia y presti-gio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobreaquello que pertenece al bien de la Iglesia», etc. (canon212,3).
1. Disidencia
Enseñar la verdad, más que condenar el error
El Beato Juan XXIII (papa 1958-63), en el
Discursoinaugural
del Concilio Vaticano II (1962-65), afirma queéste dará «un magisterio de carácter prevalentemente
pastoral
». Sin embargo,
la Iglesia quiere que el Concilio «transmita la doctrinapura e íntegra, sin atenuaciones, que durante veinte siglos»ha mantenido firme entre tantas tormentas. Los errores nuncahan faltado. Y «siempre se opuso la Iglesia a estos errores.Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. Ennuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiereusar de la medicina de la misericordia más que de la severi-dad. Piensa que hay que remediar a los necesitados
mos-trándoles la validez de su doctrina sagrada más que con-denándolos
» (n.14-15; 11-XI-1962).
Una enseñanza, que se relaciona con la anteriormentesubrayada, la hallamos en la  Declaración conciliar
Dignitatis humanæ
, sobre la libertad religiosa:
«...
la verdad no se impone de otra manera que por lafuerza de la misma verdad 
, que penetra suave y a la vezfuertemente en las almas» (
DH 
1).
Juan Pablo II considera que éste es un «principio deoro dictado por el Concilio» (1994, cta. apost.
TertioMillenio adveniente
35).Y ciertamente el papa Pablo VI (1963-1978) se atienea ella a lo largo de todo su pontificado. En efecto, así como en la enseñanza de la verdad y en la refutación delos errores muestra admirablemente su Autoridad apos-tólica docente, cohibe ésta en buena parte a la hora defrenar a los causantes de errores y abusos. Quizá, proba-blemente, esperaba que en años más serenos, pasadaslas crisis postconciliares, se darían circunstancias favo-rables para ejercitar con más fuerza la potestad apostóli-ca de corregir y sancionar.
Crisis postconciliares
En los años que siguen al Concilio, sin embargo, la si-tuación de la Iglesia se va haciendo gravemente alar-
 
3
mante. Los errores doctrinales y los abusos disciplinaresproliferan en esos años y van creciendo hasta producirconflictos muy fuertes.Un caso de grave resistencia a muchas verdades ynormas de la Iglesia se produce, por ejemplo, en el
Cate-cismo Holandés
y en el
Concilio pastoral de Holan-da
(1967-1969).
Las  propuestas doctrinales y disciplinares de éste ledejan a Pablo VI «perplejo» y le parece que «merecen se-rias reservas» (Cta. al Card. Alfrink y a los Obispos de Ho-landa, «L’Osservatore Romano» 13-I-1970).
El Cardenal croata Franjo Seper, en 1972, siendo Pre-fecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, escri-bía estas palabras al padre Mikvlich:
«Me causa gran gozo que esté usted empeñado en elbuen combate de la ortodoxia en materia de educación reli-giosa. No hay duda de que [...] se han traspasado todos loslímites de lo tolerable. Hace poco tuve en las manos un“Catecismo” holandés, que no tenía nada que ver con lareligión cristiana. [...]«Soy incapaz de adivinar cuánto tiempo durará entre loscatólicos la locura actual. Por el momento, abunda la litera-tura sobre el ecumenismo; pero, en realidad, la crisis doctri-nal católica es, al presente, un terrible obstáculo para elecumenismo. El año pasado, en el día de Sábado Santo,tenía a mi mesa a un pastor protestante de Holanda, que measeguraba que sus feligreses holandeses, protestantes, notenían idea alguna de los interlocutores con quienes pudie-ran dialogar, pues no pueden discernir quién representa ladoctrina católica. Y recientemente, si no me equivoco, unprofesor ortodoxo griego se expresaba exactamente en elmismo sentido en un artículo publicado en un boletín delpatriarcado serbio.«Pienso que un día nuestros católicos volverán a la ra-zón. Pero, ¡ay!, me parece que los obispos, que han obteni-do muchos poderes para ellos mismos en el Concilio, sonmuchas veces dignos de censura, porque, en esta crisis, noejercen sus poderes como deberían. Roma está demasiadolejos para intervenir en todos los escándalos, y se obedecepoco a Roma. Si todos los obispos se ocupasen seriamentede estas aberraciones, en el momento en que se producen,la situación sería diferente. Nuestra tarea en Roma es difícil,si no encuentra la cooperación de los obispos»
Quejas semejantes ha expresado recientemente elCardenal Ratzinger, también Prefecto de la Congrega-ción de la Fe.No podemos alargarnos ahora en la descripción y aná-lisis de las tormentas doctrinales y disciplinares aludidas.Pero al menos examinaremos aquí con cierta atención lacrisis, especialmente significativa, ocasionada por la en-cíclica
Humanæ vitæ
(1968).
La crisis de la
Humanæ vitæ
Quizá el acto más valioso de todo el pontificado dePablo VI fue la publicación de la encíclica
Humanæ vitæ.
«En virtud del mandato que Cristo Nos confió» (6), élenseña «la doctrina de la Iglesia» sobre el matrimonio(20, 28, 31). Haciéndolo, ha de de contrariar, en medio deuna inmensa expectación de la Iglesia y del mundo, a lagran mayoría de los opinantes. En aquella ocasión, la au-toridad de su Magisterio supremo actúa ciertamente
exsese
, y no
ex consensu Ecclesiæ
, según los términos delVaticano I.
Pablo VI en  su encíclica enseña «la doctrina moral sobreel matrimonio propuesta por el Magisterio de la Iglesia conconstante firmeza» (6). No hace, en efecto, sino continuarla doctrina de la tradición católica, de la
Casti connubii
(1930) de Pío XI, de las enseñanzas de Pío XII, las mismasque  Juan Pablo II reitera después en la encíclica
Familiarisconsortio
(1981) y en el
Catecismo de la Iglesia Católica
(1992).
Publicada la encíclica, inmediatamente se le viene en-cima a Pablo VI el mundo y buena parte de la Iglesia. Yase lo esperaba:
«Se puede prever que estas enseñanzas no serán quizáfácilmente aceptadas por todos: son demasiadas las voces–ampliadas por los modernos medios de propaganda– queestán en contraste con la de la Iglesia» (
HV 
18).
Oposición de algunos teólogos
La grave maldad de la anticoncepción había sido hastael Concilio unánimemente enseñada por los autores espe-cializados en teología moral católica.
El P. Häring, por ejemplo, en
La Ley de Cristo
(I-II, Barce-lona, Herder 1965
4
), enseña que el uso de preservativos«profana las relaciones conyugales». Del onanismo –refi-riéndose aquí con ese término al mal uso del matrimonio–dice que «sería absurdo pretender que tal proceder se justi-fica como fomento del mutuo amor. Según San Agustín, nohay allí amor conyugal, puesto que la mujer queda envileci-da a la condición de una prostituta» (II,318). Por el contra-rio, «la continencia periódica respeta la naturaleza del actoconyugal y se diferencia esencialmente del uso antinaturaldel matrimonio» (316).
Ésta era, conforme al Magisterio apostólico, la ense-ñanza unánime de los moralistas. Pero en torno al Conci-lio se habían suscitado expectivas generalizadas de que laIglesia, como no pocas confesiones protestantes, iba aaceptar la anticoncepción, al menos en ciertas condicio-nes. Por eso la
Humanæ vitæ
ocasionó en muchos indig-nación y rechazo. La rebeldía no se hizo esperar.Mes y medio después de publicada la
Humanæ vitæ
,
 
elP. Häring hace un llamamiento general a resistirla:
«Si el Papa merece admiración por su valentía en seguirsu conciencia y tomar una decisión totalmente impopular,todo hombre o mujer responsable debe mostrar una sinceri-dad y una valentía de conciencia similares... El tono de laencíclica deja muy pocas esperanzas de que [un cambiodoctrinal] suceda en vida del Papa Paulo... a menos que lareacción de toda la Iglesia le haga darse cuenta de que haelegido equivocadamente a sus consultores y que los argu-mentos recomendados por ellos como sumamente apropia-dos para la mentalidad moderna [alude a
HV 
12] son simple-mente inaceptables... Lo que se necesita ahora en la Iglesiaes que todos hablen sin ambages, con toda franqueza, con-tra esas fuerzas reaccionarias» (
La crisis de la encíclica.Oponerse puede y debe ser un servicio de amor hacia elPapa
: «Commonweal» 88, nº20, 6-IX-1968; art. reproducidoen la revista de los jesuitas de Chile, «Mensaje» 173, X-1968, 477-488).
Una parte importante de los moralistas coincide en esosaños con la postura del P. Häring. Una declaración, porejemplo, de la
Universidad Católica de
 
Washington
,encabezada por el P. Charles Curran, y apoyada por unosdoscientos «teólogos», rechaza la doctrina de la encíclica(«Informations Catholiques Internationales», n. 317-318,1968, suppl. p.XIV).
También en España muchos profesores de teología sehan opuesto y se oponen a la
doctrina de la Iglesia
entemas de moral conyugal.
Oposición de algunos episcopados
En 1968 se produce en Francia, y un poco en todo elmundo,
la Revolución de mayo
. Y ese mismo año, en
Disidencia

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