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Rancan F., Yo Estuve Siempre a Tu Lado

Rancan F., Yo Estuve Siempre a Tu Lado

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segunda parte de vida de Cristo
segunda parte de vida de Cristo

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04/28/2014

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1FERDINANDO RANCANYo estuve siempre a su ladoTraducción de JOSé RAMóN PéREZ ARANGüENA((Carátula exterior))«Hay que meterse en el Evangelio como un personaje más». A la luz de este consejo de San JosemaríaEscrivá, Ferdinando Rancan se introduce entre sus páginas como un niño huérfano adoptado y acogido en elhogar de Nazaret, que comparte de cerca las vidas de Jesús y de María.Ediciones Rialp ya ha publicado Yo también vivía en esa casa, que relata los grandes y pequeños sucesos de laSagrada Familia. Ahora, en esta su segunda parte, el autor prosigue contemplando con sus ojos de niño –unniño que nunca deja de serlo– las incidencias de la vida pública de Jesús, hasta su Ascensión al Cielo, así como los años posteriores que María sobrevivió a su Hijo.Confiesa el autor que, desde que se decidió a asumir esta perspectiva, «el Evangelio ya no ha sido para élsimplemente un libro, sino una aventura personal». Por eso, gozoso de la experiencia, no desea más quecompartirla y, a la vez, animar a otros a afrontarla por sí mismos.((Solapa))Ferdinando Rancan, sacerdote italiano octogenario, impregna de infancia espiritual su contemplación delEvangelio, la adoba con su fantasía –eso sí, sin forzamientos arbitrarios que alteren la realidad histórica–, yofrece un relato brioso y entrañable de la vida pública del Señor y de los últimos años de la Santísima Virgen,con el que acerca y hace más amable al lector las figuras de Jesús y de María.NOTA EDITORIALEl presente libro recoge la segunda parte de Yo también vivía en esa casa, publicado por Rialp, cuya versiónoriginal italiana apareció en un solo tomo. Al editar ahora por separado en castellano su segunda parte se havisto oportuno otorgarle un título diferente y, además, reproducir de nuevo los párrafos más ilustrativos delprólogo. Con todo, aun cuando no ofrezca solución de continuidad respecto a su predecesor, Yo estuvesiempre a su lado tiene en sí entidad propia y, por tanto, puede leerse con independencia de aquél.El niño, pues, que en Yo también vivía en esa casa compartía las peripecias de Jesús, María y José, ycontemplaba emocionado las escenas domésticas de la Sagrada Familia, es el mismo que observa aquí decerca, con idéntica vivacidad y cariño, las incidencias de la vida pública del Señor, hasta su Ascensión al
 
2Cielo. Y el mismo que, siempre pegado a María –la Madre que le adoptó y acogió en su hogar de Nazaretsiendo un pobre huerfanito–, permanece a su vera hasta el último instante, hasta el momento de su Asunciónen cuerpo y alma a los Cielos. Un niño… que parece no crecer nunca en edad ni en malicia, pero sí enexperiencia y hondura, y desde luego en amor y admiración tanto a Jesús como a la Santísima Virgen.Prólogo¿Un libro de fantasía? ¿Un apócrifo? ¿Una novela histórica? ¿Un conjunto de visiones místicas? Nada de eso.Es más, el autor jamás ha leído libros apócrifos o narraciones místicas. Las páginas de este libro sonconsecuencia exclusiva de una lectura asidua del Evangelio con actitud contemplativa, según el espíritu y laenseñanza de San Josemaría Escrivá, quien sugirió a millones de hombres y mujeres meterse en el Evangelio –la aventura humano-divina de Cristo– «como un personaje más».«No basta con tener una idea general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de Él detalles yactitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra, sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz,serenidad, paz… Por eso hemos de meditar la historia de Cristo, desde su nacimiento en un pesebre, hasta sumuerte y su resurrección… Así nos sentiremos metidos en su vida. Porque no se trata sólo de pensar en Jesús,de representarnos aquellas escenas. Hemos de meternos en ellas, ser actores. Seguir a Cristo tan de cerca comoSanta María, su Madre, como los primeros doce, como las santas mujeres…» (Es Cristo que pasa, nº 107).«Esos minutos diarios de lectura del Nuevo Testamento, que te aconsejé –metiéndote y participando en elcontenido de cada escena, como un protagonista más–, son para que encarnes, para que ‘cumplas’ elEvangelio en tu vida…, y para ‘hacerlo cumplir’» (Surco, nº 672).El autor de estas páginas, queriendo meterse en las escenas del Evangelio como un personaje entre los demás,no ha encontrado nada mejor que hacerse niño y sentirse como un huérfano al que María ha adoptado, dándoleentrada en su casa y en el seno de su familia. Desde entonces el Evangelio ya no ha sido para él simplementeun libro –o si se prefiere el Libro–, sino una aventura personal vivida y narrada en primera persona. Sí,también «narrada», porque al cabo de muchos años de lectura contemplativa, de experiencia vivida, esaaventura se ha fundido con su memoria y él se la «narra» continuamente a sí mismo, reviviéndola cada vezcon más alegría, con más emoción, con una intimidad más profunda con su Señor y los personajes que loacompañan. Le ha salido una especie de diario, que podríamos titular Diario de un niño adoptado por lafamilia más maravillosa y feliz del mundo.El relato lo ha enriquecido la fantasía del autor, el cual, no obstante, ha tratado de moverse entre los diversospersonajes respetando lo más posible su verdad, sin forzamientos arbitrarios que pudieran alterar su realidadhistórica.(…)El autor de este libro ha querido expresar precisamente lo que la participación directa en la vida de Jesús –participación vivida desde dentro– le ha suscitado en su experiencia personal. Ciertamente, él no es unexégeta, ni un historiador, ni siquiera un teólogo en el sentido técnico-científico del término. Es sin más uncristiano común que se ha tomado la santa libertad de meterse en la vida de Cristo siguiendo el curso de suspropios sentimientos, de su propio instinto, amén del buen sentido y de la enseñanza de la Iglesia. Ahora bien,sobre todo –y el autor pide excusas por esta audaz presunción suya–, sobre todo se ha dejado llevar por suamor cada día más apasionado a Jesucristo.(…)Por supuesto, cualquier cristiano que lea el Evangelio con asiduidad y actitud contemplativa podría escribir laspáginas de este diario de manera completamente diferente, según su propia experiencia, y con los sentimientosy pensamientos que la aventura terrena de Jesús le suscite en su alma. De ahí que el niño que narra hayapreferido permanecer anónimo.
 
3Con todo, el autor ofrece este diario a modo de confidencia de amigo a amigo, con el único deseo de que ellector se sienta animado a conocer más de cerca a Jesús y a convertirlo en el Gran Amor de su vida.Por los caminos de Galilea1. LOS HERMANOS DE JESúSHabían pasado casi tres meses desde el día en que Jesús abandonara Nazaret y nuestra casa. El inviernoparecía más largo. Las jornadas discurrían lentas, y la noche no llegaba nunca, además de que no estaba Él,Jesús, para llenarla con su presencia. En ciertos momentos me embargaba una irresistible nostalgia por lasveladas que habíamos compartido. Me volvían a la mente sus explicaciones de pasajes señalados de Moisés yde los profetas que Él sabía de memoria, la recitación de los salmos que intercalaba libremente entre ellos, ytambién sus divertidos comentarios a lo ocurrido en la jornada, siempre marcados por una consideraciónpositiva de las personas y de los acontecimientos. Ahora, en cambio, la plegaria de la noche daba rápidamentepaso al descanso nocturno.La ausencia de Jesús hacía aún más denso el silencio de la noche. Ya no tenía la fortuna de entreverlo, enduermevela, orando perseverantemente durante largo rato. Su figura se me había hecho tan familiar que, porun tiempo, no conseguí dormirme sin imaginármelo todavía con nosotros.María, por su parte, no solía trasnochar, sino que dedicaba al descanso las horas nocturnas. Se dormía conrapidez, con un sueño hondo y sereno, nunca turbado por preocupaciones o insomnios. En cambio, eramadrugadora. Con las primeras luces del día ya deambulaba ligera y silenciosa por la casa y, tras la habitual yprolongada oración, se metía de lleno en las tareas domésticas.Ahora, con la casa casi vacía, sus faenas caseras habían disminuido, pero no así su operatividad. Visitaba confrecuencia el taller, para hacer sentir a Joses el calor de su presencia materna y alentarlo en su trabajo. Amenudo salía al campo con Myriam a animar a Santiago, al que le disgustaba la agricultura y había confiado aunos parientes el cuidado de las tierras heredadas de su padre. Santiago, en efecto, apegado a las tradicionesde los padres y a las prescripciones judías, se mostraba más interesado en las actividades de la sinagoga, endonde ocupaba un cargo importante. Más difícil era el trato con el clan de Judas y Simón: frecuentar loscírculos nacionalistas galileos les había vuelto intemperantes. Sólo con afectuosa firmeza y amable paciencialograba María calmar su impulsividad e intransigencia.La disponibilidad de María con todos y su pronta y delicada atención a las personas hallaban así modo deexpresarse con más libertad. De ello se beneficiaban especialmente los distintos miembros de su parentela,tanto los que vivían en Nazaret y sus alrededores, como también los de Séforis y Caná, dos aldeas no muylejanas de Nazaret por el camino de Tiberíades.En Séforis y en Caná residían algunos parientes por parte de Ana, la madre de María. En el trato con elloshabían surgido dificultades, a causa de rivalidades y desacuerdos con los parientes de José. Fue precisamenteMaría quien allanó esos desacuerdos y acabó con las rivalidades. Su enorme paciencia le permitió llegar alcorazón de todos, escucharles con atenta y afable solicitud, mostrarles su estima y afecto. Su humildad lemovió a pasar por alto las pequeñas provocaciones, a superar las voces de crítica y resentimiento, y acomprender las incomprensiones.2. CANá

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