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Malot Hector-Sin Familia

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Sin Familia Hector Malot 
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SSiinnFFaammiilliiaa 
Hector Malot 
Titulo original: SANS FAMILLE Nació en La Bouille, Francia, el 20 de mayo de 1830. Luego de estudiar leyes en París,trabaja en el bufete de un notario, pero su pasión por la literatura lo lleva a encargarse dela crítica dramática en el Lloyd francés y literaria en L'opinión nationale. De suextensísima producción como narrador se destaca la trilogía Les victimes de l'amour,compuesta por su primera novela Les amantes (1859),
 
seguida por Les époux (1865) y Lesenfants (1866).De 1896 data su última obra Le roman de mes romans, donde rememora su vida comoescritor que constituye una especie de testamento literario. Agotado, se retira por completo, pero antes crea una deliciosa narración, Petit mousse, dedicada a su nieta, quees publicada después de su muerte.Falleció en Fontenoy-sous-Bois el 17 de julio de 1907.A Lucie Malot 
Mientras escribía este libro, estuve constantemente pensando en ti, hija mía, y tunombre acudía siempre a mis labios.¿Sentirá eso Lucía? ¿Le interesará eso a Lucía? Siempre Lucía. Tu nombre,pronunciado con tanta frecuencia, debe encabezar estas páginas: ignoro la fortunaque les está reservada pero, sea cual fuere, me habrán proporcionado placeres quevalen por todos los éxitos –la satisfacción de pensar en que tú puedes leerlas–, laalegría de ofrecértelas.HECTOR MALOT
 
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Primera Parte
1. EN EL PUEBLO
 Soy un niño encontrado.Pero hasta los ocho años creí que, como los demás niños, tenía madre, pues cuando llorabahabía una mujer que me estrechaba con tanta dulzura entre sus brazos, acunándome, quemis lágrimas dejaban de correr.Jamás me acostaba en mi cama sin que una mujer viniera a besarme y, cuando el viento dediciembre pegaba la nieve a los cristales blanqueados, tomaba mis pies entre sus manos y melos calentaba mientras cantaba una canción cuya melodía y algunas de cuyas palabraspuedo encontrar todavía en mi memoria.Cuando llevaba nuestra vaca por los caminos herbosos o los breñales y me sorprendía unalluvia tormentosa, ella corría a mi encuentro y
 
me obligaba a abrigarme bajo sus faldas delana que levantaba para cubrir con ellas mi cabeza y mis hombros.En fin, cuando yo tenía una querella con alguno de mis compañeros, me hacía contarle mispenas y, casi siempre, hallaba unas palabras para consolarme o darme la razón.Por todo ello y por muchas otras cosas, por el modo que tenía de hablarme, por su modo demirarme, por sus caricias, por la dulzura que ponía en su modo de reñirme, creí que era miverdadera madre.He aquí cómo supe que sólo era mi nodriza.Mi pueblo, o, hablando con más precisión, el pueblo en que crecí, pues yo jamás tuvepueblo, lugar de nacimiento, como no tuve padre ni
 
madre, el pueblo, en fin, donde pasé miinfancia se llama Chavanon; es uno de los más pobres del centro de Francia.Esta pobreza la debe no a la apatía o a la pereza de sus habitantes, sino a su situación enuna región poco fértil. El suelo carece de profundidad y, para producir buenas cosechas,necesitaría abonos o enriquecedores que faltan en el país. Así pueden verse sólo (o almenos podían verse en la época de que hablo) muy pocos campos cultivados, mientras que seven por todas partes extensos
breñales
en los que no crecen más que brezos y retamas. Ydonde cesan los breñales comienzan las landas; y en aquellas elevadas landas los ásperosvientos achaparran los magros bosquecillos de árboles que levantan, aquí y allá, sus ramastorcidas y atormentadas.Para encontrar árboles hermosos hay que abandonar las alturas ydescender a los repliegues del terreno, a orillas de los riachuelos, donde crecen grandescastaños y vigorosas encinas en estrechas praderas.En uno de esos repliegues del terreno, a orillas de un riachuelo que vierte sus rápidas aguasen uno de los afluentes del Loire, se levanta la casa que albergó mis primeros años.Hasta los ocho años jamás vi a un hombre en aquella casa; sin embargo, mi madre no eraviuda, pero su marido, tallador de piedra como muchos otros obreros de la región, trabajabaen París, y no había regresado al país desde que yo tenía edad para ver y comprender loque me rodeaba. Sólo de vez en cuando enviaba noticias por medio de uno de suscompañeros que regresaba al pueblo.–Mamá Barberin, su hombre está bien; me ha encargado que le diga que el trabajo marcha yque le dé este dinero; ¿quiere contarlo?Y eso era todo. Mamá Barberin se contentaba con estas noticias: su hombre estaba bien desalud; el trabajo rendía; se ganaba la vida.
 
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No hay que deducir, de la larga estancia de Barberin en París, que estuviera en malasrelaciones con su mujer. El desacuerdo no influía para nada en aquella ausencia. El sequedaba en París porque el trabajo le retenía allí. Cuando fuera viejo regresaría para vivir junto a su anciana mujer, y con el dinero que hubiese amasado se encontrarían al abrigo dela miseria para cuando la edad les hubiera arrebatado sus fuerzas.Un día de noviembre, al caer la tarde, un hombre al que no conocía se detuvo ante nuestracerca. Yo estaba en el umbral de la casa ocupándome en cortar astillas. Sin empujar la puerta,pero asomando por encima y mirándome, el hombre preguntó si allí vivía mamá Barberin.Le dije que entrara.Empujó la puerta, que chirrió en sus goznes, y avanzó con pasos lentos hacia la casa.Jamás había visto yo un hombre más sucio; placas de barro, unas húmedas todavía, lasotras secas ya, le cubrían de los pies a la cabeza, y mirándole se comprendía que hacíamucho tiempo que andaba por malos caminos.Al oír nuestras voces, mamá Barberin acudió y se encontró frente al hombre justo cuandoél
 
iba a cruzar el umbral.–Traigo noticias de París– dijo.Eran unas sencillas palabras que habían llegado más de una vez a nuestros oídos, pero eltono en que fueron pronunciadas no se parecía en nada al que acompañó antaño esaspalabras: 'Su marido va bien, el trabajo avanza'.– ¡Ay, Dios mío! –gritó mamá Barberin uniendo sus manos–, a Jérôme le ha sucedido unadesgracia.–Pues bien, sí; pero no hay que enfermar de miedo; su hombre se ha herido, ésa es la verdad;pero no ha muerto. Sin embargo, tal vez quede tullido. Por el momento está en el hospital.Y o f u i s u v e c i n o d ecama y, como regresaba al país, me pidió que se lo contara al pasar. No puedo detenermeporque me quedan todavía tres leguas y la noche cae de prisa.Mamá Barberin, que quería saber más cosas, rogó al hombre que se quedara a cenar; loscaminos eran malos; se hablaba de lobos que habían sido vistos en los bosques; se marcharíaa la mañana siguiente.Se sentó junto a la chimenea y, mientras comía, nos contó cómo había sucedido aquelladesgracia; Barberin había sido aplastado a medias por los andamios que se habíanderrumbado y, como se había probado que, al ser herido, no se encontraba en su lugar, elempresario se negaba a pagarle ninguna indemnización.–No tuvo suerte, el pobre Barberin –dijo–, no tuvo suerte; hay bribones que hubieranaprovechado la cosa para conseguir alguna renta, pero su hombre no tendrá nada.Mientras secaba las perneras de sus pantalones, que se hacían rígidas bajo la capa de barroendurecido, repetía la frase: 'No tuvo suerte', con sincera pesadumbre que mostraba que, por su parte, se hubiera dejado tullir de buena gana con la esperanza de ganar así buenas rentas.–Sin embargo –añadió concluyendo su relato–, le he aconsejado que inicie un procesocontra el empresario.–Un proceso cuesta mucho dinero.–Sí, pero cuando se gana.Tía Barberin hubiera querido ir a París, pero un viaje tan largo y tan costoso no era cosafácil.A la mañana siguiente fuimos al pueblo para consultar con el cura. Este no quiso dejarlamarchar sin saber antes si podría ser útil a su marido. Escribió al consiliario del hospital endonde se hallaba Barberin y, algunos días más tarde, recibió una respuesta diciendo que laseñora Barberin no debía ponerse en camino, pero que debía enviar cierta suma de dinero asu marido, porque éste quería entablar un proceso contra el empresario en cuya casa habíasido herido.

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