© Ana Iturgaiz, 2009 2
Vio pasar los tan conocidos edificios del paseo del muelle de Las Arenas. Siguió elcontorno de la costa hasta que apareció.Su casa. Su hogar. Apenas hacía unas horas que lo había abandonado y ya se sentíauna expatriada.La vio alejarse poco a poco. La distancia que la separaba de aquellas paredes se hizomás profunda. Aquellos queridos muros habían consolado sus penas cuando era lainstitutriz de los niños y habían acogido sus alegrías cuando se casó con su dueño. Entreellas abandonaba, para perderse en el olvido, el odio inicial de su cuñada, Catherine, y elcariño de sus sobrinos. Se quedaba allí, vacía por dentro y por fuera, tal y como ella mismase sentía. ¿Durante cuánto tiempo aguantaría en pie, a merced de los rigores del verano, delinvierno, del viento, del agua y del frío, sin nadie que la mantuviera?¿En qué piensas?Sabía que John la obligaba a hablar para que no se perdiera en sus propiospensamientos.Ella le sonrió con cariño. No sabía cómo había podido vivir tantos años sin él. Leacarició la mejilla y le dio un ligero beso en los labios.En que no me explico cómo alguien de pueblo como yo, sin estudios ni futuro,ha podido conseguir todo en la vida.John se rió ilusionado. Pasó el brazo por su cintura y la atrajo hacia él. Ser
todo
paraaquella mujer era, desde luego, lo mejor que le había podido suceder en su vida. Habríaregalado la empresa, los barcos, la casa y todas sus propiedades sólo para estar allí con ella,marchándose juntos hacia cualquier lugar.Porque has tenido la paciencia suficiente como para esperar a que este viejo inútilse diera cuenta de lo que tenía a su lado.Se quedaron en silencio. El barco pasó al lado del contramuelle de Ereaga. En elfaro, no había ningún pescador que les dijera adiós.Un poco más adelante, por encima de la playa de Arrigunaga, apareció el molino.Fue entonces cuando María se olvidó de respirar y se quedó agazapada bajo la proteccióndel abrazo de su esposo. Doblar los acantilados de La Galea acabó con su última esperanza.Se le escapó un sollozo ahogado que acalló en el pecho de su marido.Vamos dentro. John la condujo suavemente hacia la proa. A partir de ahorasólo veremos mar.
* * *
María pasó la mañana en cubierta, a merced del viento y el frío. Al principio, pensóquedarse en el camarote que, tan generosamente, les había cedido el capitán. Le daba apurosalir e invadir los espacios de aquellos hombres. Pero después de una hora sentada sobre laestrecha litera y con la pared a menos de metro y medio de sus ojos, le había sido imposiblepermanecer encerrada por más tiempo. Así pues, había hurgado en el baúl de suspertenencias hasta encontrar lo que buscaba y había salido al exterior.Llevaba en la mano “
Mucho ruido y pocas nueces
”. Una buena comedia de Shakespearesería lo mejor para entretener su mente en algo más que no fuera lo que habíanabandonado tras ellos.En una esquina, debajo de unas escaleras, encontró un par de sillas destartaladas.Aquél sería tan buen sitio como cualquiera. Se acomodó al sol y tan lejos de la borda comopudo. No era que le diera miedo navegar. Por lo que había visto, era una buena marinera, nisiquiera se había mareado a pesar de ser la primera vez que montaba en un barco. Sinembargo flotar sobre el agua, aunque fuera sobre aquella maciza mole de hierro, no leresultaba muy seguro.No supo el tiempo que llevaba leyendo cuando escuchó un carraspeo a su espalda.¿Puedo?
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