• Embed Doc
  • Readcast
  • Collections
  • CommentGo Back
Download
 
 
© Ana Iturgaiz, 2009 1
Después del futuro
Aquél era, sin duda, uno de los peores días de su vida.María, apoyada en la borda del mercante en el que se marchaba, se esforzaba porfijar en su recuerdo las imágenes, sensaciones y pensamientos que la invadían en aquelmomento.Sabía que no volvería. A partir de ahora, nada sería igual. Atrás quedaba una partede su vida, la más alegre, la más feliz. Se alejaba de ella como la estela que dejaba el barco asu paso por las aguas de la ría.Se estremeció. Hacía frío. Miró hacia el cielo. Apenas había amanecido y aquelmayo no venía cálido. Cerró el cuello de su chaquetón de paño y lo sujetó con una mano.
Tenía que haber hecho caso a John y haberme puesto un pañuelo
, pensó, pero no hizo amago demoverse.Acababan de partir desde los muelles que la “Naviera Chawton” tenía en Erandio.Iban camino de Inglaterra, la patria de su marido, huyendo de la guerra. De aquellacontienda absurda que se había iniciado para la exaltación de unos pocos y la destruccióndel resto. No hacía ni cuatro días que había salido de Bermeo un barco lleno de niñoscamino del exilio.Acalló los aciagos pensamientos. No quería correr el riesgo de desbordarse pordentro. Se había prometido que no se lo pondría a su marido más difícil de lo que ya era. Seobligó a centrarse en el ajetreo que veía a su alrededor.A pesar de la temprana hora, la ría estaba llena de vida. Gabarras de distintostamaños, repletas de materiales, remontaban y descendían por sus aguas. Se esforzó pordistinguir lo que trasportaban. La mayoría acarreaba pesados montones de carbón endirección a Bilbao. Recorrió con sus ávidos ojos las figuras de los pescadores que instalabansus aparejos, dispuestos a llenar aquel día los estómagos de su familia; a los obreros que,camino de sus trabajos, cruzaban de uno a otro margen y a los marineros que, como ellos,embarcaban en sus propias naves hacia destinos desconocidos.Cuando apareció ante su vista el Ayuntamiento de Portugalete, se echó a temblar.Ya se estaban marchando. Dentro de nada vería la casa en la que había pasado los últimostreinta y cinco años de su vida. Intentó controlar la congoja que le atenazaba la garganta.No quería dar rienda suelta a las lágrimas. Sabía que si lo hacía, no podría parar de llorar.
¡Que no suba ahora! ¡Que no sea éste su último recuerdo! 
, pensó cuando la figura de sumarido le vino a la mente. Quería evitarle lo que ella no eludía para sí misma.A la altura del Puente Colgante, como si le hubiera leído el pensamiento, Johnapareció a su lado.Estabas aquí. ¿Por qué no entras? Contempló junto a ella lo que les rodeaba . Cariño, esto no nos hará ningún bien.Quiero verlo. Quiero verlo todo por última vez.Mujer, esto no tiene por qué ser una despedida. Cuando esta absurda guerratermine, volveremos. Te lo prometo.María lo miró incrédula. Quería confiar en que aquellas palabras fuesen verdad. Sinembargo algo le decía que aquel anhelo nunca se haría realidad. Las cosas no siempre soncomo uno desea.Respiró hondo. Necesitaba serenarse antes de enfrentarse con la última imagen.A su derecha, apareció Santurce. Y el Serantes. Justo enfrente del monte, al otrolado de la desembocadura de la ría, estaba su hogar. Se obligó a volver la cabeza.
 
 
© Ana Iturgaiz, 2009 2
Vio pasar los tan conocidos edificios del paseo del muelle de Las Arenas. Siguió elcontorno de la costa hasta que apareció.Su casa. Su hogar. Apenas hacía unas horas que lo había abandonado y ya se sentíauna expatriada.La vio alejarse poco a poco. La distancia que la separaba de aquellas paredes se hizomás profunda. Aquellos queridos muros habían consolado sus penas cuando era lainstitutriz de los niños y habían acogido sus alegrías cuando se casó con su dueño. Entreellas abandonaba, para perderse en el olvido, el odio inicial de su cuñada, Catherine, y elcariño de sus sobrinos. Se quedaba allí, vacía por dentro y por fuera, tal y como ella mismase sentía. ¿Durante cuánto tiempo aguantaría en pie, a merced de los rigores del verano, delinvierno, del viento, del agua y del frío, sin nadie que la mantuviera?¿En qué piensas?Sabía que John la obligaba a hablar para que no se perdiera en sus propiospensamientos.Ella le sonrió con cariño. No sabía cómo había podido vivir tantos años sin él. Leacarició la mejilla y le dio un ligero beso en los labios.En que no me explico cómo alguien de pueblo como yo, sin estudios ni futuro,ha podido conseguir todo en la vida.John se rió ilusionado. Pasó el brazo por su cintura y la atrajo hacia él. Ser
todo
paraaquella mujer era, desde luego, lo mejor que le había podido suceder en su vida. Habríaregalado la empresa, los barcos, la casa y todas sus propiedades sólo para estar allí con ella,marchándose juntos hacia cualquier lugar.Porque has tenido la paciencia suficiente como para esperar a que este viejo inútilse diera cuenta de lo que tenía a su lado.Se quedaron en silencio. El barco pasó al lado del contramuelle de Ereaga. En elfaro, no había ningún pescador que les dijera adiós.Un poco más adelante, por encima de la playa de Arrigunaga, apareció el molino.Fue entonces cuando María se olvidó de respirar y se quedó agazapada bajo la proteccióndel abrazo de su esposo. Doblar los acantilados de La Galea acabó con su última esperanza.Se le escapó un sollozo ahogado que acalló en el pecho de su marido.Vamos dentro. John la condujo suavemente hacia la proa. A partir de ahorasólo veremos mar.
* * *
María pasó la mañana en cubierta, a merced del viento y el frío. Al principio, pensóquedarse en el camarote que, tan generosamente, les había cedido el capitán. Le daba apurosalir e invadir los espacios de aquellos hombres. Pero después de una hora sentada sobre laestrecha litera y con la pared a menos de metro y medio de sus ojos, le había sido imposiblepermanecer encerrada por más tiempo. Así pues, había hurgado en el baúl de suspertenencias hasta encontrar lo que buscaba y había salido al exterior.Llevaba en la mano “
Mucho ruido y pocas nueces 
”. Una buena comedia de Shakespearesería lo mejor para entretener su mente en algo más que no fuera lo que habíanabandonado tras ellos.En una esquina, debajo de unas escaleras, encontró un par de sillas destartaladas.Aquél sería tan buen sitio como cualquiera. Se acomodó al sol y tan lejos de la borda comopudo. No era que le diera miedo navegar. Por lo que había visto, era una buena marinera, nisiquiera se había mareado a pesar de ser la primera vez que montaba en un barco. Sinembargo flotar sobre el agua, aunque fuera sobre aquella maciza mole de hierro, no leresultaba muy seguro.No supo el tiempo que llevaba leyendo cuando escuchó un carraspeo a su espalda.¿Puedo?
 
 
© Ana Iturgaiz, 2009 3
Levantó la cabeza y se encontró con uno de los pilotos; uno de los le habíanpresentado aquella mañana, nada más subir a la nave. Recordó haber pensado que erademasiado joven para ser uno de los oficiales.Perdón María se levantó apresurada, ¿le interrumpo el paso?El chico se echó a reír.Me refería a que si puedo sentarme a su lado aclaró el chico señalando la otrasilla.Por supuesto.El joven se acomodó en el asiento libre y María observó por el rabillo del ojo cómosacaba una novela y se disponía a leer.Ambos se perdieron en sus propios argumentos.El sol ya estaba alto cuando María decidió dar un descanso a sus ojos. Últimamentele dolían después de un rato de tenerlos fijos en un punto.
Es la edad 
, le había dicho John laúltima vez que lo había comentado en alto. Era cierto. Hacía ya tiempo que había cumplidolos sesenta.Se levantó y se acercó hasta la borda. Su mirada se perdió en el horizonte. Nuncahabía visto nada como aquello. La inmensidad de aquel océano la hizo estremecerse.
Kilómetros y kilómetros de agua por delante mientras uno sólo espera que aparezca un trocito de tierra.
 Es la primera vez que sale a la mar afirmó su compañero que la había seguido.María asintió. No se angustie, llegaremos antes de que se dé cuenta. Mañana a estashoras podremos ver aparecer la costa de Inglaterra.María descubrió un brillo especial en la cara del piloto.Usted es de Bilbao, ¿verdad?Sí, señora.Parece que se alegra de que lleguemos.Él se ruborizó y María constató que su suposición era cierta.Bueno, hay cierta persona a la que me alegraré de ver añadió con timidez.A su novia.La sonrisa del joven se ensanchó.Si ella me sigue esperando... comentó ilusionado.Estoy segura de ello. ¿Es inglesa?Vive en Portsmouth. Tiene veinte años y estudia para maestra.No podrán pasar mucho tiempo juntos. ¿Cada cuanto tiempo la ve?¿Desde cuándo era ella tan cotilla? Se veía a las claras que el chico estaba deseandocontárselo a alguien y a ella le vendría bien imbuirse en los problemas ajenos para olvidarlos propios.Más o menos una semana cada dos meses. Esa es la ruta que hace este barco. Hesolicitado el cambio a una de las naves que unen Inglaterra con Francia. Los viajes sonmucho más cortos. Pero no ha habido suerte, así que, por el momento, habrá que seguircomo hasta ahora. Sólo espero que no tengamos problemas para continuar haciendo estetrayecto. La guerra, ya sabe.Las palabras del joven la hicieron rememorar la angustia por lo que había dejadoatrás.Cuando se venga a Inglaterra, ¿no le dará pena renunciar a su casa y su familia?Él la miró sorprendido.A la casa no, al fin y al cabo no son más que paredes cubiertas de cosas que unopuede volver a levantar en otro sitio. La familia es otra cosa. A veces, resulta duro noverlos. Cuando eso sucede, me conforta pensar que he podido disfrutar de su compañía,calor y cariño todos estos años. Fijó los ojos en el agua. Pero mi hogar estará allídonde yo sea feliz. Y yo soy feliz en Portsmouth constató con una amplia sonrisa.
of 00

Leave a Comment

You must be to leave a comment.
Submit
Characters: ...
You must be to leave a comment.
Submit
Characters: ...