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El alimento de los mirmidones
a Thelma y Louise
No hay millones de hormigas, hay millones deseres muy diferentes, pero la diferencia es tansutil que nosotros los vemos como iguales.
Jorge Luis Borges
P
ara comenzar, debo reconocer que no soy muy amigode esas mesas de trabajo y sus torturantes discusiones
pedagógicas, ecazmente diseñadas para estimular el odio hacia
la lectura. No soy, ni de lejos, de esos que, sacudiéndose las ma-nos en el pantalón, observa contento a su alrededor, sudoroso ysatisfecho por la labor concluida. No creo que sea un mal tipo,pero no me conmueven con facilidad las gestas colectivas ni loshimnos fraternales.Por eso es que no entendía por qué me había escogido pre-cisamente a mí esa voz que, de pronto, le dio por atormentarmecon una perorata de “mira esta tarde tan bonita, ¿no crees que sepuede malgastar en algo mejor que escuchar los mismos chistes,tomándote las mismas cervezas, en la misma esquina?”.
 
Con un mismo invariable tonito aleccionador, la voz in-terrumpía una y otra vez la conversación que sostenía con miscómplices de vagancias sabatinas. ¿A mí, que estaba convencidode que soportar a los adolescentes durante veinte horas de cada
 
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semana era suciente razón para optar a una nube privada en el
cielo de los justos?Pero a alguna frágil neurona sobornó la muy miserableque, no sé cómo, logró convencerme de que asistir a una reuniónpara rescatar el interés por la lectura en los adolescentes podríadevenir en algo interesante. Al menos concluí para contem-porizar con la intrusa, echaría un vistazo por las inadvertidasventanas que había más allá de los pasillos de mis rutinas.Fue así como, haciendo uso de mi escasa fuerza de volun-tad, huí de la licorería y de la promesa de que
éste no te lo sabes
,
excusándome con rmeza y poniéndome en marcha.
La vida, sin duda alguna, nos trata como juguetes.Sintiendo la furia del sol sobre mi espalda, camino a laparada, estuve a punto de arrepentirme de esa inusual determi-nación de encerrarme con aburridos maestros y especialistas enpromoción de lectura toda una tarde de sábado. Tanto, que lleguéa recordar que la quinta cerveza solía proporcionarle a nuestrosmanoseados chistes una perspectiva inédita.
Y esa certeza se seguía aanzando en la medida en que la
alternativa era estar de pie en medio de la calle, bajo un belicososol que chispeaba con rabia, esperando un microbús que segurovendría repleto de gente para iniciar un recorrido que, aunque nolargo, era sí odiosamente accidentado.Luego de sufrir esa masa gelatinosa llamada tiempo mover 
pesadamente el reloj durante algo más de media hora, llegó al n
el microbús. Sólo por contradecirme, no parecía tanta la gentedecidida a hacer mi misma ruta de esa tarde de sábado. Al menos,no a esa hora.Sin embargo, no sé de dónde salieron tantas personasque, en cuanto se detuvo el colectivo, se aglomeraron frente ala puerta delantera. Me disponía a colocarme en mi resignado
último lugar de la caótica la, cuando vi a una chica caminar 

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