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semana era suciente razón para optar a una nube privada en el
cielo de los justos?Pero a alguna frágil neurona sobornó la muy miserableque, no sé cómo, logró convencerme de que asistir a una reuniónpara rescatar el interés por la lectura en los adolescentes podríadevenir en algo interesante. Al menos concluí para contem-porizar con la intrusa, echaría un vistazo por las inadvertidasventanas que había más allá de los pasillos de mis rutinas.Fue así como, haciendo uso de mi escasa fuerza de volun-tad, huí de la licorería y de la promesa de que
éste no te lo sabes
,
excusándome con rmeza y poniéndome en marcha.
La vida, sin duda alguna, nos trata como juguetes.Sintiendo la furia del sol sobre mi espalda, camino a laparada, estuve a punto de arrepentirme de esa inusual determi-nación de encerrarme con aburridos maestros y especialistas enpromoción de lectura toda una tarde de sábado. Tanto, que lleguéa recordar que la quinta cerveza solía proporcionarle a nuestrosmanoseados chistes una perspectiva inédita.
Y esa certeza se seguía aanzando en la medida en que la
alternativa era estar de pie en medio de la calle, bajo un belicososol que chispeaba con rabia, esperando un microbús que segurovendría repleto de gente para iniciar un recorrido que, aunque nolargo, era sí odiosamente accidentado.Luego de sufrir esa masa gelatinosa llamada tiempo mover
pesadamente el reloj durante algo más de media hora, llegó al n
el microbús. Sólo por contradecirme, no parecía tanta la gentedecidida a hacer mi misma ruta de esa tarde de sábado. Al menos,no a esa hora.Sin embargo, no sé de dónde salieron tantas personasque, en cuanto se detuvo el colectivo, se aglomeraron frente ala puerta delantera. Me disponía a colocarme en mi resignado
último lugar de la caótica la, cuando vi a una chica caminar
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