De aquella época universitaria, puedo recordar que era un chico confuso.Mi primer año lejos de mi familia, de mis amigos, viviendo solo en laresidencia. Estaba allí gracias a una beca deportiva, pues comencé mi carreraen la natación de adolescente y, gracias a mis habilidades y rapidez en el agua,pronto recibí toda clase de subvenciones. Pese a tener más fácil el aprobar,me tomé muy en serio mis estudios de Informática, pues ignoraba lo que lanatación me depararía: una lesión, pocas oportunidades, el hacerme adulto.La mayor parte del tiempo la tenía que dedicar al entrenamiento con otrosbecados. Aun así, fui sacando bastante bien las asignaturas de aquel primercurso.Hice amigos, por supuesto; incluso obtuve popularidad (especialmenteentre las chicas) al ganar varios certámenes de natación, lo cual prolongaríami beca, algo que ayudó a mis padres, ya que, de otra forma, no se hubieranpodido permitir enviarme a una universidad tan lejana. Yo solía trabajardurante los veranos desde los dieciséis años, aunque mis padres siempre meobligaban a guardarlo para mis gastos, sacarme el carné de conducir o gastarloen irme de viaje con mis amigos. Toda su vida trabajaron duro para ayudarmea mí y a mi hermano pequeño. Especialmente, se esforzaron por permitirmecompetir en lo que más me gustaba: nadar. En lo único en lo que yo me sentíaespecial.Mi afición era tocar la guitarra española y sabía componer un poco deforma autodidacta. Cantaba bastante bien, modestia aparte, pese a que ello tansólo era eso, un simple
hobby
que, además, gustaba mucho a las chicas.De mí decían que era muy guapo y atlético, aunque yo no lo pretendiera.Muchas mujeres me iban detrás, pero yo pasaba de todas. Por aquel entonces,aún no me daba demasiada cuenta de mi creciente confusión. Lo achacabatodo a que era más maduro que otros chicos de mi edad y que mis metas en lavida eran otras más importantes que las de echar un polvo con chicas guapas.En mi adolescencia nunca tuve relaciones amorosas, más allá de un beso en ladiscoteca de la playa. Cuando una chica se me insinuaba, no me acostaba conella, puesto que no sentía ningún impulso especial, aunque a mis amigos lescontaba mentiras sobre el tema para que no me consideraran raro.En la recta final del primer año de universidad, conocí a la que seríadurante unos meses mi novia: Sabrina. También competía en natación, asíque teníamos algo en común. Supongo que, de algún modo, comencé asentirme presionado por mis nuevas amistades, porque afirmaban que el queun chico «tan atractivo» no saliera con una chica guapa, simpática, deportista y lista, no era normal. Y yo deseaba ser «normal», como cualquier hombre de miedad. Al estar con ella me reía, hablábamos de nuestros sueños de ir a unosJuegos Olímpicos o a un mundial. La primera vez que me acosté con ella lesorprendió que todavía fuera virgen, e intenté hacerla feliz. El problema fue
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