que somos casi diplomados, que nos faltan unos pocos días o quizás meses paraobtener un diploma por el que tanto hemos luchado. Por eso hoy estamos deenhorabuena, porque hoy vamos a hacer realidad lo que esperábamos conseguir desde el día que decidimos matricularnos en esta carrera de nombre difícilmentepronunciable: Biblioteconomía y Documentación.Y eso me lleva a contarles una pequeña historia, una historia quecomienza en el año 1999 cuando cerca de 60 estudiantes llegados de muchoslugares distintos, de orígenes quizás diferentes, decidieron embarcarse en unproyecto común. Porque todos aquellos jóvenes decidieron que lo suyo era elmundo de la información, en cualquiera de las variantes posibles. Y para ello sematricularon en una facultad cuyo nombre despistaba, pero que albergaba en suinterior a gente que compartía con ellos un mismo plan de estudios. Hoy nisiquiera podríamos decir eso, porque desde este año se ha puesto en marcha unnuevo plan que promete ser mejor que el anterior, subsanando las carencias queel primero apuntaba. Esperemos que no ocurra lo que anunció Fellini, que “aveces algo tiene que cambiar para que todo siga igual”.Aquellos jóvenes se unieron en pequeños grupos, cuyos miembros conligeras variaciones, se han mantenido fieles hasta el final. Una lástima que aalgunos de nosotros nos hayamos conocido al final de nuestro recorrido.Después de aquel primer año llegó el segundo. Apenas sí se notaba ladiferencia. Bueno, habíamos cambiado de clase y las asignaturas e incluso losprofesores eran distintos, pero lo cierto es que en el aire se respiraba unambiente de continuidad que a veces se antojaba insoportable.El curso 2001-2002 fue distinto. Para algunos, teníamos ya cara dealumnos de tercero, quizás porque habíamos asumido que nos marchábamos,que esto se acababa sin que hubiéramos tenido demasiado tiempo para disfrutar de la vida universitaria Aquel curso será siempre de fácil recuerdo para los queejercíamos (y todavía ejercemos) de alumnos universitarios. No eran los años 60en los que ser rebeldes era casi una obligación necesaria, pero dimos muestrasde que el espíritu del 68, quizás porque lo habíamos heredado de los genes denuestros padres, seguía intacto, o casi. Aquel año salimos a la calle a protestar:lo hicimos por muchos motivos, pero la LOU, la tan famosa y manida LOU nosunió a todos los universitarios de España. Por encima de portales y de redes quepretenden unirnos virtualmente, un sentimiento de rechazo ante una políticaquizás mal explicada o mal interpretada, nos obligó a dar nuestra opinión. En la
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