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misoginia

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1Título: Cristina de Pizán y la sinrazón de la misoginiaAutor: Jesús Adrián EscuderoInstitución: Departamento de Filosofía Facultad de Letras Universidad Autónoma de Barcelona
jesus.adrian@uab.esPublicado en:
Diálogo Filosófico
59
(2004), pp. 27
5-
2
9
4.
Resumen:
¿Cómo abordar el fenómeno de la misoginia? ¿Cómo pueden las mujeresconquistar un espacio de autonomía? Dos focos de un mismo problema, pero que re
-
quieren estrategias diferenciadas. En el primer caso es necesario emprender un mo
-v
imiento de destrucción de las fantasías masculinas, de someter a re
v
isión crítica losprejuicios androcéntricos; en el segundo caso es preciso ofrecer una salida construct i
-v
a, reincorporar a las mujeres al mundo del trabajo, de la política y de la cultura. Eneste contexto de lucha por el reconocimiento, Cristina de Pizán se sir 
v
e de dos armas:el control del cuerpo femenino a tra
v
és del ejercicio de la castidad como forma de ac
-
ceder a la sabiduría y la fuerza del discurso capaz de conformar performati
v
amenteuna identidad flexible, abierta y en constante proceso de transformación.
Palabras clave:
autonomía, cuerpo, escritura, identidad, lectura, misoginia,Sub
v
ersión.
«A todas vosotras, mujeres de alta, media y baja condición, que nunca osfalte conciencia y lucidez para po der defender vuestro honor contra vues- tros enemigos. Veréis cómo los hombres os acusan de los peores defec- tos, ¡quitadles las máscaras, que nuestras brillantes cualidades demues- tren la falsedad de sus ataques! (« ) Huid, queridas amigas, huid de loslabios y sonrisas que esconden envenenados dardos que luego os han dedoler. Alegraos apurando gustosamente el saber y cultivad vuestros mér i- tos».Cristina de Pizán, La Ciudad de las Damas III, 29.
Cristina de Pizán y la sinrazón de la misoginia
Jesús Adrián Escudero
U
ni
v
ersidad Autònoma de BarcelonaLa misoginia. He ahí el enemigo. He ahí el monstruo a combatir por Cristina de Pizán;una mujer que sólo dispone del dardo de la palabra para neutralizar el caudal de in
v
ec
-
ti
v
as lanzadas por autores medie
v
ales de la talla de Andrés el Capellán, Jean de Meuno Gio
v
anni Boccaccio contra la maliciosa psicología de las mujeres, para contrarrestar la batería de reflexiones en torno a su debilidad corporal, a su pobreza espiritual y a suescasa catadura moral. La misoginia es una realidad física, psicológica y simbólica. Nosólo disfraza malos tratos y da pábulo a humillaciones degradantes, sino que legitima
-
es más, institucionaliza
-
esas prácticas desde un sistema de pensamiento androcéntri
-
co. Todo un régimen de discursos de di
v
ersa índole que no sólo se conforma con d o
-
minar el cuerpo de las mujeres, sino que extiende sus poderosos tentáculos hasta laszonas más íntimas de su ser.Así, pues, ¿qué hacer ante los excesos de una sociedad europea que juzga con indul
-
gencia esa forma abyecta y deleznable del pensar masculino? ¿Cómo conquistar unespacio de autonomía femenina? Henos antes dos preguntas fundamentales que
v
ana cambiar el curso de la
v
ida de Cristina de Pizán (1364
-
1430). La respuesta a la pri
-
mera pregunta lle
v
a a la autora de
L
a Ciudad de las Damas
(140
5
) a una réplica con
-
 
tundente, a una denuncia sin ambages de la miopía de aquellos hombres que ofrecenuna
v
isión de las mujeres que no tiene nada que
v
er con la realidad histórica.Por ello, no es de extrañar que esa denuncia se extendiera entre las mujeres de suépoca y que acabara con
v
irtiéndose en el modelo de protesta para las futuras genera
-
ciones de mujeres (como, por ejemplo, Mary Wollstonecraft, Olympe de Gouges, Virgi
-
nia Woolf o Simone de Beau
v
ior). Su respuesta al segundo interrogante resulta tre
-
mendamente original: rei
v
indicar el papel de las mujeres en el mundo del trabajo, de lapolítica y de la cultura haciendo frente a los prejuicios de su tiempo. La conciencia desí misma como mujer pasa por la conciencia de su papel en la sociedad.Nos encontramos ante un yo crítico, forjado en los debates con escritores de su épocay que no se arruga ante la autoridad de los clásicos.
U
n yo que encuentra en la lecturay en la escritura, en el trabajo y en la castidad una técnica, una herramienta que lepermite ir forjando una identidad sólida a la
v
ez que abierta y en constante proceso derealización.
U
n yo que construye un espacio narrati
v
o en el que deposita sus expe
-
riencias y sus expectati
v
as, en el que se plasman sus
v
i
v
encias y sus recuerdos.De esta manera,
L
a Ciudad de las Damas
se con
v
ierte quizás en la primera utopíarenacentista, antes de que Moro, Campanella o Bacon
v
ieran la necesidad de pensar en unos modelos de sociedad alternati
v
os a los existentes en la Europa de su época.Ahora bien, ¿cómo surge la idea de le
v
antar una ciudad que dé cobijo a todas aquellasmujeres foco de la ira masculina? ¿Cómo se estructura esa ciudad ideal? ¿Quiénesdirigen la construcción de la misma? Y, finalmente, ¿quién la habita ? El libro arrancacon Cristina sentada en su estudio, con los ojos llenos de lágrimas y hundida por loshorribles pensamientos que muchos hombres eruditos
v
ierten sobre la naturaleza de lamujer.En ese instante se le aparecen milagrosamente tres damas elegantemente ata
v
iadas ±Razón, Rectitud y Justicia± que se apiadan de ella y que le anuncian la construcciónde una ciudad1. A partir de ese momento, se entabla un diálogo con cada de una deestas tres damas celestiales en el que se plantea cuál es el
v
erda dero estatuto de lasmujeres, se sopesan sus diferentes contribuciones a la sociedad y, sobre todo, sebuscan las razones de por qué con tanta frecuencia han pasado desapercibidas. Aquíes donde Cristina introduce y rebate con suma elegancia el discurso misógino. ¿Cómocontrarrestar ese discurso? ¿Cómo combatir a ese monstruo? Con mortero y tinta, conel cuerpo y la escritura.A partir de este planteamiento, el presente artículo se di
v
ide en tres partes. (I) En laprimera se ofrece una panorámica de las pri ncipales fuentes misóginas que alimentanel discurso masculino al que Cristina de Pizán tiene que hacer frente.
U
na
v
ez esbo
-
zado el perfil multiforme y la genealogía polimorfa de la misoginia, se trata de desarr o
-
llar una serie de estrategias que permitan a las mujeres sacudirse el yugo andorcéntri
-
co, al mismo tiempo que se les brinda un conjunto de herramientas encaminadas agarantizar su libertad de acción y de pensamiento. Aquí entra en escena la rei
v
indica
-
ción del cuerpo femenino y la defensa del espacio de la lectura y de la escritura. (II)Así, en la segunda parte se analizan las posibilidades que ofrece un cuerpo femeninocasto como símbolo de fortaleza y de gobierno de sí mismo.La castidad no se in
v
oca tanto por moti
v
os de pureza moral como por un acto de re
-
nuncia
v
oluntaria al placer corporal que facilita el acceso a una forma ele
v
edad de s a
-
biduría y de autodominio.(III) Y en la tercera parte se sopesa la fuerza que la autora concede a la palabra escri
-
ta, a la capacidad del discurso de forjar un yo narrati
v
o alternati
v
o al ideal de soberan
-
ía masculina que impera en amplias franjas de la cultura occidental.
 
I.
Las fuentes de la misoginia
1.
 
L
as fuentes bíblicas
.
 
En Occidente, ningún libro ha tenido tanta influencia sobre lahistoria de las ideas como la Biblia, punto de referencia obligado e inexcusable paracasi todos los aspectos de la
v
ida cotidiana y manantial inagotable de autoridad doctr i
-
nal, moral y especulati
v
a. Desde la expulsión del Paraíso pro
v
ocada por E
v
a, la hist o
-
ria de las mujeres de Salomón, el relato de Sansón y Dadila hasta la actitud paulinafrente a los deberes de la buena esposa y de sus obligaciones matrimoniales son mu
-
chos y di
v
ersos los comentarios que insisten en la naturaleza perniciosa de las muje
-
res3. Sir 
v
a como botón de muestra este despiado retrato de la mujer del Antiguo Tes
-
tamento:«No hay
v
eneno como
v
eneno de mujer,/ ni furia como furia de enemigo./ Prefierocon
v
i
v
ir con león o dragón/ a con
v
i
v
ir con mujer mala./ (...) Toda malicia es poca juntoa la malicia de mujer,/ ¡que la suerte del pecador caiga sobre ella!/ Cuesta arenosabajo los pies de un
v
iejo,/ así es la mujer habladora para un marido pacífico./ No tedejes lle
v
ar por belleza de mujer,/ por mujer no te apasiones./ Blanco de ira, de des
-
honra y gran
v
ergüenza,/ eso es la mujer que mantiene a su marido./ Corazón abatido,rostro sombrío,/ herida del corazón, eso es la mujer mala./ Por la mujer fue el comien
-
zo del pecado,/ y por causa de ella morimos todos»4. Las interpretaciones de Agustín (3
5
4
-
430) que estigmatizan la figura de E
v
a, lostratados de Cipriano de Cartago (200?
-
2
58
), de Gregorio de Niza (33
5-
3
95
) o de SanJerónimo (¿342?
-
420) sobre la
v
irginidad y la teología de Tomás de Aquino (122
5 -
1274) ele
v
an esta
v
isión misógina de la mujer al ni
v
el de u n dogma irre
v
ocable para elcristianismo medie
v
al
5
.Textos como el citado no sólo fomentaron la misoginia medie
v
al entre la poblaciónrural y urbana, sino que también incenti
v
aron la misogamia. La obsesión de la Iglesiapor la cuestión del celibato del clero frente a la práctica extendida del concubinato lle
v
aa las órdenes monásticas a fomentar una actitud de a
v
ersión entre los hombres jó
v
e
-
nes ante el matrimonio. Desde principios del siglo XI hasta la mitad del XII, la preocu
-
pación por el celibato da pie a unos textos más misógamos que misóginos en los quese representan con ironía y sarcasmo las des
v
entajas (
molestiae
) del matrimonio, sedenuncian las artes femeninas de seducción o se ilustran profusamente los males quetrae consigo la compañía de las mujeres: desde la ruina económica y el escarniopúblico hasta la degradación moral, la enfermedad y, llegado el caso, la muerte.El florecimiento de la
v
ida monástica (iniciada en los albores del siglo X en Cluny, muypresente en el Císter de la primera mitad del siglo XII y finalmente impulsada por lareforma del papa Gregorio VII en la segunda mitad del sigloXI) da pie a un tipo de lit e
-
ratura (
contempus mundi 
) que fomenta la austeridad primiti
v
a y la separación delmundo. Obras como el
De vita monachorum
de Roger de Caen, el
Disciplina clericalis
de Pedro Alfonso o el
De muliere mala
del obispo Marbordo de Rennes
-
fieles al men
-
saje paulino y a la doctrina patrística en cuestiones relacionadas con el otro sexo
-
ad
-v
ierten a los clérigos de los peligros del l ujo y de la molicie, de la codicia y de la ambi
-
ción, de los pecados de la carne y de la lujuriaEn el marco de esta búsqueda de espiritualidad se entabla una batalla a muerte con lamujer en la que toman parte obispos, canónigos, monjes y teólogos de diferente pela
-
je. Sin embargo, el trasfondo de esta batalla es mucho más prosaico: por un lado, setrata de liberar a la institución eclesiástica del brazo secular que se había apoderadode los diezmos, de los santuarios parroquiales y de la designación de los curas; y, por otro lado, hay que poner coto a las costumbres del clero, modelar la
v
ida de los laicosy recuperar el control social. A tal efecto se instituye el matrimonio monogámico, indi
-
soluble y sacramental en un intento de recuperar parcelas de poder perdidas.

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" Los hombres fueron los que inventaron la virginidad, no las mujeres " W. Faulkner ¿Qué opinas?

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