ritu, donde discierne el bien y el mal
(cf.
Hb
4, 12)
yfortalece la voluntad de seguir al Señor.La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de be-ber»
(
Jn
4, 7)
, que se lee en la liturgia del tercer do-mingo, expresa la pasión de Dios por todo hombrey quiere suscitar en nuestro corazón el deseo deldon del «agua que brota para vida eterna»
(v. 14)
: esel don del Espíritu Santo, que hace de los cristia-nos «adoradores verdaderos» capaces de orar alPadre «en espíritu y en verdad»
(v. 23)
. ¡Sólo estaagua puede apagar nuestra sed de bien, de verdady de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo,irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha,«hasta que descanse en Dios», según las célebrespalabras de san Agustín.El domingo del ciego de nacimiento presenta aCristo como luz del mundo. El Evangelio nos inter-pela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijodel hombre?». «Creo, Señor»
(
Jn
9, 35.38)
, afirma conalegría el ciego de nacimiento, dando voz a todocreyente. El milagro de la curación es el signo deque Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestramirada interior, para que nuestra fe sea cada vezmás profunda y podamos reconocer en él a nues-tro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridadesde la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de laluz».Cuando, en el quinto domingo, se proclama la re-surrección de Lázaro, nos encontramos frente almisterio último de nuestra existencia: «Yo soy laresurrección y la vida... ¿Crees esto?»
(
Jn
11, 25-26)
.Para la comunidad cristiana es el momento de vol-ver a poner con sinceridad, junto con Marta, todala esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yocreo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el queiba a venir al mundo»
(v. 27)
. La comunión con Cris-to en esta vida nos prepara a cruzar la frontera dela muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resu-rrección de los muertos y la esperanza en la vidaeterna abren nuestra mirada al sentido último denuestra existencia: Dios ha creado al hombre parala resurrección y para la vida, y esta verdad da ladimensión auténtica y definitiva a la historia de loshombres, a su existencia personal y a su vida so-cial, a la cultura, a la política, a la economía. Priva-do de la luz de la fe todo el universo acaba ence-rrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin espe-ranza.El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimientoen el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigi-lia de la Noche Santa: al renovar las promesas bau-tismales, reafirmamos que Cristo es el Señor denuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuan-do renacimos «del agua y del Espíritu Santo», yconfirmamos de nuevo nuestro firme compromisode corresponder a la acción de la Gracia para sersus discípulos.
3.
Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrec-ción de Cristo mediante el sacramento del Bautis-mo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazóndel peso de las cosas materiales, de un vínculoegoísta con la «tierra», que nos empobrece y nosimpide estar disponibles y abiertos a Dios y al pró-jimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor
(cf.
1 Jn
4, 7-10)
. La Cruz de Cristo, la «palabra de laCruz» manifiesta el poder salvífico de Dios
(cf.
1 Co
1, 18)
, que se da para levantar al hombre y traerle lasalvación: amor en su forma más radical
5
. Mediantelas prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y laoración, expresiones del compromiso de conver-sión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vezmás radical el amor de Cristo. El
ayuno
, que puedetener distintas motivaciones, adquiere para el cris-tiano un significado profundamente religioso:haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos asuperar el egoísmo para vivir en la lógica del don ydel amor; soportando la privación de alguna cosa -y no sólo de lo superfluo- aprendemos a apartar lamirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien anuestro lado y reconocer a Dios en los rostros detantos de nuestros hermanos. Para el cristiano elayuno no tiene nada de intimista, sino que abremayormente a Dios y a las necesidades de loshombres, y hace que el amor a Dios sea tambiénamor al prójimo
(cf.
Mc
12, 31)
.En nuestro camino también nos encontramos antela tentación del tener, de la avidez de dinero, queinsidia el primado de Dios en nuestra vida. El afánde poseer provoca violencia, prevaricación y muer-te; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempocuaresmal, recuerda la práctica de la
limosna
, esdecir, la capacidad de compartir. La idolatría de losbienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino quedespoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lodefrauda sin realizar lo que promete, porque sitúalas cosas materiales en el lugar de Dios, únicafuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondadpaterna de Dios si el corazón está lleno de unomismo y de los propios proyectos, con los cualesnos hacemos ilusiones de que podemos asegurarel futuro? La tentación es pensar, como el rico dela parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reser-va para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio!Esta misma noche te reclamarán el alma”»
(
Lc
12, 19-20)
. La práctica de la limosna nos recuerda el pri-mado de Dios y la atención hacia los demás, pararedescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su mi-sericordia.En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrececon particular abundancia la Palabra de Dios. Me-ditándola e interiorizándola para vivirla diariamen-te, aprendemos una forma preciosa e insustituiblede
oración
, porque la escucha atenta de Dios, quesigue hablando a nuestro corazón, alimenta el ca-mino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. Laoración nos permite también adquirir una nuevaconcepción del tiempo: de hecho, sin la perspecti-va de la eternidad y de la trascendencia, simple-mente marca nuestros pasos hacia un horizonteque no tiene futuro. En la oración encontramos, encambio, tiempo para Dios, para conocer que «suspalabras no pasarán»
(cf.
Mc
13, 31)
, para entrar en laíntima comunión con él que «nadie podrá quitar-
5
Cf. Enc.
Deus caritas est
, 12.
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