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Secretos en La Noche

Secretos en La Noche

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Published by Karen
Esta NO es mia, es de Linda Howard, pero esta buenisima :)
Esta NO es mia, es de Linda Howard, pero esta buenisima :)

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02/06/2013

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SECRETOS EN LA NOCHELinda Howard
1
Era un buen día para soñar. Caían las últimas horas de la tarde, el sol proyectabasombras alargadas cuando conseguía abrirse paso entre las densas nubes, pero en sumayor parte la luz dorada y traslúcida se quedaba prendida en las copas de los árboles ydejaba el lecho del bosque sumido en misteriosas sombras. En el aire del verano, cálido yhúmedo, flotaba el perfume rosado y dulzón del néctar de madreselva, mezclado con el ricoaroma marrón de la tierra y de la vegetación podrida, además del penetrante olor a verde delas hojas. Para Faith Devlin, los olores tenían color, y desde que era pequeña se entreteníaPoniendo colores a los aromas que percibía a su alrededor.La mayoría de los colores eran obvios, extraídos del aspecto que tenía cada cosa.Naturalmente, la tierra olía a marrón; por supuesto, aquel aroma fresco y fuerte de las hojasera verde en su mente. El pomelo olía amarillo brillante; nunca había comido pomelo, peroen cierta ocasión había cogido uno en la frutería y había olfateado su piel, titubeante, y elolor había explotado en sus papilas gustativas, agrio y dulce a la vez.Le resultaba fácil poner color al olor de las cosas en la mente; en cambio, el color delos olores de las personas era más difícil, porque las personas no eran nunca una sola cosa,sino diferentes colores mezclados entre sí. Los colores no significaban lo mismo en losolores de la gente que en los de las cosas. Su madre, Renée, despedía un aroma rojoprofundo y picante, con algunas volutas de negro y amarillo, pero el rojo picante casiaplastaba todos los demás colores. El amarillo era bueno en las cosas, pero no en laspersonas; ni tampoco el verde, ni siquiera algunos de sus matices.Su padre, Amos, era una insoportable mezcla de verde, morado, amarillo y negro. Conél fue verdaderamente fácil, pues desde una edad muy temprana lo había asociado con elvómito. Beber y vomitar, beber y vomitar, eso era lo único que hacía papá. Bueno, y mear.Meaba mucho.El mejor olor del mundo, pensó Faith mientras deambulaba entre los árbolescontemplando los rayos de sol capturados y guardando su felicidad secreta en lo más hondode su pecho, era el de Gray Rouilllard. Faith vivía por los breves atisbos de él que alcanzabaa ver en la ciudad, y si se encontraba lo bastante cerca para oír el sonido ronco y profundode su voz, temblaba de alegría.Hoy había logrado estar lo bastante cerca de él para olerlo, ¡y él incluso la habíatocado! Aún flotaba en una nube tras vivir aquella experiencia.Había entrado en la tienda de Prescott con Jodie, su hermana mayor, porque ésta lehabía robado a Renée un par de dólares del bolso y quería comprarse un esmalte de uñas.El olor de Jodie era anaranjado y amarillo, una pálida imitación del aroma de Renée.Salieron de la tienda llevando el preciado frasco de esmalte de as rosa intensocuidadosamente escondido en el sostén de Jodie para que Renée no lo viera. Jodie llevabaya casi tres años usando sostén, y eso aunque sólo tenía trece años, un hecho que ellautilizaba para burlarse de Faith cada vez que se le ocurría, pues Faith tenía once años y aúnno le habían salido tetas. Sin embargo, últimamente los pezones planos e infantiles de Faith
 
Linda Howard SECRETOS EN LA NOCHE  
habían empezado a hincharse, y se sentía muy avergonzada de que alguien se los viera. Sedaba mucha cuenta de cómo despuntaban bajo la fina camiseta de la LSU que llevaba, perocuando estuvieron a punto de chocar con Gray en la acera cuando éste entraba en la tienday ellas salían, Faith se olvidó de lo liviano de su camiseta.—Una camiseta muy bonita — había dicho Gray con sus oscuros ojos brillandodivertidos, y le había tocado el hombro. Gray estaba pasando en casa las vacacionesveraniegas. jugaba al fútbol americano para la LSU en la posición de defensa en su primer curso. Tenía diecinueve años, medía más de uno noventa y seguía creciendo, y pesabaciento cinco compactos kilos. Faith lo sabía porque lo había leído todo en la páginadeportiva de la gaceta local. Sabía que corría un 4,6 cuarenta y que tenía una granvelocidad lateral, fuera eso lo que fuera. También sabía que era muy guapo, no a lo fino,sino con el mismo estilo salvaje y poderoso que el estimado semental que poseía su padre,Maximilian. Se le notaba su ascendencia francesa criolla en el color oscuro y en la fuerte ynítida estructura ósea de su cara. Tenía un cabello negro y abundante que le caía sobre loshombros y le daba el aspecto tic un guerrero de la Edad Media que se encontraraaccidentalmente en la época actual. Faith se leía todas las novelas que caían en sus manossobre caballeros medievales y sus bellas damas, por eso reconocía un Caballero en cuantolo veía.Sintió un cosquilleo en el hombro cuando la tocó Gray, y sus pezones hinchados seestremecieron y la hicieron sonrojarse y bajar la cabeza Todos sus sentidos giraron en untorbellino al percibir su olor, compuesto por una mezcla penetrante e indefinible que no supodescribir, caliente y almizclada, con un rojo aún más intenso que el de Renée, lleno detentadores colores de matices profundos y lozanos.Jodie sacó hacia afuera sus senos redondos, cubiertos por una blusa rosa sinmangas. Se había dejado desabrochados los dos botones superiores.—Y mi camiseta, ¿qué? —preguntó poniendo morritos para que sus labios tambiénsobresalieran, tal como había visto hacer a Renée miles de veces.—Te has equivocado de color —dijo Gray endureciendo el tono y poniendo en él unagota de desdén. Faith supo la razón: Era porque Renée se acostaba con su padre, Guy.Había oído cómo hablaban los demás de Renée, y sabía lo que significaba la palabra«puta».Gray pasó entre ambas, empujó la puerta y desapareció en el interior de la tienda.Jodie se lo quedó mirando por espacio de unos segundos y después posó sus voraces ojosen Faith.—Déjame tu camiseta —le dijo.—Te queda demasiado pequeña —replicó Faith, y se alegró enormemente de que asífuera. A Gray le había gustado su camiseta, la había tocado, y ella no estaba dispuesta arenunciar a aquello.Jodie frunció el gesto ante aquella obvia verdad. Faith era pequeña y delgada, peroincluso sus estrechos hombros pugnaban contra las costuras de su camiseta, que se lehabía quedado pequeña hacía dos años.—Ya conseguiré otra —declaró.Ella también, pensó Faith ahora mientras contemplaba con expresión soñadora elparpadeo del sol entre los árboles. Pero Jodie no tendría la que había tocado Gray; ella se lahabía quitado nada más llegar a casa, la había doblado con todo cuidado y la habíaescondido debajo del colchón. La única forma de encontrarla era deshaciendo la cama paralavar las sábanas, y como ella era la única que hacía tal cosa, la camiseta permanecería asalvo y ella podría dormir encima todas las noches.Gray. La violencia de sus emociones la asustó, pero no podía controlarlas. Lo únicoque tenía que hacer era verlo, y el corazón empezaba a latirle con tal fuerza en su delgadopecho que le hacía daño en las costillas y sentía calor y escalofríos a un tiempo. Gray eracomo un dios en la pequeña población de Prescott, Luisiana; era indómito como un potro,según decía la gente, pero estaba respaldado por el dinero de los Rouillard, e incluso deniño había poseído un duro e inquieto encanto que hacía aletear los corazones de las
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Linda Howard SECRETOS EN LA NOCHE  
féminas. Los Rouillard habían engendrado un buen número de pícaros y renegados, y Graypronto demostró tener el potencial para ser el más indomable de todos. Pero era unRouillard, y aun cuando armara bronca, lo hacía con estilo.A pesar de todo eso, nunca había sido desagradable con Faith, tal como habíaocurrido con algunas personas del pueblo. Su hermana Mónica escupió una vez en sudirección cuando Faith y Jodie se tropezaron con ella en la acera. Faith se alegraba de queMónica se encontrase en Nueva Orleans en un estirado colegio privado para señoritas y deque no fuera a casa con demasiada frecuencia, ni siquiera durante el verano, porque estabaen casas de amigas. Por otra parte, el corazón de Faith había sufrido durante meses cuandoGray se marchó a la LSU; Baton Rouge no estaba tan lejos, pero durante la temporada defútbol no le quedaba mucho tiempo libre e iba a casa sólo en vacaciones. Siempre que sabíaque Gray estaba en casa, Faith intentaba dejarse caer por el pueblo en los lugares dondepudiera acertar a verlo, paseándose con la gracia indolente de un gato grande, tan alto yfuerte, tan peligrosamente excitante.Ahora que era verano, Gray pasaba mucho tiempo junto al lago, lo cual era uno de losmotivos de la excursión de Faith a través del bosque. El lago era privado, abarcaba más deochocientas hectáreas y estaba totalmente rodeado por las tierras de los Rouillard. Eraalargado y de forma irregular, con varias curvas; ancho y bastante superficial en algunossitios, estrecho y profundo en otros. La gran mansión blanca de los Rouillard estaba situadaal este del lago, la chabola de los Devlin al oeste, pero ninguna de las dos se encontraba dehecho a la orilla del agua. La única casa de la ribera era la mansión de verano de losRouillard, un edificio blanco y de una sola planta que contenía dos dormitorios, una cocina,un cuarto de estar y un porche provisto de una rejilla que lo rodeaba por entero. Debajo dela casa había un cobertizo para botes y un embarcadero, y también una barbacoa de ladrilloque habían construido. A veces, en verano, Gray y sus amigos se juntaban allí paradivertirse nadando y remando toda la tarde, y Faith se deslizaba entre los árboles de la orillapara alegrarse el corazón observándolo.A lo mejor estaba allí hoy, pensó, sintiendo ya el dulce anhelo que la embargaba cadavez que pensaba en Gray. Sería maravilloso verlo dos veces en un mismo día.Estaba descalza, y los raídos pantalones cortos que llevaba no le protegían laspiernas de los arañazos y las serpientes, pero Faith se encontraba tan cómoda en el bosquecomo las otras tímidas criaturas; no la preocupaban las serpientes, y no hacía el menor casode los arañazos. Su largo cabello de color rojo oscuro tendía a colgarle en desorden por delante de los ojos y molestarla, de modo que se lo había echado hacia atrás y lo habíasujetado con una goma. Se deslizaba igual que un espectro entre los árboles, con unaexpresión soñadora en SUS grandes ojos gatunos al imaginar a Gray en su mente. A lomejor estaba allí; a lo mejor un día la veía oculta entre los arbustos, o asomada detrás de unárbol, y entonces le tendería la mano y le diría: — ¿ 1 Por qué no sales de ahí y vienes adivertirte con nosotros?». Se perdió en la deliciosa fantasía de formar parte de aquel grupode chicos bronceados por el sol, risuos y pendencieros, de ser una de aquellasmuchachas que eran todo curvas y lucían breves bikinis.Incluso antes de llegar al borde del claro en el que se alzaba la casa (le verano, vio elbrillo plateado del Corvette de Gray enfrente del edificio, y el corazón empezó a latirle confamiliar violencia. ¡Estaba Allí! Se deslizó silenciosamente tras el parapeto de un grantronco, pero al cabo de unos instantes se dio cuenta de que no oía nada. No se percibíaningún ruido de chapoteos, voces, chillidos ni risas.A lo mejor estaba pescando desde el embarcadero, o quizá hubiera tomado el botepara dar un paseo. Faith se acercó un poco más y torció hacia un lado para tener una vistadel embarcadero, pero éste se encontraba desierto. Gray no estaba allí. Sintió que la invadíala desilusión. Si había tomado el bote, no había forma de saber cuánto tiempo hacía de eso,y ella no podía quedarse a esperarlo. Había robado aquel rato para sí, pero tenía queregresar pronto y ponerse a preparar la cena y cuidar de Scottie.Estaba dando media vuelta para marcharse cuando le llegó un sonido amortiguadoque la hizo detenerse con la cabeza inclinada para localizarlo. Salió de entre los árboles ydio unos cuantos pasos en dirección al claro, y entonces oyó un murmullo de voces,
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