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HANS BELTING Semejanza y presencia: una introducción a las imágenes antes de "la era del arte"

HANS BELTING Semejanza y presencia: una introducción a las imágenes antes de "la era del arte"

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Nº. 5/ Volumen 3/ enero­junio, 2003
2
 
Universidad de Antioquia / Facultad de Artes
3
Traducción de Juan Manuel Pérez
 Resumen
 
Se trata del capítulo introductorio a la obra 
Likeness and presence 
, de Hans Belting. Elautor define su estudio como una historia de la imagen antes de la era del arte. Describe lasimágenes de culto como una realidad especial,que no corresponde al concepto de artedesarrollado a partir del Renacimiento y de la Reforma.
Abstract
 
This is the introductory chapter to
Likeness andpresence
, by Hans Belting. The author defineshis study as a history of the image prior to the era of art. He describes cult images as apeculiar type of reality, which has nocorrespondence to the concept of art developed during the Renaissance and the Reformation.
*Tomado del capítulo introductorio a la obra
Likeness and presence 
, Chicago, University of Chicago Press, 1994, pp. 1­16.
 
Semejanza y presencia 
Hans Belting
Pietá. 1164. Iglesia de Nerezi
 
Una introducción a las imágenes antes de «la era del arte»
 
Nº. 5/ Volumen 3/ enero­junio, 2003
4
 
a. El poder de las imágenes y laslimitaciones de los teólogos
 
Cada vez que las imágenes han tratado de ganar influencia indebida dentro de la Iglesia, los teólogoshan hecho lo posible por despojarlas de su poder.Siempre que las imágenes conseguían mayor popu-laridad que las instituciones de la Iglesia y empeza-ban a actuar directamente en nombre de Dios, sevolvían indeseables. Nunca fue fácil controlarlas me-diante palabras porque, al igual que los santos, com-prometían niveles de experiencia más profundos y satisfacían deseos diferentes a aquellos que las auto-ridades vivientes de la Iglesia podían abordar. Por lotanto, cuando los teólogos comentaban algún asun-to concerniente a las imágenes, invariablemente con-firmaban una práctica ya existente. Más que presentar nuevas imágenes, los teólogos estaban excesivamen-te dispuestos a prohibirlas. Sólo después de que losfieles resistían tales embates contra sus imágenesfavoritas, los teólogos se decidían a establecer condi-ciones y limitaciones para reglamentar el acceso a ellas y sólo quedaban sa-tisfechos cuando podíanexplicarlas .Desde los más remotostiempos, el papel de las imá-genes se ha manifestado por las actuaciones simbólicasrealizadas a favor suyo por parte de sus defensores, o ensu contra, por sus detracto-res. Las imágenes se prestantanto para ser exhibidas y ve-neradas, como para ser pro-fanadas y destruidas. Éstas, en tanto que sustitutos delo que representan, obran específicamente provocan-do manifestaciones públicas de lealtad o deslealtad.Las profesiones públicas de fe hacen parte de la disci-plina que cada religión exige a quien la profesa. Loscristianos a menudo atacaban a los judíos, a los he-rejes y a los no creyentes, acusándolos de profanar ensecreto imágenes sagradas; ante tales profanaciones,las imágenes agredidas , como las llamó LeopoldKretzenbacher, reaccionaban como un ser vivo, llo-rando o sangrando. Siempre que los herejes poníansus manos sobre símbolos materiales de la fe, comola imagen, las reliquias o la Eucaristía, demostra-ban ser saboteadores de la unidad de la fe, que, enprincipio, no tolera ninguna violación. De esta ma-nera, tan pronto empezaba a surgir un culto a cierta imagen, las minorías debían vivir en medio del te-mor a ser denunciadas como sus profanadoras. Hay bastantes ejemplos de esto hasta mucho después de la Reforma; Joseph Roth describió hace poco sucesos deeste tipo en Galicia.Desencadenaban una controversia de otra índolecuando los grupos discutían acerca de la presenta-ción correcta o incorrecta de las imágenes quetenían en común. Aquí, el punto central era la pure-za de la fe. Las iglesias occidental y oriental estabana veces tan en desacuerdo en lo que se refiere a la iconografía de las imágenes como lo estaban, en elaspecto lingüístico, en la disputa del
filioque.
 Cuando el delegado papalproclamó el cisma de la Iglesia en Constantinopla en 1054, criti-có a los griegos por presentar la imagen de un hombre mortal enla cruz, con lo que representabana Jesús como un muerto. De igualmanera, cuando los griegos lle-garon a Italia para el Concilio deFerrara-Florencia en 1438, fueronincapaces de orar frente a las imá-genes sagradas occidentales, cuyas formas no les eranfamiliares. Entonces el patriarca Gregorio Melissenosargumentó en contra de la propuesta de unión de la Iglesia diciendo: Cuando entro en una iglesia lati-na no puedo orarle a ninguno de los santos allí retra-

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