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Flaubert, Gustave - Bouvard y Pecuchet

Flaubert, Gustave - Bouvard y Pecuchet

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Bouvard y Pécuchet
Flaubert, Gustave
Published:
2010
Categorie(s):Tag(s):
Narrativa realista
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C
omo hacía un calor de treinta y tres grados, el Boulevard Bourdonestaba completamente desierto.Más abajo, el canal Saint Martin, cerrado por las dos esclusas, mostra-ba la línea recta de su agua color de tinta. En el medio había un barco lle-no de madera, y en la orilla dos hileras de barricas.Más allá del canal, entre las casas separadas por galpones, el gran cielopuro se recortaba en láminas azules, y bajo la reverberación del sol, lasfachadas blancas, los techos de pizarra y los muelles de granito encandi-laban. Un rumor confuso subía, a lo lejos, por la atmósfera tibia; y todoparecía amodorrado por la ociosidad del domingo y la tristeza de los dí-as de verano.Aparecieron dos hombres.Uno venía de la Bastilla, el otro del Jardín Botánico, El más grande,que vestía un traje de hilo, iba con el sombrero echado para atrás, el cha-leco desabrochado y la corbata en la mano. El más pequeño, cuyo cuerpodesaparecía en una levita marrón, iba con la cabeza gacha cubierta conuna gorra de visera puntiaguda.Cuando llegaron al medio del bulevar se sentaron en el mismo mo-mento, en el mismo banco.Para secarse la frente se quitaron sus sombreros, que cada uno de ellospuso cerca de sí; y el pequeño vio escrito en el sombrero de su vecino:Bouvard; mientras que éste distinguía con facilidad en la gorra delparticular de levita la palabra Pécuchet.– ¡Vaya! –dijo–. Tuvimos la misma idea, la de poner nuestros nombresen nuestros sombreros.–¡Por Dios, sí! ¡Alguien podría llevarse mi sombrero en mi oficina! –ig-ual que yo; yo también soy empleado.Entonces se miraron con atención.El aspecto amable de Bouvard encantó enseguida a Pécuchet.Sus ojos azulados, siempre entrecerrados, sonreían en su rostro colora-do. Un pantalón con las bajos acordeonados sobre zapatos de castor, ce-ñía su barriga y ablusaba su camisa en la cintura, y sus cabellos rubios,naturalmente ensortijados en leves rizos, le daban un aspecto infantil.De sus labios salía una especie de silbido continuo.El aspecto serio de Pécuchet impresionó a Bouvard.Se hubiera dicho que llevaba una peluca por lo chato y negro de losmechones que cubrían su alto cráneo. Su rostro parecía estar siempre deperfil debido a la nariz que llegaba hasta muy abajo. Sus piernas
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aprisionadas en tubos de "lasting" no estaban en proporción con la longi-tud del busto, y tenía una voz fuerte, cavernosa.Se le escapó esta exclamación:–¡Qué bien se estaría en el campo!Pero los suburbios, según Bouvard, eran matadores por el barullo delos merenderos. Pécuchet pensaba lo mismo. Sin embargo, empezaba asentirse cansado de la capital. Bouvard también.Y sus ojos iban de los montones de piedras de construcción al agua re-pelente en la que flotaba un manojo de paja, o a la chimenea de una fá-brica que se alzaba en el horizonte; las alcantarillas exhalaban miasmas.Se volvieron hacia el otro lado. Entonces tuvieron delante de ellos losmuros del Granero Municipal.Era evidente (y esto sorprendía a Pécuchet) ¡hacía más calor en las ca-lles que en casa!Bouvard lo instó a quitarse la levita. ¡A él no le importaba el qué dirán!De pronto un borracho atravesó la acera en zigzag; entonces ellos enta-blaron una conversación política a propósito de los obreros. Sus opinio-nes eran las mismas, aunque tal vez Bouvard fuese un poco más liberal.Un ruido de chatarra sonó en el empedrado, en un torbellino de polvo.Eran tres calesas de alquiler que iban hacia Bercy llevando a una noviacon su ramillete, burgueses de corbata blanca, señoras enfundadas hastalas axilas en sus enaguas, dos o tres niñas, un colegial. La visión de esaboda llevó a Bouvard y Pécuchet a hablar de las mujeres, a las que decla-raron frívolas, agrias y testarudas. A pesar de ello, con frecuencia resul-taban mejores que los hombres; aunque otras veces eran peores. En unapalabra, más valía vivir sin ellas. Por eso Pécuchet había permanecidosoltero.–Yo soy viudo –dijo Bouvard– ¡y sin hijos! –¿Acaso cree que eso es unasuerte? Pero la soledad, a la larga, era muy triste. Después, a la orilla delmuelle, apareció una muchacha de la vida con un soldado. Muy pálida,los cabellos negros y picada de viruela, iba apoyada en el brazo del mili-tar, arrastrando sus zapatillas y contoneando las caderas.Cuando estuvo lejos Bouvard se permitió una reflexión obscena. Pécu-chet se puso muy rojo y, para no tener que responderle, sin duda, le se-ñaló con la mirada un cura que se acercaba.El eclesiástico bajó con lentitud por la avenida de los delgados olmosque jalonaban la vereda y Bouvard, cuando ya no percibió más el tricorn-io, dijo sentir alivio, ya que execraba a los jesuitas. Pécuchet, sin absol-verlos, dio muestras de una cierta amabilidad para con la religión.
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