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Jesucristo a La Una de La Tarde

Jesucristo a La Una de La Tarde

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Published by Raúl Oscar Ifran
Relato de un milagro navideño.
Relato de un milagro navideño.

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04/24/2011

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Jesucristo a launa de la tarde
Raúl Oscar Ifran
Punta Alta. Buenos Aires. Argentina
 
En los años sesenta yo orillaba los diez años y Arroyo Parejas, el paraje costero dondevivíamos, era la pequeña reunión de una decena de casillas de madera. Estaba acos-tumbrado al vuelo de las gaviotas y al constante ir y venir de las rumorosas mareas.Los hombres salían todas las mañanas en sus lanchas de madera a recoger los frutos delmar y las mujeres se dedicaban a los quehaceres domésticos y a la recolección de maris-cos. Los niños íbamos a la escuela en la ciudad que distaba unos cinco kilómetros. Nosllevaba don Felipe en una vieja camioneta que luego usaba para vender el pescado.Resultaba muy divertido para todos nosotros ese viaje a través de los médanos desiertoshoy desaparecidos bajo el cemento de la ciudad que creció.Lo cierto es que había llegado el mes de diciembre y la abuela Gerónima estaba muy pre-ocupada.Es que para su corazón andaluz era el mes de las fiestas. Recuerdo que los primeros díasde diciembre su plañidera voz ya entonaba unos hermosos villancicos que no he vuelto aescuchar en mi vida.“en un portalillo oscurollanito de telarañastuvo la virgen Maríaal Niño de sus entrañas”La yerba mate venía en unos tubos de madera a los que la abuela le quitaba las tapasque reemplazaba por unos pellejos obteniendo unas zambombas que tocaba con verda-dera pericia. También rascaba la tabla de lavar la ropa como si fuera una guitarra lograndoun ritmo flamenco alegre y contagioso.Por los balcones del cielose asoma Santa Isabela las once de la nochepa´ver al Niño nacer.
 
La abuela estaba preocupada porque la modesta cosecha de los huertos había venidomuy mala, con escasa agua, con temperaturas agresivas y algunas plagas indeseables.La pesca no había sido mejor.Vientos desfavorables soplaron durante esos últimos días de primavera negando una cap-tura que permitiera obtener algún dinero para la mesa navideña. Yo la veía seria, tensa ypensativa, lavando la ropa y planchando. Sin embargo nunca dejaba de cantar.Ay tiritando de fríotuvo la virgen Maríaal mejor de los nacíos.Recuerdo que para las fiestas limpiábamos bien el galpón grande con piso de tierra don-de se guardaban las lanchas durante la noche y los feriados, y disponíamos unas mesaslargas con tablones y caballetes. Armábamos el arbolito y el pesebre que la abuela llama-ba “belén” y al que cada vez le agregábamos una pieza nueva. Después nos reuníamostodo el vecindario a comer mariscos, pollo, pescados, turrón y polvorones con anís. Al fi-nal se armaba un ameno baile con mucha música y un pródigo reparto de vino, ponche ysidra. La abuela Gerónima hablaba entonces, mareada por los efluvios del alcohol, de loscorrales y patios de Jerez de la Frontera, de los villancicos con guitarra,zambomba y cascabeles y los ojos se le llenaban de lágrimas. Enseguida superaba esetrance y dando palmadas exigía mas vino y exultaciones.Sin embargo, en aquel momento, la producción de la que vivíamos apenas si alcanzabapara nuestras necesidades diarias, y los ahorros no llegaban a cubrir los requerimientospara unas festividades decentes.Tan malo fue aquel comienzo de diciembre que vino una semana de tempestad con grani-zos que destruyeron los últimos vestigios de las quintas, nos mataron algunas aves de co-rral e impidieron la salida de las lanchas a hurgar los abundantes cardúmenes del canal.Un domingo, las piedras caídas del cielo alcanzaron el tamaño de las ciruelas. Los niños

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