primera vez, Lovell contempló la salida de nuestro planeta e hizo la fotografía másimpresionante que jamás se haya tomado: la instantánea de la Tierra colgando en elespacio y emergiendo sobre el horizonte lunar. Esa imagen, como escribió Hoyle, nosha cambiado para siempre. Esa vivencia, como dijo Novell, “nos hace darnos cuenta delo insignificantes que somos en comparación con la vastedad del universo”.De una manera comparable, podemos dividir en dos épocas nuestra concepción delmundo vivo y de la Tierra. Antes de James E. Lovelock, nuestro concepto de la vidaconsistía en individuos, poblaciones o comunidades de seres vivos que residían en unmundo esencialmente estable, de condiciones fisioquímicas permisivas y determinadosolamente por las leyes de la física y de la química. Un mundo, en fin, que, por reunir ab initio unas condiciones adecuadas, habría permitido que en él se dieran losfenómenos evolutivos de los que nos hablan el registro fósil y la historia geológica delplaneta. Después de la revolución lovelockiana, la vida no consiste ya sólo en un grupode organismos adaptados a su ambiente mediante una relación determinada sólo por las leyes externas. El ambiente terrestre, en vez de ser un mundo físico regulado por las leyes autónomas propias, es una parte de un sistema evolutivo que contiene la viday que debe a los fenómenos vitales parte de sus reglas, sus mecanismos y suscomponentes. Los seres vivos, conectados entre sí y a la atmósfera, a la hidrosfera y ala litosfera, fabrican y mantienen de continuo su ambiente, formando un todo a nivelplanetario. AI contrario de lo que pensábamos antes de Lovelock, no es que lascondiciones especiales de la Tierra hayan permitido el desarrollo y evolución de la vidasobre ella la Tierra), sino que es la vida quien ha determinado el desarrollo y evoluciónde las condiciones adecuadas para ella (la vida) sobre la Tierra.Lovelock reconoce algunos de sus predecesores en la idea. Mencionaremos tres. Elprimero, el geólogo escocés James Hutton (1726-1797), del que hablaremos másadelante. Después, el geólogo austriaco Eduard Suess (1831-1914); a pesar de que nohabla frecuentemente de “biosfera” (tres menciones al principio del libro), Lovelock hadesarrollado este concepto a partir de Suess, quien empezó a pensar a un nivel no sólotransnacional sino planetario. Finalmente, el cristalógrafo y proto-ecólogo ruso Vladimir I. Vernadsky (1863-1945), cuyo concepto de vida como “mineral animado” escomplementado por la idea de Lovelock de que el ambiente es una parte activa de lavida. Diversas substancias minerales (carbonato cálcico, magnetita, sílice, oxigeno ynitrógeno en la atmósfera, óxidos de nitrógeno, etcétera) son consecuencia de laactividad biológica. Diversas mezclas y suspensiones (conservación del nivel desalinidad del mar, composición del aire) se mantienen en un equilibrio inestable, o enfranco desequilibrio, gracias a la actividad de los organismos. Son, además,consecuencia del extraño comportamiento de la vida, que, a diferencia de los seresminerales que la precedieron en la Tierra, crece, se reproduce, incorpora substancias ydevuelve gases. Como dijo Vernadsky, “la gravedad hace que las cosas se desplacenhacia abajo, pero la vida las transporta lateralmente, como hace el vuelo de un pájaro ola carrera de un antílope.”Gracias a Lovelock tenemos una visión nueva de los organismos y de las ciencias de laTierra y de la vida. Geología, biogeoquímica, microbiología ambiental, evolución,fisiología, ecología son todas aspectos inseparables de la gran búsqueda por conocer el pasado y el presente de la vida en y con nuestro planeta.La hipótesis (en su primer libro, de 1979), o la teoría (en el que tiene el lector en susmanos) de Gaia, es producto de la imaginación fértil de Lovelock, pero también debemucho al esfuerzo internacional sobre investigación espacial, principalmente el de laNASA, el único organismo científico que se ha preocupado de estimular (y eso quiere3