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 No podía creerme que fuera a verle ese día. Era algoincreíble. La simple idea de pensar en él me ponía nerviosa:mis manos temblaban, a la vez que todo mi cuerpo, a compásdel traqueteo del tren. Quedaban apenas quince minutos parallegar a la estación, pero no podía quedarme en el sitio.Me levantaba cada dos por tres mirando el reloj. Diezminutos. Sabía que seguramente fueran los diez minutos máslargos de mi vida, pero esperé, impaciente._________________________La espera se hacía eterna. Estaba sentado en el andén de laestación, esperando a que llegase la que seguramente sería la persona más importante de mi vida.Respiré hondo.Es una chica, no es una famosa ni nada por el estilo. Pero... Esta era especial. Venía por mí.Solamente por verme.Y no podía mentir: yo también iría a dónde hiciera falta por ella. Nunca me había pasadonada parecido a esto. Mi cabeza daba vueltas sobre sí misma al pensar en todo lo que sentía.Cinco minutos..._________________________Quedaban menos de cinco minutos. Cinco míseros minutos. Estaba de pie, con la maleta enla mano y la vista dirigida eternamente hacia el reloj. Cada vez quedaba menos, y el tiempopasaba más y más lento. Maldije mis nervios. Mis manos no paraban de temblar, mientras micorazón latía tan fuerte que notaba como salía de mi pecho en cada latido. Me mareabaviolentamente, haciendo que mantenerme de pie fuera más difícil por momentos. Además, lassacudidas del tren no ayudaban en absoluto.En pocos instantes, estaría frente a él. Seguía pareciéndome un sueño...
Abrí la ventana del tren, desesperada. Mi pelo revoloteaba alrededor de mi cabeza comocien serpientes de oro, pero no me importaba. Dejé que el aire removiese mi alma, abatida porlos nervios y las ganas de bajar del tren. Aún con la cabeza fuera de aquella cárcel de airereciclado y humo de cigarrillos, respiré hondo. Quedaba poco, muy poco tiempo. Cerré los ojosdurante un segundo para imaginarme una vez más cómo sería;otra de las muchas veces que aquel pensamiento pasaba por mi cabeza.Pero mi mente y mi cuerpo se detuvieron. Ya podía ver la estación.Estaba a menos de un minuto. Metí la cabeza rápidamente dentro del vagón, y me coloqué elpelo. Dios, no tenía que haberme asomado. Intenté ignorar el hecho de que mi pelo parecieseun nido de pájaros para coger mi maleta rápidamente y situarme frente la puerta. Estaba laprimera, aunque pronto empezaron a empujarme por detrás, incluso aunque no hubiesen
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