A poco de comenzar a leer este libro nos encontramos con unarealidad fragmentaria. Algo como próximo a la explosión, imágenesque se recrean en nuestras mentes, sí, la de los lectores, se recreanporque son, a fin de cuentas, un conjuro para la aparición de losdemonios propios. A ratos cotidiano, elíptico, laberíntico y en otrasocasiones; lineal. Una coda de ritmos (aunque se componga dealgunas prosas) en donde se va ajustando el lente de la imaginación.Sorprende, golpea, nos digiere el espíritu esa curiosidad que nosalienta a continuar leyendo.Esta composición, es un escalón hacia la verificación de un estiloiniciado en
Gramma,
con esto me refiero al fondo, esa mirada quepara los más conservadores pareciera enfermiza, es, sin lugar adudas, una lucidez abismante, el retrato de realidadesdesacralizadas, las mismas que la literatura obvia o las atisba desoslayo. Firme el trazo. Coprolalia que provoca al naturalismo quetodos buscamos en las composiciones actuales. Una ironía justa,galopante, cierta. Un mirar certero, violento y duro acerca de laliteratura. Una Ira justa o la ira del justo que pugna por salir yescapar ante nuestros ojos. Algunos veremos retratados nuestrosinstantes. Un conjuro un llamado a oscuros sentimientos que nosdefinen como humanos. Las imágenes de una cultura generalposmoderna, el invitar a ese “yo” que aparece observando la callehacia dentro de nosotros mismos. Eso es
Carne.
En la forma es dúctil. No se escatima la creatividad para exponernosesta tajante muestra de cotidianidad. Los acápites de
Educación
Sentimental
(de la parte I a la V) son textos de los que se puedeobtener una señalética dentro de la estructura del libro.Claves necesarias para arrojar algunas luces de esta cosmovisión a laque el mundo pareciese empeñado a sofocar. No lo logra, de hechoel hablante lírico despoja al mundo de esas ansias por aplastarlo,
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