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Carentes de rojo

Carentes de rojo

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Carentes de rojo
Sebastián Zírpolo
 
Mezclar géneros es algo que ahora está muy bien visto, pero antes no.De esto sé mucho porque durante varios años recibí dos revistas dedecoración, y por entonces esas cosas no se veían, si se militaba en el cuerose militaba en el cuero, no le ponías almohadones de brocato al
chaise longe
para “abrir nuevos campos de sensaciones al tacto y variedad de conforts”. El
chaise longe
es un sofá que se puso de moda en los hogares a principios del2000, más o menos en la misma época en que a la terapia le cambiaron elnombre por 
coaching ontológico
, un sofá que ahora no se usa más pero quetodavía se vende en las mueblerías suburbanas, a donde los cambios deparadigma estéticos llegan tarde, o no llegan nunca.Entre los años 2001 y 2003 marqué tendencia de decoración en lascasas de todos mis amigos y conocidos. Suscribí dogmáticamente a lacorriente que venía a reemplazar al estilo country de las flores secas y lascortinas con volados terminadas en crochet que hacían juego con los centrosde mesa y con todo lo asapiracional que puede ser vivir en una estancia, quiénno quiere una estancia, quién no quiere una chata y tener que salir de raje conJuani porque un ternero se quedó atrapado en un barrial cerca del monte eseque está como yendo a lo de Escobar y putear porque el del forraje entró a mily rompió el cantero de la entrada, en los 90 todos querían; adopté un nuevomodelo, decía, que vino a proponer muebles de líneas simples, pesados, conpredominio del acero, el vidrio grueso y las maderas exóticas como el wengue,un árbol tropical utilizado para la fabricación de bajos por su nobleza y calidezque fue muy bien recibido por los decoradores de interiores, por su pátinaoscura tan fácil de imitar sobre enchapados baratos. Eran mueblesconceptuales, muebles que no servían para nada. Por aquel entonces contratéa Omar, un pintor petiso callado y muy prolijo que caminaba sacando pecho, alque renombré Pechito, un obrero que hacía valer su prolijidad y rapidezcobrando un poco por encima del mercado, una diferencia que junto con elpuesto de ropa que atendía en La Salada dos noches a la semana junto con sumujer le había permitido pagar la fiesta de quince que le pidió su hija menor. APechito le encantaba trabajar para mí, por mi vanguardismo y por losocialmente transversal del vínculo. Ibamos juntos a la pinturería a elegir colores, volvíamos a casa y los mezclábamos hasta dar con el tono queestábamos buscando. Así pintamos la pared de la cabecera de la cama de unverde eléctrico que sería muy usado años después por la cultura flogger, y deun violeta pasado de obispo la pared donde se apoyaba el sillón que tenía por entonces, un sillón de pana color mostaza muy adelantado para la época, quemantenía sin embargo el respeto de no mezclar tipos de telas, en eso éramosmuy firmes. Recomendado por mí, Pechito se cansó de repetir el trabajo encasas de amigos y parientes, que le pedían, después de ver aquel derroche defuturo cromático, acompañado por un pabellón de luces dicroicas en el techo alas que, eso sí, nadie se animó, verde para el cuarto, violeta para el living, tonomás, tono menos. En marketing eso se llama Cool Hunter.A mediados de 2000 pasamos de los muebles conceptuales a losmuebles discursivos. La diferencia es que mientras antes la propuesta bajabadel Estudio Palumbo o Soaje, un mainstream de arquitectos y decoradoresfanáticos de la estética urbana europea - más alemana que inglesa, mástirando a Europa del este, muebles fríos para gente decepcionada - que
 
combatió el estilo USA Martha Stewart que había dominado los noventa y quetuvo su bunker ideológico en la muestra anual Estilo Pilar que organizaba eldiario liberal La Nación; ahora aparecían propuestas indie más descontracté,más latinoamericanas, más revisionistas, a las cuales comprarles un mueble oun adorno tiene mucho de gesto político, por su fuerte asiento en las texturastan nobles que nos dejaron la cultura inca o la cultura araucana o la culturaaymara, pero no tanto la cultura mapuche, más cliché y menos dada a laantropología por el empecinamiento en reivindicar una derrota catastral quetiene más de 500 años. Ahora mi mamá me recomienda agregarle al sillón rojo,que es de talampaya - un punto más arriba que la cuerina, uno más abajo queel cuero - almohadones de chenyl “para darle calidez y variedad”, me dijo, unamezcla de géneros y cromas influenciada, aunque ella no lo dice así y nisiquiera lo sabe, por la apertura a corrientes renovadoras y a lasreivindicaciones de minorías que se ven por estos días. Le pregunté qué otratela se usaba en lugar de chenyl y me dijo “no, chenyl nada más” y ahí entendícómo los movimientos renovadores se vuelven dominantes cuando alcanzanconsenso. De todos modos, esto está muy verde todavía, quizás lo podamosdesarrollar dentro de unos años, ahora hay un regreso a los muebles multifuncionales de los setenta, más propio de las épocas de crisis de madurez, ode inmadurez.Mi sillón responde a los patrones estéticos dominantes de la épocadorada del kirchnerismo, 2003 a 2007, el kirchnerismo de la cadena nacionalcontra la Corte Suprema, el del gabinete de Bielsa, Pampuro, Ginés, eficiente ypráctico, homogéneo, un sillón muy ajustado al metamensaje de múltipleslecturas, que conforma un poco a todos y que confunde un poco a todos,también. La pregunta de los que entran por primera vez a mi casa se repite aveces exogámica, a veces endogámicante: “¿este sillón no es muy gay?”.Mientras lo encargaba el vendedor, mi Andrea Bocceli, quiso saber a qué mededicaba. Me dijo que los abogados y contadores piden los almohadones másduros, para no hundirse, mientras que los chicos más jóvenes, fotógrafos odiseñadores, prefieren el modelo soft, el más blando, para
estar tirados
, que eslo que se supone que hace la gente joven tan dada a las artes. Le pedí elintermedio y así fue como me quedé a mitad de camino entre alguien que no sehunde y alguien que no sabe que mañana se puede hundir, o que puededecidir no hundirse. Como no es duro ni blando, después de varias horas deestar sentado escribiendo termino acurrucado, casi en posición fetal, con laspiernas sobre la mesa ratona y el resto del cuerpo estirado en el sillón,pensando o soñando o leyendo sobre todo aquello que no tengo, o quenecesito, o deseo, o me hace falta: una abuela muerta con una renta a minombre, recetas de cocina, una casa de vidrio con vista a un parque eólico, unIntel Dual Core, insertarme generacionalmente, ser parte de algo grande o algochico y ser un referente, con mis modos, un referente suave, un no-referente,The Wire, una tabla de longboard, que es un skate pero menos excluyente,menos de gueto, para ir a patinar a la plaza, justo yo que no tengo equilibrio,necesito equilibrio entonces, a mi papá, que no me habla, te quiero papá, teodio, cuidate, no te entiendo, volvé cuando puedas, cuando puedas pedir perdón, quiero nadar en una pileta llena de esas bolitas de gel húmedas quevenden en los bazares baratos que adornan los centros de mesa de lasmueblerías suburbanas que tienen mesitas de luz para pobres y camas para

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