3Doncella de Orleáns. Olia conquistaba a la gente con su cultura, su energía, su fe animosa, y Kóval,viéndola, se jactaba:
¡Obra nuestra!Olia se sentía orgullosa del valioso regalo que la colonia Gorki legaba a la comuna Lunacharski enforma de hacienda ordenada, con un cultivo alternado de seis hojas y, sin embargo, este regalo erapara nosotros una catástrofe económica. En ningún lugar se siente la enorme significación deltrabajo invertido como en la agricultura. Nosotros sabíamos perfectamente lo que era extirpar lasmalas hierbas, organizar la rotación de cultivos, reparar, hacer cada pieza, conservar y mantenerlimpio cada pequeño elemento de este proceso lento, largo e invisible. Nuestra verdadera riquezaestaba en algo muy profundo, en el entretejido de las raíces de las plantas, en los establos habitualesy elaborados filosóficamente, en el corazón de estas ruedas, de estas varas, de estos timones y estasaspas, tan simples a primera vista. Y ahora, cuando había que abandonar muchas de estas cosas yarrancar otras muchas a la armonía general y embutirías en la estrechez de sofocantes vagones demercancías, se comprendía por qué una verdosa tristeza envolvía a Shere, por qué en susmovimientos había aparecido algo que recordaba a la víctima de un incendio.Sin embargo, la tristeza no impedía a Eduard Nikoláievich preparar metódico y tranquilo sus bienespara el viaje, y yo, al marchar a Járkov con el destacamento mixto, rehuía sin dolor su mustia figura.En torno nuestro, los colonos, excesivamente ruidosos y alegres, giraban como elfos.Finalizaban las horas más felices de mi vida. Ahora deploro a veces por qué no me detuve entoncescon reconcentrada atención, por qué no me obligué a contemplar intensamente aquella vidamagnífica, por qué no grabé en mi memoria para siempre las luces, y las líneas, y los colores decada minuto, de cada movimiento, de cada palabra.Entonces me parecía que ciento veinte colonos no eran simplemente ciento veinte niñosdesamparados que habían hallado albergue y trabajo. No, eran centenares de esfuerzos éticos,centenares de energías musicalmente armónicas, centenares de lluvias bienhechoras, que hasta lapropia naturaleza, esta mujer enfática y soberbia, espera con impaciencia y alegría.En aquellos días era difícil ver a algún colono que anduviera tranquilamente. Todos habíanadquirido la costumbre de correr de un lado para otro, de saltar como golondrinas, con el mismodiligente gorjeo, con la misma disciplina clara y feliz y la misma belleza de movimientos. Hubo uninstante en que yo incluso pequé y me dije: para la gente dichosa no es necesario ningún poder; losustituirá este instinto tan alegre, tan nuevo, tan humano, cuando cada hombre sepa exactamentequé debe hacer, cómo hacerlo y para qué hacerlo. Así pensaba yo a veces. Sin embargo, la réplicade algún Aliosha Vólkov, que volvía, descontento, su rostro con manchas hacia el lugar de laalarma, me hacía descender rápidamente de las alturas anarquistas:
¿Qué estás haciendo, pedazo de atún? ¿Qué clavos utilizas para cerrar ese cajón? ¿Es que tú creesque los clavos de tres pulgadas están tirados por la calle?Enérgico y acalorado, el pequeñuelo deja caer, en un gesto impotente, el martillo y se rasca con él,perplejo, el talón desnudo:
¿Cómo? ¿Pues cuántas pulgadas deben tener?
Para eso existen los clavos viejos, ¿comprendes?, los clavos usados. ¡Espera!... ¿Y de dónde hassacado éstos?Es decir... ¡ha comenzado! Vólkov ya ha caído sobre el pequeñuelo y analiza iracundo su ser, quede pronto ha resultado en contradicción con la idea de los clavos nuevos de tres pulgadas.¡Sí! ¡Aún hay tragedias en el mundo!¡Hay muchos que no saben qué son los clavos usados!Por medio de diversos e ingeniosos métodos hay que arrancarlos de tablas viejas, de cosas rotas ymuertas, y de ahí salen reumáticamente torcidos, herrumbrosos, con las cabecitas deformes, con laspuntas estropeadas, a veces doblados en dos, en tres, frecuentemente en forma de tirabuzón o denudos, que no podría hacer a propósito ni el cerrajero de más talento. Hay que enderezarlos con elmartillo sobre un pedazo de raíl, sentado en cuclillas y dándose con frecuencia en los dedos y no enel clavo. Y, después, al emplear de nuevo estos clavos viejos, se doblan, se rompen y no penetrandonde hace falta. Quizá por eso los muchachos de la colonia aborrecen los clavos viejos y realizansospechosos negocios con los nuevos, sentando el comienzo de procesos judiciales y profanando lacausa grande y alegre de la marcha a Kuriazh.¿Ahora bien, se trataba solamente de los clavos? Todas estas mesas sin barnizar, estos bancos de losmodelos más diversos, esta enorme cantidad de diferentes banquetas, de viejas ruedas, de hormas decalzado, de cepilladoras desgastadas, de libros rotos, todo este poso de la vida quieta y de losintereses económicos hería nuestra bizarra cruzada... Pero daba lástima abandonarlo.¡Y los muchachos nuevos! Empezaban a dolerme los ojos cuando veía sus figuras mal cortadas,extrañas. ¿No sería mejor dejarles aquí, cedérselos a alguna casa pobre de niños, deslizando en