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Makarenko Anton - Poema Pedagogico 3

Makarenko Anton - Poema Pedagogico 3

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1
Poema Pedagógico
Antón Makarenko
III Parte
Poema Pedagógico III
A los dos días tenía yo que hacerme cargo de la colonia de Kuriazh, y hoy era preciso disponer algoen el Soviet de jefes, decir algo para que los colonos
 pud 
ieran organizar, en mi ausencia, ladificilísima operación de recoger toda nuestra economía y trasladarla a Kuriazh.En la colonia, el temor y la esperanza, el nerviosismo y los ojos brillantes, los caballos, los carros ylas olas tumultuosas de pequeñeces, de olvidadas “nota bene” y de perdidas correas formaban unnudo tan complicado, que yo no creía que los muchachos fueran capaces de deshacerlo.Había transcurrido solamente una noche desde el instante en que recibimos el contrato de la cesiónde Kuriazh, pero todo en la colonia hablaba ya de la marcha: el estado de ánimo, el ardor, el ritmo.Los muchachos no tenían miedo a Kuriazh, quizá por no haberlo visto en todo su esplendor. Encambio, ante mi mirada mental Kuriazh se alzaba como un espectro fabuloso y terrible, capaz deagarrarme del cuello con todas sus fuerzas, a pesar de que su muerte había sido oficialmenteregistrada, hacía ya mucho tiempo.El Soviet de jefes resolvió que marcharan conmigo a Kuriazh únicamente nueve colonos y uneducador. Yo pedí que fueran más. Quise demostrar que con fuerzas tan escasas no podríamos hacernada, que únicamente minaríamos el prestigio de la colonia Gorki, que en Kuriazh había sidodespedido todo el personal, que allí había mucha gente irritada con nosotros.Me contestó Kudlati, sonriendo irónico y cariñoso:
  
En realidad, es lo mismo que vayan diez o veinte: de cualquier forma, no harán nada. Cuandovayamos todos, será ya otra cosa: entonces tomaremos Kuriazh por asalto. Tenga usted en cuentaque ellos son trescientos. Aquí hay que prepararlo todo bien. Sólo cerdos debemos transportar 320.
 
2Y, además, fíjese: o en Járkov se han vuelto locos o están haciéndolo a propósito, pero el caso esque cada día nos envían chicos nuevos.También a mí me abrumaban los nuevos. Diluyendo nuestra colectividad, no nos dejaban mantenerla colonia Gorki en su pureza y su fuerza primitivas. Y nuestro pequeño destacamento tenía quehacer frente a una multitud de trescientas personas.Disponiéndome a la lucha contra Kuriazh, yo confiaba de un solo golpe relámpago: era precisoimponerse a los de Kuriazh de manera fulminante. Todo postergamiento, toda esperanza fundada enla evolución, todo plan basado “en la penetración paulatina” haría de nuestra operación un asuntodudoso. Yo sabía que “penetrarían paulatinamente” no sólo nuestras formas, nuestras tradiciones,nuestro ambiente, sino también las tradiciones de la anarquía de Kuriazh. Los sabios de Járkov, alinsistir en la “penetración paulatina”, seguían aferrados, hablando sinceramente, a sus viejosmétodos de trabajo artesano: los buenos muchachos influirían saludablemente en los malos. Pero yosabía ya que, en una colectividad de formas orgánicas blandengues, los muchachos de la mejorcalidad se transforman fácilmente en fierecillas salvajes. Sin embargo, no divergía públicamente delcriterio de los “sabios”, calculando con matemática exactitud que el golpe decisivo terminaría antesde que comenzasen las diversas y graduales ingerencias. Pero los nuevos me estorbaban. Elinteligente Kudlati comprendía que era preciso prepararles para el traslado a Kuriazh con el mismocuidado que toda nuestra economía.Por ello, al salir para Kuriazh, al frente de un “destacamento mixto de vanguardia”, yo no podíadejar de pensar en la colonia con gran inquietud. Aunque Kalina Ivánovich había prometido teneren sus manos las riendas de la administración hasta el último instante, se encontraba abatido yabrumado ante la idea de la separación inminente, que lo único que podía hacer era dar vueltas entrelos muchachos, recordando con gran trabajo diversos detalles y olvidándolos en el acto, embargadopor su amargo dolor senil. Los colonos escuchaban atentos y cariñosos las disposiciones de KalinaIvánovich, respondían con un saludó recalcado y un animoso “a la orden”, pero en cuanto ocupabansus puestos de trabajo, se desprendían rápidamente del molesto sentimiento de lástima hacia el viejoy organizaban las cosas a su entender.Dejé a Kóval al frente de la colonia. A lo que más temía Kóval era a ser engañado por la comunaLunacharski, que heredaba de nosotros la finca, los campos sembrados y el molino. Losrepresentantes de la comuna iban y venían ya entre las distintas piezas del mecanismo de la colonia,y hacía ya mucho tiempo que la pelirroja barba del presidente Nesterenko contemplabadesconfiadamente a Kóval. Olia Vóronova no veía con buenos ojos los duelos diplomáticos de estosdos hombres y trataba de convencer a Nesterenko:
  
Nesterenko, vete a casa. ¿Qué temes? Aquí no hay ningún bribón. ¡Te digo que te vayas a casa!Nesterenko sonríe astutamente con los ojos, y señala a Kóval, rojo e irritado:
  
Oliechka, ¿tú conoces a este hombre? Es un kulak, un kulak por naturaleza...Kóval se turba, enrojece más aún y pronuncia con dificultad, pero con obstinación:
  
¿Y tú qué creías? ¡Hay que ver cuánto trabajo han invertido aquí los muchachos! ¿Y Yo deboregalártelo? ¿Por qué? ¿Porque eres de la comuna Lunacharski? ¡Tenéis la tripa llena y todavía oshacéis los pobretones!... ¡Pagad!...
  
Pero tú piénsalo: ¿cómo voy a pagarte?
  
¿Y por qué tengo que pensar yo en eso? En qué pensabas tú cuando yo te preguntaba:¿sembramos? Tú entonces te las dabas de gran señor: ¡sembrad! Pues bien, ¡paga ahora! Por el trigoy por el centeno, y por la remolacha...Ladeando un poco la cabeza, Nesterenko desata su bolsa de tabaco, busca algo en el fondo y sonríecon aire culpable:
  
Eso es justo, tienes razón... las semillas, claro está... Pero, ¿por qué quieres que pague el trabajo?Los muchachos podían, ¿cómo decirlo?, haber trabajado para la sociedad...Kóval salta furiosamente de la silla y, ya en la salida, se vuelve arrebatado, como si tuviera fiebre:
  
¿Y por qué razón, vagos del demonio? ¿Es que estáis enfermos? ¡Decís que sois de la comuna yabrís la boca para engullir el trabajo de unos niños!... ¡Si no pagáis, se lo daré a los deGonchárovka!Olia Vóronova despide a Nesterenko, y un cuarto de hora más tarde cuchichea en el jardín conKóval, armonizando gracias a un talento netamente femenil sus contradictorias simpatías por lacolonia y por la comuna. La colonia es para Olia, lo mismo que una madre y en la comuna, ella esquien domina manifiestamente, venciendo a los hombres con sus amplios conocimientosagronómicos, heredados de Shere, y ganando a las mujeres con una prédica tenaz y sarcásticaacerca de la emancipación femenina y utilizando, para casos y coyunturas difíciles, una especie degrupo de choque, compuesto por veinte muchachas y muchachos que la siguen como si fuese la
 
3Doncella de Orleáns. Olia conquistaba a la gente con su cultura, su energía, su fe animosa, y Kóval,viéndola, se jactaba:
  
¡Obra nuestra!Olia se sentía orgullosa del valioso regalo que la colonia Gorki legaba a la comuna Lunacharski enforma de hacienda ordenada, con un cultivo alternado de seis hojas y, sin embargo, este regalo erapara nosotros una catástrofe económica. En ningún lugar se siente la enorme significación deltrabajo invertido como en la agricultura. Nosotros sabíamos perfectamente lo que era extirpar lasmalas hierbas, organizar la rotación de cultivos, reparar, hacer cada pieza, conservar y mantenerlimpio cada pequeño elemento de este proceso lento, largo e invisible. Nuestra verdadera riquezaestaba en algo muy profundo, en el entretejido de las raíces de las plantas, en los establos habitualesy elaborados filosóficamente, en el corazón de estas ruedas, de estas varas, de estos timones y estasaspas, tan simples a primera vista. Y ahora, cuando había que abandonar muchas de estas cosas yarrancar otras muchas a la armonía general y embutirías en la estrechez de sofocantes vagones demercancías, se comprendía por qué una verdosa tristeza envolvía a Shere, por qué en susmovimientos había aparecido algo que recordaba a la víctima de un incendio.Sin embargo, la tristeza no impedía a Eduard Nikoláievich preparar metódico y tranquilo sus bienespara el viaje, y yo, al marchar a Járkov con el destacamento mixto, rehuía sin dolor su mustia figura.En torno nuestro, los colonos, excesivamente ruidosos y alegres, giraban como elfos.Finalizaban las horas más felices de mi vida. Ahora deploro a veces por qué no me detuve entoncescon reconcentrada atención, por qué no me obligué a contemplar intensamente aquella vidamagnífica, por qué no grabé en mi memoria para siempre las luces, y las líneas, y los colores decada minuto, de cada movimiento, de cada palabra.Entonces me parecía que ciento veinte colonos no eran simplemente ciento veinte niñosdesamparados que habían hallado albergue y trabajo. No, eran centenares de esfuerzos éticos,centenares de energías musicalmente armónicas, centenares de lluvias bienhechoras, que hasta lapropia naturaleza, esta mujer enfática y soberbia, espera con impaciencia y alegría.En aquellos días era difícil ver a algún colono que anduviera tranquilamente. Todos habíanadquirido la costumbre de correr de un lado para otro, de saltar como golondrinas, con el mismodiligente gorjeo, con la misma disciplina clara y feliz y la misma belleza de movimientos. Hubo uninstante en que yo incluso pequé y me dije: para la gente dichosa no es necesario ningún poder; losustituirá este instinto tan alegre, tan nuevo, tan humano, cuando cada hombre sepa exactamentequé debe hacer, cómo hacerlo y para qué hacerlo. Así pensaba yo a veces. Sin embargo, la réplicade algún Aliosha Vólkov, que volvía, descontento, su rostro con manchas hacia el lugar de laalarma, me hacía descender rápidamente de las alturas anarquistas:
  
¿Qué estás haciendo, pedazo de atún? ¿Qué clavos utilizas para cerrar ese cajón? ¿Es que tú creesque los clavos de tres pulgadas están tirados por la calle?Enérgico y acalorado, el pequeñuelo deja caer, en un gesto impotente, el martillo y se rasca con él,perplejo, el talón desnudo:
  
¿Cómo? ¿Pues cuántas pulgadas deben tener?
  
Para eso existen los clavos viejos, ¿comprendes?, los clavos usados. ¡Espera!... ¿Y de dónde hassacado éstos?Es decir... ¡ha comenzado! Vólkov ya ha caído sobre el pequeñuelo y analiza iracundo su ser, quede pronto ha resultado en contradicción con la idea de los clavos nuevos de tres pulgadas.¡Sí! ¡Aún hay tragedias en el mundo!¡Hay muchos que no saben qué son los clavos usados!Por medio de diversos e ingeniosos métodos hay que arrancarlos de tablas viejas, de cosas rotas ymuertas, y de ahí salen reumáticamente torcidos, herrumbrosos, con las cabecitas deformes, con laspuntas estropeadas, a veces doblados en dos, en tres, frecuentemente en forma de tirabuzón o denudos, que no podría hacer a propósito ni el cerrajero de más talento. Hay que enderezarlos con elmartillo sobre un pedazo de raíl, sentado en cuclillas y dándose con frecuencia en los dedos y no enel clavo. Y, después, al emplear de nuevo estos clavos viejos, se doblan, se rompen y no penetrandonde hace falta. Quizá por eso los muchachos de la colonia aborrecen los clavos viejos y realizansospechosos negocios con los nuevos, sentando el comienzo de procesos judiciales y profanando lacausa grande y alegre de la marcha a Kuriazh.¿Ahora bien, se trataba solamente de los clavos? Todas estas mesas sin barnizar, estos bancos de losmodelos más diversos, esta enorme cantidad de diferentes banquetas, de viejas ruedas, de hormas decalzado, de cepilladoras desgastadas, de libros rotos, todo este poso de la vida quieta y de losintereses económicos hería nuestra bizarra cruzada... Pero daba lástima abandonarlo.¡Y los muchachos nuevos! Empezaban a dolerme los ojos cuando veía sus figuras mal cortadas,extrañas. ¿No sería mejor dejarles aquí, cedérselos a alguna casa pobre de niños, deslizando en

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