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Alain Fournier
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Librodot El gran Meaulnes Alain Fournier
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 A mi hermana Isabelle
 
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Capítulo PrimeroEL NUEVO PENSIONISTA
Llegó a casa un domingo de noviembre, en 189...Sigo llamándola "mi casa", a pesar de que ya no lo sea. Pronto hará quince años queabandonamos el pueblo y probablemente no volvamos nunca.Vivíamos en los edificios del Curso Superior de SainteAgathe.Mi padre, el "señor Seurel", como yo lo llamaba, igual que los demás alumnos,-'era',allí director del curso superior preparatorio para la carrera de maestro, y allí también delcurso medio. Mi madre dictaba clase para los más pequeños.Una espaciosa casa roja, ubicada en el límite del lugar, vestida de enredadera y concinco enormes puertas de vidrio; un patio inmenso, con lavadero y sitios especiales pararecreo, que se abría al pueblo por un gran portal; por el extremo norte, una cancela daba ala carretera que llevaba a La tare, a tres kilómetros de allí; por detrás, al sur, campos,prados, jardines que se extendían hasta los suburbios... ésa es la imagen de la mansióndonde transcurrieron los momentos más preciosos e inquietos de mi vida; mansión de laque se marcharon y donde volvieron a golpear nuestras aventuras, como lo hacen las olasque se enfrentan a un peñasco árido. El azar de los traslados, la decisión de un inspector ode un prefecto, nos había instalado allí. Hace ya mucho tiempo, al concluir nuestrasvacaciones, un rústico carruaje al que seguía el equipaje nos había dejado, a mi madre y ami, frente a la herrumbrada verja. Al vernos, unos chiquillos que estaban robandoduraznos del jardín escaparon en silencio por los huecos del cerco... Mi madre, a quienllamábamos Millie, y que era la más metódica ama de casa que pueda haber conocido,entró rápidamente en los cuartos repletos de paja polvorienta y comprobó, -desesperada -como le sucedía en cada mudanza- que los muebles que llevábamos nunca podríanubicarse en una casa tan mal construida como ésa... Salió para contarme el motivo de sutristeza, limpiándome mientras tanto la cara infantil ennegrecida por el largo viaje, contoda su suavidad en el pañuelo. Luego entró nuevamente, decidida a analizar cuántasaberturas tendríamos que sacrificar para que la vivienda pudiera ser habitable. Yo mequedé afuera, tapado por mi encintado y gran sombrero de paja, sobre el piso de granzade aquel extraño patio, y observando tímidamente, mientras esperaba, los alrededores delpozo y los bajos upa cobertizo.Así fue nuestra llegada, o. al menos, así puedo imaginarla hoy. Y cuando quieroevocar el recuerdo ya lejano de la primera tarde de espera en el patio d: SaínteAgathe,son otras las esperas que llegan a mi memoria y me veo con las manos apretadas a losbarrotes del portón, observando ansiosamente a alguien que se acerca por la calle Mayor.Y si deseo evocar la primera noche que tuve que pasar en el desván, entre losgraneros del primer piso, me siento invadido por el recuerdo Ce, otras noches; y no puedo
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