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EL RINCÓN DEL RIESGOJuan Guillermo Rivera BerríoRiesgo inminente de muerte y la toma de decisiones
En algunos rincones he afirmado que la comunicación del riesgo no es efectiva, en tantoque está mediada, generalmente, por representaciones poco efectivas del riesgo. Noobstante debo reconocer que esta no es la regla general. En el caso de comunicación delriesgo, en el contexto de la salud, se presentan situaciones que poco se parecen a otrasenmarcadas en riesgos categorizados como lejanos, poco conocidos o de cualquier otracategoría antes discutida.
The psychological literature is rich with studies that could be used to improve risk communication. However, the step from academic literature to clinical practice is not always an easy one
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El Riesgo inminente de muerte hace cil la comunicacn del riesgo, pero ¿cómocomunicarlo?, ¿cómo decirle a un paciente de cáncer que sus días están contados?, ¿cómodecirle a alguien que tiene el virus del SIDA? Interrogantes como estos se hacenfrecuentemente los profesionales de la salud.Sin embargo, sigo creyendo en la premisa que tanto he defendido: “la tormenta se vive enla tormenta”. El riesgo inminente de muerte se percibe en su más alto grado mediado por lacomunicación más efectiva, la experiencia… “el riesgo se vive en el riesgo mismo”. Estaafirmación no es difícil de sustentar, en tanto que nuestras propias experiencias así loevidencian. Quizás algunos de los que leen estas líneas habrán vivido experiencias cercanas1
O´Doherty, K., & Suthers, G. K. (2007). Risky Communication: Pitfalls in Counseling About Risk, and Howto Avoid Them.
 Journal of Genetic Counseling 
 
 , 16 
(4), 409-417.
 
a la muerte, de ser así no tendrán que leer mis propias experiencias para estar de acuerdocon mi afirmación. Quizá la mayoría de mis lectores han vivido las experiencias de laMedellín violenta de las últimas décadas del siglo pasado, su vida ha sido rica enexperiencias riesgosas y, en especial, en riesgos inminentes de muerte.A continuación compartiré algunas de esas experiencias, las cuales son comunes a muchosotros perceptores del riesgo.
Riesgo inminente de muerte porahogamiento
es mi primera experiencia. Deniño solía ir con mis amigos a las quebradaso riachuelos a bañarnos. Yo lo hacía siemprey cuando la profundidad no fuera superior ala altura de mis hombros… no sabía nadar.En una ocasn, mientras mis amigos jugueteaban en los alrededores, aproveché para tomarme un baño e imitar alos quesabían nadar. Lo cierto es que la profundidad sobrepasó mis hombros, micabeza y algunos centímetros más arriba.Riesgo inminente de muerte, fui conscientede mi muerte. Impotencia, pánico, miedo demorir. Sabía que iba a morir. Por más que intentaba salir a la superficie, no lo lograba, cadavez me faltaba el aire y no había forma de robar un poco de él, en las profundidades dondeme hallaba. Sentí que no había salvación y cuando llegué al punto de la resignación, cuandocomprendí que no había opción ni decisión válida, una mano amiga haló de mi cabelló ysalvó mi vida.
Riesgo inminente de muerte por asesinato
. Mi mundo ha sido rico en experienciasriesgosas, mi vida ha transcurrido en un mundo de riesgos más profanos que los enunciados por Beck 
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.Las décadas del 80 y del 90 del siglo pasado se caracterizaron por el clima de
2Ulrich Beck, sociólogo alemán, autor del libro “La sociedad del riesgo”
 
violencia que desató del narcotráfico en mi ciudad. Coches bomba, masacres, policíasasesinados, enfrentamientos entre pandillas, alimentaban los titulares de los periódicos delmundo. Éramos conscientes del riesgo, su percepción estaba en el más alto nivel y, al ser  parte de nuestra vida cotidiana, actuábamos conforme a las situaciones riesgosas. Era unriesgo transitar en la noche, ir detrás de un carro de la policía, ir a una fiesta. Era riesgosoestar solo o en las multitudes.Cierta noche escuché el sonido, yacomún, de disparos… muchos disparos.Recordé que mi hija, en ese entonces desiete años, estaba en casa de mi hermanaa unas cuantas calles de la mía. Salí a buscarla. En una calle, comúnmenteconcurrida, me sorprendí al verla vacía,mi sorpresa era por la hora, apenas eranlas ocho de la noche. De pronto noté la presencia de un auto a mi lado, dirigí mivista hacia él. Brotó de eso quellaman pánico. Desde el auto susocupantes dirigían sus armas hacia a mí.Sus caras reflejaban indecisión.¿Disparamos?, parecía ser la preguntaque se hacían. En medio de esta imagensiniestra, vino a mi mente el sonido delos disparos antes escuchados, sonidosque mi cerebro relacionaron con elsilencio y la soledad del sitio y con los recuerdos de las masacres comunes en mi ciudad.Todo ello en fracciones de segundo. Este escenario neuronal o mental dejó como resultadoel pánico. Mis piernas flaqueaban, ¿qué hacer?, la verdad… nada. No se me ocurría nada,era inútil correr o detenerse ¿pedir clemencia?, pero ¿por qué? Mi única opción, mi únicadecisión fue seguir caminando, lo cual hice con un gran esfuerzo, tratando de aparentar normalidad… una falsa normalidad. Estaba percibiendo el riesgo inminente de muerte. La

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