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El Demonio de Maxwell

El Demonio de Maxwell

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Progress demands sacrifice.

By R. Taro
Progress demands sacrifice.

By R. Taro

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Published by: José Abraham Rangel Cuéllar on May 18, 2011
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12/05/2012

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El demonio de Maxwell
Parte I. Paraíso
Minna contempló de nuevo su reloj. Era la quinta vez que lo revisaba en losúltimos cuarenta minutos; suspiró impaciente y se arregló por centésima vez el vestido.Miró con hastío el cuarto en donde se encontraba, como si en los últimos dos minutosalgo hubiera podido cambiar de sitio, pero todo se encontraba exactamente donde lorecordaba: la mesa de café con revistas atrasadas de
Mundo Científico 
y
Ciencia de Materiales 
, el otro sillón cuyo tapizado hacía juego con el que ella ocupaba, los cuadros,afiches de congresos y eventos científicos que adornaban las paredes, inclusive laenorme planta de género indefinido que adornaba de forma sombría la esquina… Sí –pensó Minna para sus adentros – era una habitación harto diminuta y aburrida.Minna suspiró resignada, ya llevaba más de una hora esperando; luego pensó,tratando de convencerse a sí misma que éste era el precio que se tenía que pagar cuandose trataba de entrevistar a alguien demasiado famoso y ocupado. Para pasar el tiempo,revisó una vez más que la pequeña grabadora que llevaba en su bolso tuviera pilas yfuncionara de forma adecuada y luego realizó un repaso mental de la información quehabía investigado como preparativo a su entrevista.Se encontraba allí para entrevistar al Dr. Theodore Hank Andrews. Corrección –pensó Minna – al Dr. Hank Andrews. – Aparentemente le desagrada que lo llamen por suprimer nombre. El Dr. Andrews es un experto en Física de Materiales y se dedica alestudio y aplicaciones de la cuántica a la ingeniería de nanodiseño. Aún cuando en laactualidad encabezaba su propio grupo de investigación en el M.I.T., anteriormente habíatrabajado bajo la tutela del Profesor Arthur Ian Folly en su investigación sobre la materiaespecular y la energía obscura.La investigación del Profesor Folly había prometido grandes avances tecnológicosy científicos para la humanidad, contando con el apoyo de altas esferas dentro delgobierno e inclusive se rumoraba que el ejército, el departamento de defensa y seguridadnacional se encontraban involucrados; pero por desgracia dicha investigación se habíaestancado hace un par de años y nada concreto se había obtenido de ella.Luego, cuando todo parecía relegado al olvido, ocurrió una terrible tragedia. Unextraño accidente en el acelerador de antipartículas había destruido gran parte dellaboratorio del Profesor Folly y acabado con las vidas de más de la mitad del grupo deinvestigadores. El mismo Profesor Folly había fallecido en el incidente.Esto había sido un revés terrible para el proyecto, ya que el investigadorsobreviviente de mayor rango había sido el Dr. Andrews, el cual era considerado casi unneófito en aquel entonces ya que apenas había terminado sus estudios de post doctoradounos años antes. Peor aún, el golpe a nivel personal había sido aún mayor, ya que elProfesor Folly había sido para el Dr. Andrews algo más que un mentor, había sido unamigo entrañable e inclusive una figura paterna.
 
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Con años de investigación perdidos, la mitad de su personal hospitalizado o peor yla irreparable pérdida de su más querido mentor, todos hubieran supuesto que la carreradel Dr. Andrews se encontraba en su punto más bajo y tal vez, inclusive acabada, perode forma casi milagrosa había sabido sobreponerse a la adversidad y cual mítico fénix,elevarse de las cenizas del pasado hacia cimas insospechadas.En apenas el transcurso de un año el Dr. Andrews había recuperado lainvestigación perdida y bajo su tutela habían realizado grandes avances al punto que sedecía que era el favorito en Estocolmo y el único candidato posible al próximo premioNobel; pero no solo eso, además, el Dr. Andrews había pasado de ser un investigadorprácticamente desconocido a tener el estatus actual de celebridad a los ojos del público,ya que su trágica historia de pérdida y redención le habían granjeado el afecto yadmiración de muchísimas personas a lo largo del globo.Ese es el hombre que voy a entrevistar – se dijo a sí misma Minna – me preguntócómo será realmente el hombre detrás del mito… En ese momento sus pensamientos sevieron interrumpidos cuando escuchó unos golpecitos en la puerta:- ¿Señorita Ramsey? – preguntó una voz al otro lado de la puerta – El Dr. Andrewsya se encuentra disponible, por favor pase. Minna se arregló de nuevo el vestido yrespirando hondo, pasó a la siguiente habitación.Minna entró a la oficina del Dr. Andrews y se permitió un vistazo rápido a sualrededor, ya que en muchas ocasiones, el lugar donde una persona trabaja puederevelar importantes pistas sobre su personalidad. La oficina en cuestión y todos susnumerosos adornos se encontraba curiosamente desordenados. Los libros, en variosidiomas, se apilaban unos sobre otros como si fueran continuamente consultados yapilados sin previo aviso, los papeles con fórmulas y anotaciones se dejaban ver casiprácticamente sobre cualquier superficie y los post-its con notas se encontraban pegadosde los más insospechados lugares, en conclusión, la oficina de un desordenado y caóticogenio.Pero aparte de lo que esperaba encontrar, lo que sorprendió a Minna fueron losobjetos que no esperaba encontrar: varios móviles y péndulos de acero que captaban suatención con sus rítmicos traqueteos y chasquidos, cuadros Ukiyo-e e inclusive algunasfiguras de origami que junto con uno que otro colorido alebrije, cual fantástico zoológicode madera y papel, animaban la habitación. Minna rectificó su opinión, era la oficina de undesordenado y caótico pero creativo genio.En ese momento, el Dr. Andrews entró por la otra puerta de la habitación y Minnano pudo evitar sorprenderse una vez más. Se podría decir que el Dr. Andrews no era niremotamente como se lo hubiera imaginado. La persona que entró en la oficina era deconsiderable estatura y fornida constitución; tanto que la primera impresión que tuvoMinna era la de un rabino como salen en las películas, de largos e intrincados rizos
 
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castaños, abundante barba y lentes de armazón que escondían la melancólica mirada deunos ojos que aparentaban nunca estar del todo abiertos o cerrados.Pero ésta impresión fue rápidamente desechada por su atuendo, a diferencia delos rabinos de las películas que visten de impecable traje y sombrero negro, el Dr.Andrews vestía unos descuidados pantalones bombachos de gabardina caqui, unacamisa negra de corte Hawaiano con estampados de grandes flores rojas y unos tenis decolor gris que se encontraban aparentemente a medio amarrar. El curioso atuendo locompletaba una larga y pesada cadena para cartera del lado del bolsillo derecho, unabata de laboratorio sin abotonar y unos lentes de protección obscuros como podríanusarse para soldar colgando descuidadamente de su cuello.Tal vez el Dr. Andrews, en sus tiempos mozos hubiera sido de complexión atlética,pero años de trabajar en la investigación teórica y descuidar el ejercicio habían dejado sumarca. Minna no pudo evitar pensar que tenía la complexión de un enorme oso depeluche y sonrió ligeramente; ahora entendía la razón por la cual no le gustaba su primernombre. Minna ocultó rápidamente la sonrisa que había aflorado a sus labios yextendiendo profesionalmente la mano dijo:- Buenos días Dr. Andrews. Soy la señorita Wilhemina Ramsey, vengo de parte delperiódico Times para entrevistarlo acerca de la investigación que realiza.- Buenos días Señorita Ramsey – le contestó el Dr. Andrews mientras le estrechaba lamano de forma gentil – por favor siéntese y por favor llámeme Hank, en realidad no megustan las formalidades.Esa era otra sorpresa que Minna no se esperaba. La voz del Dr. Andrews eraextraordinariamente dulce y suave, como si hablara siempre disculpándose de las cosasque ocurrían a su alrededor. En su subconsciente una idea comenzó a tomar forma.Minna tomó la grabadora de su bolsillo y la puso en el centro del escritorio,esperando poder grabar cada palabra que se dijera en la conversación. No tenía niescasos segundos que la había encendido cuando pudo ver como el Dr. Andrews mirabaa la grabadora como si se tratara de una ponzoñosa y repugnante araña que se hubierainstalado en el centro de la mesa. Al ver su consternación Minna le preguntó:- ¿Se encuentra todo bien, Dr. Andr… Hank?.El le dirigió una mirada arrepentida y le dijo – lo siento, es que todavía no estoyacostumbrado a que graben mis conversaciones – mientras tartamudeaba un poco,obviamente nervioso por la entrevista.Minna se sorprendió un poco por el carácter introvertido del Dr. Andrews y no pudoevitar pensar que se veía como un niño perdido y asustado al cual su instinto maternocompelía a proteger y cuidar. Esto cimentó un poco más la idea que había venidorevoloteando de forma subconsciente desde que inició la entrevista.

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