referidas. Para el caso es igual, el libro no pierde un ápice de su acerbacrítica y su implacable aire denunciador.
La agria crítica que Mirbeau lanza contra el clericalismo -”Leclericalisme, voilá l´ennemi”, solía él repetir- se apoya en tres puntos oángulos de ataque. Helos aquí: 1) La sangre derramada, a través de lossiglos, por la Iglesia católica: cruzadas, exterminación de los albigenses,guerras papales, hogueras inquisitoriales, etc. 2) Religión, igual a opio delpueblo y muy especialmente de la infancia. 3) Los grandes crímenes, quese cometen en los centros docentes o de caridad controlados por laIglesia. Entre estos crímenes destaca uno, hasta entonces impune, delque él puede dar fe: los abusos sexuales de los curas hacia suseducandos, que en muchos casos llegan a la violación.Merece la pena detenerse en cada uno de estos puntos. Elprimero de ellos, aunque no es nuevo en la literatura francesa-recordemos los nombres de Montaigne, Voltaire, Diderot, los filósofosilustrados, etc.-, ni termina con Mirbeau, -recordemos a Anatole France,Sartre, Camus, Onfray, etc.-, adquiere en Mirbeau un énfasis especial. Elsegundo tampoco es nuevo, pero nuestro autor tiene el enorme mérito demostrarnos los diferentes métodos de administración de ese cotidianoopio en los colegios: la confesión, -ese gran invento de la Iglesia paradominar los pueblos por los que ha pasado-, la enseñanza -todaarcaizante y plagada de conocimientos inútiles y ausencia de losnecesarios-, los recreos y paseos más o menos guiados, las romerías alugares sagrados -tal la de santa Ana d´Auray con todo detalle narradaen el libro-, la profusión de leyendas piadoso-idiotizantes que día tras díaiban vertiendo los curas en sus alumnos. Sólo una como ejemplo: la delturco que llegó a Francia sin saber una palabra de francés. Bastó con quealguien le pusiera en la lengua una medallita de santa Ana para quecomenzara hablar la lengua de Molière mejor que muchos franceses y seconvirtiera al catolicismo inmediatamente. Todo esto, nos dice Mirbeau,ayuda a la indigestión de la mente y, consecuencia, a la imbecilidadprogramada. Es lo que nuestro autor califica de “educastración“. Pero esen el tercer punto, el de los grandes abusos sexuales en los colegioscontrolados por la Iglesia, donde Mirbeau pone todo su empeño yconsigue su mayor efecto denunciador. Además de romper un tabú -él esel primero que se atreve a hablar de este tema-, acierta crear un nuevogénero o subgénero literario -el de la novela de niños en colegios decuras-, que incluso logra exportar al extranjero y, pocos años más tarde,tendrá en España, en las plumas de Pérez de Ayala, Azaña y Gabriel Miró,sus mejores seguidores.
A estos tres frentes de ataque, ya estudiados por la crítica -muyespecialmente por Pierre Michel, especialista en Mirbeau-, yo añadiríaotro más: la puesta en evidencia de la redomada hipocresía clerical. Eneste aspecto el capítulo relativo a la expulsión de Sebastián del colegio jesuítico de Vannes es el más acabado ejemplo de hasta qué extremos defineza y perfección puede llegar dicha hipocresía. Baste señalar que,antes de que el niño ponga los pies en la calle, el cura que hasta
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