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Entretelas (minicuentos)

Entretelas (minicuentos)

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ocho minicuentos de Jaime Alejandro Rodríguez
ocho minicuentos de Jaime Alejandro Rodríguez

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Published by: Jaime Alejandro Rodríguez Ruiz on May 22, 2011
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05/22/2011

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text

original

 
Revi
s
ta
Jave
ríana
Junio
2000
ENTRET'EkAS
(mini-
relatos)
Por
Jaime
Alejandro Rodríguez
Ruiz
UN
INSTANf.E
DE
SU PIEL
Su
piel
demasiado
blanca,
al
comienzo
cegó
mis
ojos.
A
!rdvés de
aquella
transparencia,cruzada por
co
rdones
azules,
vi
correr
su
sangre
y
vi
fluir
(ambién,
el
pequeño
río
acanalado
quecOlllemplábamo
s
desde
el
pueme.'Quisiera quedarme
en
esta paz,
en
esta
paT.
..
.',
dijo
,yenmudecióenseguida. Pcnst:'la
vida no
es
otra
cosa
que
el
deseo
dees
tos
instames, ipor
qué,
cnronces,
no
somos
capacesde
agarrarnosa
unode
e
llos
hasta
elfinal
? El arroyuelo
trajo
en
sus
aguasun
cuer
po
e
xtraño
(¿untrapo, un
perromuerto?)
y
su
piel
emiti
ó
un
sobresalto.
Me
alejéunos
pasos
para
dejarla
.
sola.
Su
cabello
rubio,esponjoso,
lastimaba
el
grisde
una
(,
Irde que
moría
de gana
s
porllove
r.
A unos
merros
,
el
irlfierno
de
l
as
caIJes
atemaba contra nuestra tierna tranquilidadyen
la
bas
edel puente
alcancé
a
derec(ar
la
oscura
pre
s
encia de
una
rata
.
Volvl
mis
ojoshacia
su
cabe
l<
1 y
a
encontrécoronada demosquiros
de
invi
e
rno:
miles
de
ellos
lasobrevolaban.
Un
auto
cruzó
la
calle
y seinternó
en
el
garaje de
uno
de
los
e
dificios
del
secror.
Susojos
lloraron
silenciosos.
un
grufiir
de
Ilalllas
y
luego
un
ínsulro.
Sucabellodejó
deondular. Una
gota
grandemanchó
el
pavimento.sonó
alguna alarma
y,
al
[iempo.la
piel
de
sus
mejillas
secomra
jo
conviolencia.
Cuando
los
pitos
de
los
carros
chi
llaroncon
más
fu
e
rza,
vi
v~rias
r
aras
alrededo
r,
royen
dosus
zap
atos
.
El
o
nosmosrró
orra de
sus
víctimas
(¿un
trapo.
un
perro muerto?),
el
cielo
se
desplomó y
no
se
escuchónada
más
que
el
ruido
de
lo
struenos
celestiales.
Corrí a refugiarmey
desde
la
poncrfa
del
edificio contemplé
el
deterioro
final de
su
figura.
Pen
sé:
"vendráa escampar jumo a.mí",
pero
no
lo
hizo.
De
s
us pi
es
broló
la
sangre.
En
una sola
ma
sa
se
fundió
el
rojo,
el
café
y
el
ne
gro
y
luego
el
dorado
de
sus
cabdlos.Grité:'corre,corre',
pero
Se
quedó enganchadaa
su
mom
ento.
ESPEJISMO
Ha sido
cllímite
spróximo
al
umbral de
la
alte
ridad
al
qu
e
he
podido
llegar:
Por
cos
tu
m
bre
y(ambién por
nece
s
idad.
le
vanté
los
ojos
hacia
el
espejo
retr
ov
is
or d
el
autobús donde
viajaba
de
regreso
a
la
ciu
dad
.Entonces
la
vi:la
imagen
de
su
ro
s
tro
jo
ven
y
fresco
desrro7
la
sintenciones
de
dormir
con
que
había
planeado
aliviar
Ull
poco
el
largo
itinerario que
me
esperaba.
La
percepci
ón
de su
freme
confirmó
la
bellC7..l.
presclllida
en
su
primer
perfil. Pero
hubo
algo
extraordinario:
susojos
descubri
er
on
mi
refl
e
jo
con
una
familiaridad
que
yo
al
co
mienzo
me
figuré
equivocada. ln(crué re
volverenmi
mente
para
enconrrar
el
indicio
de
algúnrecu
e
rdo,
p
ero
noco
nse
guíotra
cosa
que
el
d
es
concierto.Se
inició
una
comunicac
ión
muda. pero
feliz,
ba5ada
apenas
enel
sutil
dom
inio
del
,
gesro.
Lo
dijimos todo
en
aquel
corro idilioluminoso.De
alguna
man
e
ra
,
el
paisaje
de
la
carr
ere
ra,
el
aromaa (ierra calientesucc
ionad
opor
las
ventanillas,
el
colord
el
trópico adormilado y
las
oleadas
de
perfu
me-sal
con
que
aún
el
mar penetraba
mi
nostalgia y
mi
tristeza;
todo
eso, fertilizó
la
posibilidad
de
nuestro amor; un amor
intenso
,pero
ficticio,
porque, cuando
óalfinó
el
sol
ocultó
sin
piedad
su
mirada,
el
bus
quedó
en
penumbras y
el
espejo
se
transformó
en
un ojo
ciego,
ocioso
y
cruel.
Pese
a
todo,
ninguno
de
los
dos arriesgó
la
certezadel
ouo
y
la
oscuridad
y
el
silencio de
la
noclleacabaronpor emerrar
el
espejismo.
Cuando desperté,decidido a
buscarla,
la
nifia
ya
no
emba
en su
sitio: algún pueblitoperdido
de
la
ruta,
durame
la
noche. hablareclamado
su
posesión
.
Las
horas que escoltaron
después
mi
sole
dad provocaron
la
amargura insoporrable
en
un
viaje
que
demoró mucho
más
que
lo
esperado.
Perono
era
la
tardanza
lo
que
lacerabamialma;
en
realidad
habría
prefe
rido
no llegar.
VERANO
Aunque extenuada por
el
calor y por
una
agotadora jornada
de
trabajo. Gloria
novioló
la
costumbre
de
redactar
los
sucesos
del
dla y
se
encaminó
hacia
el
cuarto
de
esrud
io
antes
de
acostarse
.
Las
frases
insulsas
fluyeron
como
las gOtas
de
sudor sobre
su
frente. Tras concluir,
quiso
repasar
la
página,
pero
sintió
de nuevo
los
rigores
del
cansancio.Cerró
el
diario,
dejó
el
escrimcio
y
se
dirigió a
la
alcoba.
Adentro. comprobó
que
la
ventilac
ión
artificial
no
funcionaba.
OptÓ por
laapada.
MecánicamelHe,
colocó
su
peluca
sobre
el
rocador;
se
desvistiócon
RevistaJavenana
Junio
2000
dificultad, padeciendo
el
despojamiento
de
cada prenda;
se
quitó
las
pes
rañas
postizas
y
las
guardó
en
el
estuche.
lo
mismo
hjw
con
las
uñas; echó
las
cajas de
dientes
en
el
vaso
conagua
colocado sobre
la
mesa
de
noche.arrancó
la
máscara
quecubría
su
rostro,
colgó
la
piel
de
su
cuerpo
en
el
ganchodispuesto
en
el
envés
de
la
puerta y
luego
decidió arroparse apenas con
la
sábana,
pues
el
ahogo
era
ya
insoportable.
ODISEA CON MISHIMA.
Sucedió
asl: 
Acababa de
pasar
por
una
crisis
emocional muy
fuerte
cuando,por asumas
de
trabajo, 
tuve
qw;
viajar
por
aire.
Ya
acomodado
en 
el
inreriC?r
dd
avión, ajusté
mi
cinturón
de 
seguridad,
saqué
el
libro
que
había compra
do
hada unos
dlas
y
me
hundl en
su
lectura. Nada
más
coincidentecon
mi
escado
de 
ánimo
de
entonces que
esa
novela:
El
pabellón
de
oro
de
Mishima
que.
enun
rono 
depresivo
,narra
la
historia personal
de 
Mizogguchi.
un
muchacho torpe ytartamudo
óa
causa de un
traumatismo psicológico-,
afligido
por un complejo
de
inferioridad
tan
parecido
al
que
yo
sufría que
en mi
alma
empezó a resonar
esa
imagen
del 
joven
japonés arrodillado
en
el
monas[erio 
de
Rokuonji como
si
hubiese
sido
extraída. 
de
mi
propia memoria. Tal
vez
por
eso,
ni
siquiera
me
percaté
del 
momento
en
que.
ya
completo
el
cupo.
el 
avión decoló
y mucho menos
del
tipo
de 
personas
que
lo
hablan abordado. Afuera. 
la
noche parecía
haber
se
adelantado,
el 
402
403
 
Rev
i
staJaveriana
Junio
2000
tiempo
estaba
terrible,
los
avisos de
adver­tencia
no
se
apagaban
y
el
avión
se
vio
sacudido
varias veces
por
los
embates
de
un
viento tormentoso que amenazaba constantemente
la
estabilidad
de
la
aeronave.
En
el
salón, sin
embargo,
no
se
escuchaba
ni
un
suspiro. Inmerso
en
la
lectura,
yo
ni
siquiera
me
inmutaba
y
los
demás
pasaje­ros,
adiestrados
en
el
arre
de
la
inamovilidad,
no
emitieron
ni un
sonido,
ni
una
seílalde
pánico por
lo
que, en
cualquierotracircunstancia,
se
habrla asumido como
una
situación
de
real
emergencia.Cuando
los
truenos
se
hicieron
más fre­
cuemcs
y
la
lluvia
empezóa
rasguñar con
furia
el
fuselaje
del
avión,
yo
estabaen
medio
del
Monaslerio, acompañando aTsurukawa y a Mizogguchi
en
alguna
se­
sión
deensefianza
.A
esa
ahura
me
encontraba absoJmamente idemificado
con
el
terrible dolor
del
muchacho, quien
ya
no
podía amar y
se
sentía
molesto por
la
perve
rsa
ironía
de
su
amigo
Kashiwagi.
Habíacomenzado
ya
a manifestar
esa
paranoia
enfermi7.a
que
lo
llevaría
a destruir
su
ídolo,
en
una desesperada
tcntativa por
zafarsede
su
paralizadora influencia, que
le
impedía
scr
libre
deverdad.
Así,
en ese
eSlado.
imposiblc
at
.ender
el
llamado
del
piloro
a permanecer alma
(que
tampoco
los
demás
pasajeros parecíanconsiderar). Cualquiera
que
observase
la
escena
habría creído
queen
el
avión
nohabía
pasajeros,
s
ino
muñecos,
quizás
maniquíes,
dispucsros
para
algún simuJacro.
Cuando
el
primer mOor
se
incendió,
yo
estaba
en
realidad
abismado
en
medio
del
rempl
.oque ahora
hao!a
empezado a arder por
obra
de Miwggudli,
de
modo que confundí
las
llamas
que lamían
la
ventanilla con
las
danzantes
Icnguas
defuego
que empezabana consumir
el
santuario,
y
el
calor
y
el
estremecimicnto queempezarona apode
rarse de
la
nave
con
el
q u c
.
~intj6
Miwgguchitratando
de
huir,
y
hasta losí
como
el
muchacho que ahora.
se
lanzaba
en
unadesati nada
carrera
.
.Sólo cmonces,
alcé
la
vista,
y
vi
a
mi
lado,
casi
sin
sorpresa, a Tsurukawa;
miré
hacia
atrás
y
reconocí a
Kashiwagi
y
más allá
aMariko y a Yokobutu
y
al
Prior: ¡todos
esraban
allí!
En
ese
momemo
me
asusté
deveras,alcancé
a pensar
que
la
lectura
me
había
rransportado
hasta
el
lugar
de
los
hechos,
y
entonces intenré pararme, pero
el
cimurón
me
haló
de
nuevo
al
asiento.
Re­
cobré
asf
la
conciencia, aunque sólo por
un
instante, porque enseguida
me
desmayé
y
no
pude
por
eso
ser
testigo
del forzosoaterri7.ajequc,
gracias
a
la
pericia
del
piloto,
se
IIcvó
a
cabo,
alli,
en
medio
de
una trodu.
cerca
dc
la
montaña,a
pocos
kilómetros
del
aeropuerto;
ni
del rescate que
se
efectuó a
los
pocosminutos,
con
el
cual
pudo poner
se
a
salvo
la
misión
japonesa quc
visitaba
la
zona,
)'
que
había
abordado, por puracoincidencia,
el
mismo
avión
que
yo.
Despené
enel
hospiral, acompañado por
mis
hijos y por
mi
mujer, quienes
mc
,contaron
lo
sucedido
y
también que
el
único enser que pudieron recuperar
de
mi
equipaje
fue
c1libro
de
Mishima,
del
que,aún
en
mi
inconsciencia,
no
quise
de
sprenderme.
PROCEDIMIENTO
Evita
el
mediod!a.
Si
encuentras
el
powapropiado
ya
hecho,
deslfzate
por
él.
Una
vez
ahajo
y
en
la
oscuridad, permanece
un
tiempo
(el
que
sea
necesario,
el
que
quieras)contemplando
el
fenómeno.
El
momentO
del ascensoserá
tu prerrogariva.
Si,
cn
cambio,
no has
descubiertoalgunoque
sea
apropiado,
dispólHe
a consrruirlo yrecuerda quc
no hay
nada
más
emocionan
t(!,
para
nuestra conciencia urbana,
qU(:
horadar
la
rierra.
La
herranlÍema
eslo
demenos.
Ojalá
puedas hacerlo
acampo
abier­
ro:
la
presencia
de
edificios
puede estropear
el
experimemo.
Erige
la
excavación
de
tal
manera que
su
diámelro
sea
al
menos
el
triple
de tu
propia circunferencia
(estO
faci­
lilará
el
descenso
y
también
la
observación)
y
su
profundidad
alcance
lo
necesariopara
que
la
luz
del
sol
ya
no
ilumine
el
interior.
Luego,
asegúrate
de
inundarlo hasta que
se
forme un
embalse
estable
que
puedas go­
bernar. Entonces
deslízate
por
el
espacio
y
conrempla
la
maravilla
.
Esrc
procedimiento,
si
has
comprendido, ocualquier
OHO
esencialmente equivalente,
te
servirá
para mirar
estrellas
en
el
dfa.
EL
OTRO
Lejosde
su
pensamiento
la
ideade retornar.
Al
principio
había
asumido
su nueva
condición (no
tan
nueva
cuando
me
relató
su
hisroria)
con
tal
entusiasmo,
que,
por
un
tiempo,
lo
s
primeros
años,
logró olvidarlotodo
y
habituarse a
los
inconvenientes
ob­
vios
gen
erados
de
su
osadía.
Pero,después.
RevistaJaveriana
Junio
2000
ecosde
su
pasado
imentaron romper
la
resistencia por
el
flanco
más
débil
de
su
personalidad:
la
nostalgia.
La
imagen
de sus
padres
y
de sus
hermanos-sobre todo
delmayor, en
quien
sefiaba
con
una
creenciaciega-;
los
rosrros
de
antiguos amores algunos
de
los
cuales
reposan
aún,
papel
chitcado,
en
bolsillos
interiores
de
su
bille­
tcra-;
el
recuerdo
de
los
amigos
de
infancia
y
de
adolescencia y
luego
de
trabajo;
el
barrio,
las
ficstas,
el
estudio,
el
periódicodonde componía
la
página
de avisos de
defunción.Toda
una
vida
imerrumpida,
de
promo,
sin
atenuantes
ni
pesadumbre,
se
empeñaba
en
desfilar
por
su
memoria,
disfrazada
de
sueñoo
decara
conocida
en
la
calle
o
de
llamado insólito. Luchó contratodo
eso
y,
aunque
no
pudo
evirar
la
prc­senciade
aquellos
embates imprevisibles,
se
hizo más
fuene
cn
.
su
propiaconvicción.
Aquella
tarde
de
tragos
me
confió
su
gran
secrero: del
archivador
de
su
cuartodeestudio
sacóun
obiruario.
El
nombre
nome
dijo
nada
y
el
texto
no
podía
ser
más
convencional.
"Eseera yo".
me
aseguró
y
comenzóa llorar.
No
me
explicónada más.
tampoco
volvió
a
mCllciona
.r
el
tema
y
eva.dió
siempre
mi
curiosidad.
De
vez
en
cuando
lo
veo
allí,
scntado
ensu
silla,
freme
a
la
máquina
de
escribir, y
su
piel
se
templa,
su
VOl,
se
ahoga.
Entoncespuedo imaginar
su
desarraigo.
~I
lo
sabe:
conozco
su
historia,
la
he
indagado,
pero
tanlbién
sabe
que además
deestas
Hneas
in
éditas. ninguna otra
co
sa
se
ha
dicho
...
nise
dirá...
Sabe
rambién
qu
e
ya
no
puedercnunciara
su
otredad.
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