CAPÍTULO 1. EL MURO DEL MIEDO.
2traria, impulsados por puro instinto. Ya sabíamos, como se saben esascosas, con las tripas y el alma, que no podríamos escapar. Cien metros,cuarenta, treinta y cinco; sin mirar atrás olíamos lo cerca que estaba.Treinta, veinticinco, veinte metros apenas y nos fallaban las piernas yel corazón. Quince, diez, cinco y nada; nos engulló la tormenta bullente,el muro del miedo y ya no fuimos sino oscuridad. El terror nos atropellóel alma hasta tirarnos al suelo. Estaba ciego. Gritando llamaba a misamigos. Suponía que ellos intentaban lo mismo dentro de aquel estru-endo de mil tormentas y cien oscuridades. Extendí el brazo para buscar,arañando el aire demoníaco, cualquier hálito de vida. Me tiraron de lamuñeca con tanta fuerza que se me clavaron las rodillas en el barro yme desplomé hacia delante. Caí sobre algo húmedo y cálido, el cuerpode uno de mis amigos. Volví a gritar pero ni yo mismo me escuchaba.Lo único que pudimos hacer fue juntarnos, apretarnos en un solo ser decarne y esperar que el universo nos perdonara la vida. Nos invadió undolor como si nos aplastaran los huesos por los extremos a reventarlos.Primero los muslos, luego las piernas. Quise llorar y me pareció quese hundían los ojos en las cuencas, que la nariz desaparecía entre lasmejillas. Quise chillar pero la misma lengua y las encías palpitaban desufrimiento. Hasta la última brizna de aire de mis pulmones parecíaestar siendo aplastada por una prensa invisible y malvada. Me apaguépoco después, tirado en aquel barro, azotado por el huracán espantoso,envuelto en la rebullente tormenta, apretando a mis amigos que tam-poco se movían.
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