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Más allá de la tormenta.
De Miguel de Luís y Espinosa.9 de junio de 2011
 
Capítulo 1El muro del miedo.
Todo comenzó, deja que lo recuerde, en lo que llamábamos el mun-do real. Era verano, mediados de agosto seguramente y nos comían elcuello sudado las moscas. Habíamos caminado todo el día, mis amigosy yo, y nos preparábamos para pasar la noche sobre la pradera. Algo deningún modo digno de contarse tras más de cuarenta años si no fueraporque nuestros cálculos sobre el mapa señalaban una montaña y nue-stros ojos veían un llano. Además, estaba el muro del miedo. Carloslo había llamado así, jugando a ser más valiente que los demás. Sien-do, todavía, el mayor tenía que parecerlo aunque fuera por no hacerel ridículo. Si he de serte sincero el nombre nos parecía a todos de lomás adecuado. Porque verás, imagina una nube negra, rebullendo co-mo alquitrán puesto a hervir, que cubra el horizonte desde lo alto hastael firmamento. Y sin embargo, por encima de nuestras cabezas el restodel cielo resplandecía limpio. María estaba clavando la primera pique-ta mientras Lucía y yo íbamos extendiendo la tienda de campaña. En-tonces el viento huracanó. Nos golpeó primero con jirones de niebla quecomo fantasmas danzantes se desprendían del muro del miedo, volandoen espirales ululantes hacia nosotros. Siguió una furia de hojas y polvoquenosarrebalatiendadelasmanos.Luachil.Elmurodelmiedocorría hacia nuestro lado. Me gustaría poder contar que decidimos salircorriendo, pero sencillamente nos lanzamos a correr en dirección con-1
 
CAPÍTULO 1. EL MURO DEL MIEDO.
2traria, impulsados por puro instinto. Ya sabíamos, como se saben esascosas, con las tripas y el alma, que no podríamos escapar. Cien metros,cuarenta, treinta y cinco; sin mirar atrás olíamos lo cerca que estaba.Treinta, veinticinco, veinte metros apenas y nos fallaban las piernas yel corazón. Quince, diez, cinco y nada; nos engulló la tormenta bullente,el muro del miedo y ya no fuimos sino oscuridad. El terror nos atropellóel alma hasta tirarnos al suelo. Estaba ciego. Gritando llamaba a misamigos. Suponía que ellos intentaban lo mismo dentro de aquel estru-endo de mil tormentas y cien oscuridades. Extendí el brazo para buscar,arañando el aire demoníaco, cualquier hálito de vida. Me tiraron de lamuñeca con tanta fuerza que se me clavaron las rodillas en el barro yme desplomé hacia delante. Caí sobre algo húmedo y cálido, el cuerpode uno de mis amigos. Volví a gritar pero ni yo mismo me escuchaba.Lo único que pudimos hacer fue juntarnos, apretarnos en un solo ser decarne y esperar que el universo nos perdonara la vida. Nos invadió undolor como si nos aplastaran los huesos por los extremos a reventarlos.Primero los muslos, luego las piernas. Quise llorar y me pareció quese hundían los ojos en las cuencas, que la nariz desaparecía entre lasmejillas. Quise chillar pero la misma lengua y las encías palpitaban desufrimiento. Hasta la última brizna de aire de mis pulmones parecíaestar siendo aplastada por una prensa invisible y malvada. Me apaguépoco después, tirado en aquel barro, azotado por el huracán espantoso,envuelto en la rebullente tormenta, apretando a mis amigos que tam-poco se movían.
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