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Una niña llamada Ernestina[1]

Una niña llamada Ernestina[1]

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04/09/2014

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Enriqueta Flores
UNA NIÑA LLAMADAERNESTINA
EDITORIAL UNIVERSITARIA1
 
índice
Mi compañera de bancoEl barrioLa hija del aventurero Juan FranciscoLa separaciónLa novela de ErnestinaEl primer trimestreEl regresoEl fin de cursoDe nuevo juntos Cambios importantesDe hiel y de mielEl comienzo del adiósLa carta
 Pata mi nieta BernardineVon Irmer Heller, lahistoria de una niña queTal vez debió llamarse Esperanza
MI COMPANERA DE BANCOAntes ele que cierta persona, que no puedo nombrar, publique una novela en que yo aparezco como uno de los protagonistas, se me ocurrió la idea de pasar en limpio unoschamuscados
APUNTES
que empea escribir cuando,obligado por las circunstancias, tuve que someterme a untrasplante muy especial. Como no se trata de un Diario deVida, no pongo ninguna fecha y así puedo saltarme unmontón de semanas sin que nadie se dé cuenta. Sólo quetuve que pedirle ayuda a mi abuelita Mercedes para que mecorrigiera las taitas de ortografía; como ella está en elsecreto y figura en mis
APUNTES
, no le quedó otra alternativaque darse tiempo y armarse de paciencia para dejar loescrito más o menos claro y entendible, aunque me explicóque ella no había tenido valor para enmendar ciertos pasajesen que la redacción no andaba muy bien que digamos. Yo leagradecí la franqueza, porque voy a ser astrónomo y noescritor. Así que ella se quedó tranquila y yo muy contentode poder contar cómo conocí a Ernestina.Cuando uno no ha crecido lo suficiente, tiene que hacer todo lo que los mayores dicen que se debe hacer. Y lo peor es que no explican, los grandes, las razones para que uno no ponga los codos sobre la mesa, se deba comer toda la sopa yapagar la tele justo cuando viene el
 Jimán
.
 
Como yo tengodos hermanas harto mayores —que van para solteronas, porque tienen como veinte años y nadie ha querido casarsecon ellas— todos me echan la culpa a mí cuando aparecequebrado algún vidrio, se pierde del refrigerador alguna latade jugo o se descompone la radio de la cocina como si laRosalba, la Toya o el jardinero no tuvieran manos para tirar  piedras y hacer las ras cosas; claro que, a veces,casualmente hago alguna lesera, pero con tan mala suerte2
 
que me pillan al tiro; y lo peor es que no le puedo echar laculpa a Eyzaguirre —que es el perro de la casa, con patentey collar— porque las cosas que hace él tienen "su" marca y,aunque sean barbaridades, mis hermanas se las celebransiempre que no se haya comido sus zapatos o jugado con suscañeras. Fue así como sobre nadie de mi familia recayó eldelito de mi repitencia; todos —incluso el Profesor Jefe— decidieron que el único responsable era yo, aunque todavíano capto que, al mismo tiempo, me trataran de irresponsable.Me llamaron la atención como tres días seguidos no con palabras, sino con sus miradas de reprobación, todos los decasa; y la mame dio unos coscorrones bien fuertescuando, al tratar de aminorar mi culpa, le pregunté al papá siacaso él nunca había repetido curso cuando estaba en laescuela; como se atorara con el
 sánguche
que se estabacomiendo, no pudo contestarme; pero mi mamá me agarróde una oreja y me dijo que me quedaría sin postre por insolente. Felizmente nadie habló de dejarme sin ir averanear a la casa de la playa, porque supe por la Rosalbaque ninguno quería quedarse en Santiago a cuidarme. Pero elfantasma de mi repitencia se aparecía a cada rato y les penaba a mis padres más que a nadie. Entre ellos, selamentaban: — ¿Qué vamos a hacer con Ernesto? Los curitas soninflexibles: no admiten alumnos repitentes...Yo me preguntaba que para qué me habían dejadorepitiendo entonces, si desps me iban a dejar sinmatrícula; y lo peor era que en otros colegios tampoco meaceptaban —según se quejaba mi mamá— porque en elCertificado la única nota decente era un solitario cuatro enEducación Física, mi ramo predilecto.Para ser franco, yo no me preocupaba nada; al contrario:estaba feliz, porque me tendría que quedar en casa en perpetuas vacaciones. Pero a nadie le gustaba la idea, puesla Rosalba pidió aumento de sueldo si eso sucedía y mishermanas dijeron que ellas no podrían soportarme. El asuntose agracuando, a fines de febrero, en la empresanotificaron a mi papá que debería representarlos por un añoen Alemania y, como mi mamá es casi la secretaria privadade él, tendría que acompañarlo. Desde mi pieza, los oía preguntarse: —Con lo irresponsable que es este niño, hay que dejarlocon alguien que no sólo tenga paciencia, sino que loquiera y lo controle mientras estamos tan lejos... —¿Y quién podrá ser esa persona dispuesta a sacrificarsetanto tiempo? Ni con radar la encontraremos, ni pagándole todo el oro del mundo...Al verlos tan desalentados, lo comenté con mi abuelitaMercedes; como ella quiere muchísimo a su hijo, se quedó pensativa. Claro que lo pensó poco, pues al otro día mecomunicaron que yo me iría a vivir con ella a Maipú. Yotodavía tenia la secreta esperanza que en ninguna escuelaquisieran admitirme; pero una tal señora Fresia, amiga de lafamilia, se encargó de destruir mis ilusiones. No fue el díamás triste aquél en que mis papas se fueron en un inmensoJumbo, sino aquél en que supe que me habían matriculadoen un colegio que quedaba, precisamente, cerquita de la casade mi abuelita; y, como si fuera poco, no cobraban ni un peso. Durante mucho tiempo, esa amiga de la familia seconvirtió en mi peor enemiga.Cuando llegó el segundo lunes de marzo, la Meiga — que es la asesora de la casa— me metió a la fuerza dentrodel uniforme, me amarró como pudo la corbata azul y mecolgó del hombro mi nuevo bolsón de cuerina legítima condos cuadernos universitarios y un lápiz adentro. Con la másconvincente de sus sonrisas, mi abuelita me obligó aacompañarla. Nunca había imaginado que un colegio notuviera enormes muros, escalinatas y portero con uniformegris; las rejas que rodeaban esta escuela se sostenían sólo porque se apoyaban en bonitas y tupidas ligustrinas; el portón estaba abierto y cientos de alumnos entraban muycontentos, gritando y conversando; me di cuenta de quehabía montones de niñas, con
 yámper 
azul marino y blusas blancas, que parloteaban como loritas; había muchasseñoras jovencitas con parvulitos que chillaban harto y unas"tías" de verde oscuro los recibían con besitos en lasmejillas. Lo que me extrañó también fue ver que los niñosno llegaban en auto con sus padres o en amarillosmicrobuses; todos venían a pie, como nosotros. Intrigado, le pregunté a mi abuelita si dentro de esa escuela había otra para mujeres y ella —para espanto mío— me contestó que3

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fnvbhfdvnf
Makitha Parra added this note|
el libro es buenisimoo¡¡¡
Makitha Parra added this note|
el libro esta buenisimoç
Maite Navea added this note|
vale callampa el libro rreculiao!!!
Javiera Carlos Morales added this note|
hola
Rena Candia Zapata added this note|
aprendio a leer a los 3 años!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Isaias Cayuqueo added this note|
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