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Hermann Hesse - El lobo estepario

Hermann Hesse - El lobo estepario

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Published by: Claudio Barrientos Winter on Jun 21, 2011
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05/04/2012

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Hermann Hesse
 
 El lobo estepario
 
 El lobo estepario
Hermann Hesse
2
A
NOTACIONES DE
H
ARRY
H
ALLER
 
Sólo para locos
El día había transcurrido del modo como suelen transcurrir estos días; lo habíamalbaratado, lo había consumido suavemente con mi manera primitiva y extraña devivir; había trabajado un buen rato, dando vueltas a los libros viejos; había tenidodolores durante dos horas, como suele tenerlos la gente de alguna edad; había tomadounos polvos y me había alegrado de que los dolores se dejaran engañar; me había dadoun baño caliente, absorbiendo el calorcillo agradable; había recibido tres veces el correoy hojeado las cartas, todas sin importancia, y los impresos, había hecho mi gimnasiarespiratoria, dejando hoy por comodidad los ejercicios de meditación; había salido depaseo una hora y había visto dibujadas en el cielo bellas y delicadas muestras depreciosos cirros. Esto era muy bonito, igual que la lectura en los viejos libros y el estartendido en el baño caliente; pero, en suma, no había sido precisamente un díaencantador, no había sido un día radiante, de placer y Ventura, sino simplemente uno deestos días como tienen que ser, por lo visto, para mí desde hace mucho tiempo loscorrientes y normales; días mesuradamente agradables, absolutamente llevaderos,pasables y tibios, de un señor descontento y de cierta edad; días sin dolores especiales,sin preocupaciones especiales, sin verdadero desaliento y sin desesperanza; días en loscuales puede meditarse tranquila y objetivamente, sin agitaciones ni miedos, hasta lacuestión de si no habrá llegado el instante de seguir el ejemplo del célebre autor de los
Estudios
y sufrir un accidente al afeitarse.El que haya gustado los otros días, los malos, los de los ataques de gota o los delmaligno dolor de cabeza clavado detrás de los globos de los ojos, y convirtiendo, porarte del diablo, toda actividad de la vista y del oído de una satisfacción en un tormento,o aquellos días de la agonía del espíritu, aquellos días terribles del vacío interior y de ladesesperanza, en los cuales, en medio de la tierra destruida y esquilmada por lassociedades anónimas, nos salen al paso, con sus muecas como un vomitivo, lahumanidad y la llamada cultura con su fementido brillo de feria, ordinario y de hojalata,concentrado todo y llevado al colmo de lo insoportable dentro del propio yo enfermo; elque haya gustado aquellos días infernales, ése ha de estar muy contento con estos díasnormales y mediocres como el de hoy; lleno de agradecimiento se sentará junto a laamable chimenea y con agradecimiento comprobará, al leer el periódico de la mañana,que no se ha declarado ninguna nueva guerra ni se ha erigido en ninguna parte ningunanueva dictadura, ni se ha descubierto en política ni en el mundo de los negocios ningúnchanchullo de importancia especial; con agradecimiento habrá de templar las cuerdas desu lira enmohecida para entonar un salmo de gratitud mesurado, regularmente alegre ycasi placentero, con el que aburrir a su callado y tranquilo dios contentadizo y mediocre,como anestesiado con un poco de bromuro; y en el ambiente de tibia pesadez de esteaburrimiento medio satisfecho, de esta carencia de dolor tan de agradecer, se parecenlos dos como hermanos gemelos, el monótono y adormilado dios de la mediocridad y elhombre mediocre algo encanecido que entona el salmo amortiguado.Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos díasllevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer,donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da elcaso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente estasemisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, ytengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de
 
 El lobo estepario
Hermann Hesse
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los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estadouna temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad delos llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tandoloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la carasatisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder undolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces seinflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia deesta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético dehacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolosgeneralmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñadobillete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a variosrepresentantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba,detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, estasalud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada ypróspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.En tal disposición de ánimo terminaba yo, al oscurecer, aquel día adocenado yllevadero. No lo terminaba de la manera normal y conveniente para un hombre algoenfermo, entregándome a la cama preparada y provista de una botella de agua calientea modo de imán; sino que insatisfecho y asqueado por mi poquito de trabajo ydescorazonado, me calcé los zapatos, me embutí en el abrigo, dirigiéndome a la callerodeado de niebla y oscuridad, para beber en la hostería del Casco de Acero lo que loshombres que beben llaman «un vaso de vino«, según un convencionalismo antiguo.Así bajaba yo, pues, la escalera de mi sotabanco, estas penosas escaleras de la tierraextraña, estas escaleras burguesas, cepilladas y limpias, de una decentísima casa dealquiler para tres familias, junto a cuyo tejado tenía yo mi celda. No sé cómo es esto,pero yo, el lobo estepario sin hogar, el enemigo solitario del mundo de la pequeñaburguesía, yo vivo siempre en verdaderas casas burguesas. Esto debe ser un viejosentimentalismo por mi parte. No vivo en palacios ni en casas de proletarios, sinosiempre exclusivamente en estos nidos de la pequeña burguesía, decentísimos,aburridísimos e impecablemente cuidados, donde huele a un poco de trementina y a unpoco de jabón y donde uno se asusta, si alguna vez se da un golpazo al cerrar la puertade la casa o si se entra con los zapatos sucios. Me gusta sin duda esta atmósfera desdelos años de mi infancia, y mi secreta nostalgia hacia algo así como un hogar me lleva,sin esperanza, una y otra vez, por estos necios caminos.Así es, y me gusta también el contraste en el que está mi vida, mi vida solitaria,ajetreada y sin afectos, completamente desordenada, con este ambiente familiar yburgués. Me complace respirar en la escalera este olor de quietud, orden, limpieza,decencia y domesticidad, que a pesar de mi odio a la burguesía tiene siempre algoemotivo para mí, y me complace luego atravesar la puerta de mi cuarto, donde todoesto termina, donde entre los montones de libros me encuentro las colillas de loscigarros y las botellas de vino, donde todo es desorden, abandono e incuria, y dondetodo, libros, manuscritos, ideas, está sellado e impregnado por la miseria del solitario,por la problemática de la naturaleza humana, por el vehemente afán de dotar de unnuevo sentido a la vida del hombre que ha perdido el que tenía.Y entonces pasé junto a la araucaria. En efecto, en el primer piso de esta casadesemboca la escalera en el pequeño vestíbulo de una vivienda, que sin duda es aúnmás impecable, más limpia y más lustrosa que las demás, pues este modesto vestíbuloreluce por un cuidado sobrehumano, es un brillante y pequeño templo del orden. Sobreel suelo de parqué, que uno no se atreve a pisar, hay dos elegantes taburetes, y sobrecada taburete una gran maceta; en una crece una azalea, en la otra una araucariabastante magnífica, un árbol infantil sano y recto, de la mayor perfección, y hasta laúltima hoja acicular de la última rama reluce con la más fresca nitidez. A veces, cuandome creo inobservado, uso este lugar como templo, me siento en un escalón sobre laaraucaria, descanso un poco, junto las manos y miro con devoción hacia abajo a este

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