Universidad Antonio Ruiz de MontoyaAv. Paso de los Andes 970, Pueblo Libre. Lima – Perú
A propósito de esta noción, se puede adelantar que en todos los filósofos hay siempre una regiónindefinible; alguna noción, normalmente central, permanece opaca. Se trataría de un intangiblefundamental en cada filosofía. Ese intangible en Vicente hace las veces de soporte y habla sobre ély hace referencia a él sin decir exactamente qué es.Es el
acontecimiento
de Caputo, el
Ereignis
heideggeriano, el
rostro
en Levinas. Lo que se puede decir es que “aquello de lo que se trata” tienerelación con nuestro cuerpo: me refiero al sentir, al percibir, es decir al hacerse cargo de laexistencia en su enraizamiento afectivo.Esto explica que a más de uno haya repetido por ejemplo, “tienes que sentir”. Pero, aunque elsentir sea un hábito permanente, ¿a quién podría parecerle una evidencia? Después de todo, elderrotero hacia el sentir y las sensaciones es accidentado, azaroso y, a veces, desconcertante. Si,después de la colonización filosófica del conocer, sabemos con esfuerzo lo que pensamos, ¡cuántomás penoso ha de ser el sentir!Junto con la historia, el sentir permite comprender esa filosofía de Vicente que suscita un cantopropio. Precisamente en este sentido, Vicente recordaba alguna vez a Heráclito al escribir sobre supropio proyecto doctoral: “era a mí mismo que había buscado y procurado interpretar”
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. Estadimensión de búsqueda, que se refleja en su modo de estar con los demás, se explica también por“aquello de lo que se trata”. No hay que dejar de buscar ni buscarse. Para acercarme de “aquello de lo que se trata”, en lo sucesivo quisiera detenerme en tres ejesestructuradores del pensamiento de Vicente Santuc:a.
Su
punto de anclaje
era la experiencia originaria del Hecho de existir (que escribe inclusocon mayúscula) y que suponía a su vez el Hecho del mundo y el Hecho de la vida. Este ejese concreta como gratuidad.b.
Su
manifestación
era el sentir (o, como lo dice Merleau-Ponty, la fe perceptiva). Este ejese concreta como encarnación.
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Ver
Fragmentos
No 101.
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