Sin duda, en vuestro noble pueblo, hace siglos, vuestrosantepasados quedaron admirados y fascinados, considerandoel valor con el que este esforzado militar defendió su fe,frente a sus poderosos y ruines adversarios, hasta sellar él,con su sangre, su fidelidad inquebrantable a sus creencias y principios. Admiraron vuestros antepasados a San Acacio,vieron en él un paradigma de valentía, un ejemplo digno deimitar, y lo establecieron como patrono de esta distinguidavilla, implorando su memorable intercesión en pro de lasfamilias, las cosechas, los bienes y los ideales de susmoradores.Pensaron también, sin duda, en los que les habían desuceder en estas tierras maravillosas, pero también duras,abnegadas por los rigores de los inviernos gélidos y loscalores estivales, y quisieron transmitiros sus grandesconvicciones morales, costumbristas y sociales, queconformaban el tesoro más rico de su existencia.Y ésta es, queridos amigos, la esencia y la grandeza de LasInviernas, de nuestra provincia, de nuestra región, de Españaentera y de la “vieja Europa”: un colosal legado, que haconfigurado la civilización occidental, seguramente la más próspera en bienestar material y, desde luego, en valores,aunque ahora algunos pretendan ignorarlos, relegarlos oreemplazarlos.Propio de los hombres de bien, es mirar a su pasado, a susancestros, a sus raíces y tradiciones, y no sólo para aprender y evitar caer en los mismos errores, sino también para saber valorarse, gozarse, y celebrar orgullosos nuestras ricas ysingulares herencias.
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