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¿Una espiritualidad reparadora es imposible? 
Reflexiones sobre la reparación desde una perspectiva laical.Por Manuel Lozano. Agradezco primeramente esta oportunidad de compartir con todos esta vivencia, que sin duda es sólo unamás dentro del conjunto del caminar de la Congregación. Aprecio particularmente la ocasión porque al exponer intento enriquecerme comunitariamente en el diálogo y en la búsqueda de nuevas oportunidades decomunión y de vida. Espero no escandalizar a nadie que con toda honestidad ha venido construyendo su propia espiritualidad dentro de nuestra familia. Mi reflexión es la de un creyente ³de a pie´ que intenta conlos materiales que encuentra en el río de la vida, construir una vida de felicidad y de compromiso, siguiendoa Jesucristo, que reflexionaba caminando, trabajando, gozando de la creación humana en la perspectiva dela creación de Dios.Una de las primeras aproximaciones que quiero proponer con relación a este tema, es la de la propiaexperiencia de vida. En el mundo actual reparar algo (un aparato, una actitud, una realidad) tiene hoy unamanera de entenderlo: existe la tendencia mayoritaria que lo ³reparado´ es simplemente algo de segundacalidad. Todo lo que vale es nuevo, original o auténtico, de lo contrario va al reciclaje, a esta segundanaturaleza que produce la economía humana, la de la basura. En este contexto, podría creerse hoy queextendiendo este concepto al mundo de las relaciones humanas, las que se reparan en esta perspectiva sonen realidad ³segundas oportunidades´: desconfiamos en el verdadero perdón, en la fidelidad al amor, en laamistad después del error, porque ya nada es igual después de perder el sello de original. Esta visión vienesocavando lentamente nuestra esperanza. Partiendo de un concepto que proviene del mundo del mercado,estamos comenzando a creer que todo (inclusive lo que no son productos) están influidos por este nuevo paradigma. Al colgarnos de esta manera de entender las cosas, estamos también sacrificando una percepción del tiempo, que nos reduce a lo inmediato, a lo presente, en ³donde todo se define, sedetermina´. Al estar la desesperanza servida en el mundo de la cultura humana, asistimos a la desesperación por conseguir todo ³para ayer´ y ³a cualquier costo´, y nos lanzamos ³rápidos y furiosos´ al mundo de lasoportunidades, en donde la hace el primero que llega. Una actitud es sólo posible en esta perspectiva: la deganadores, los perdedores van a las espaldas del mundo, allí donde se come, se vive y se espera sólo loque los otros ya conocen y desecharon hastiados de usar (quizás por eso ahora estamos teniendo tantosespectáculos de artistas internacionales que parecen estar preparando su jubilación).La lógica de este proceso sin duda afecta a nuestra ³reparación espiritual´, y le da abajo, allí donde duele,en el sentido. Sería pues importante saber si hemos venido mezclando ³sin querer queriendo´, esta vidacontemporánea con nuestra práctica de fe. Habrá que hacer un inventario de nuestros principalesestandartes dentro del caminar creyente, y ver cómo los hemos venido llevando, y qué es lo que hemosquerido presentar en consecuencia.Porque la reparación como práctica cristiana tiene muchos años dentro de la tradición cristiana. Por lo pocoque he leído, esto tiene tantos años como la propia Iglesia. Al no ser nada nuevo, entonces tiene la tentaciónde haber sufrido muchas variaciones, muchas maneras de ver, las mismas que coexisten a veces en nuestrarealidad.En lo que he visto y vivido, muchas veces se relaciona el tema reparación con ³lo que hay que reparar´,tomando distancia como agentes de lo reparado como prejuiciosamente negativo, pagano, para usar untérmino común. Aquí existe la idea subyacente que lo que hay que reparar, sin duda no posee lo quenosotros poseemos. Allá está lo malo, por lo tanto nosotros somos los buenos. Esto sin duda nos aleja deesta Buena Nueva de Jesús en donde nada de lo que el hombre posee o le rodea lo corrompe, el problema
 
es lo que sale de su corazón. En tal sentido, no deberían existir veredas en la vida cristiana; somos un pueblo que camina, buscando la comunión en lo diverso, todos en las mismas condiciones, y es en esecamino que vamos ganando en comunión con Dios, y con lo que El quiere de nosotros.Por otro lado, existe la visión que lo que se repara es el corazón, dejando de lado al cuerpo. La materia estásin duda corrompida, sin remedio. Da la impresión de presentar al hombre y con él a toda la naturalezacomo una realidad ³despreciable´, dando un primer lugar a todo lo que es espiritual, dándole a estadimensión una sobrevaloración asociada a lo imperecedero, a ³lo queda´. Desde la práctica de Jesússabemos todos los creyentes que no existen sábados en la práctica cristiana. El principal argumento del nazareno en contra de los fariseos en su momento es no la falta de preparación sino la capacidad deutilizarla para confundir a la gente de lo esencial en el anuncio de la Buena Nueva. A partir de los evangeliosnos podemos dar cuenta de la belleza que busca siempre Jesús cuando celebra con su gente, cuando pregunta, cuando come. Lo de Jesús es un amor profundo por todo lo creado, en una ecología quefraterniza la cultura humana con lo creado. Y el depósito más importante del mensaje de la creación es precisamente la vida humana. En esta perspectiva, María nos dará la pauta que sin duda dará el toque de partida de este concepto, ya en la concepción misma del Mesías. La belleza de la proclamación de la mujer de Nazaret de su propia maternidad es el argumento para saber que nuestro cuerpo no es una cárcel, sino la plataforma desde la que podemos construir nuestra propia felicidad.Finalmente, una visión que podría señalar también como presente en nuestro caminar como pueblo es la deacumular capacidad de sufrimiento como la condición para poder ser capaz de reparar. Este ³teclaespiritual´ late muy fuerte en relación a nuestra historia, y a nuestro carácter como pueblo en AméricaLatina. El sufrimiento se ha convertido muchas veces en ³bálsamo contra las adversidades de la vida´, conlo que nos hace capaces de atravesar este ³valle de lágrimas´, que es nuestra realidad, que en demasiadasoportunidades nos ha cacheteado con su contundente mensaje. Nos cuesta mucho trabajo creer que algonos va bien, más fácil es creer que somos los últimos, los peores. Podríamos decir que escogemos sufrir simplemente para estar seguros que nadie nos hará sufrir más que nosotros mismos. Esta experiencia del sufrimiento metida dentro de nosotros no nos permite ver la cruz de Jesús como camino, sino como fin.Esto quizás uno de los principales problemas de nuestro anuncio en el mundo, que justamente se espantacon toda expectativa de frustración.La cruz de Jesús, este símbolo históricamente utilizado por muchas religiones cristianas, debe ser revisada por todos nosotros. En el mundo de hoy el dolor lejos de ser una experiencia cotidiana está siendo motivode los extremismos más escandalosos desde los suicidios en masa (que rechazan el dolor de enfrentar larealidad tal cual es) hasta el desprecio del dolor como una forma de experimentar extremamente el sentimiento (porque pretenden experimentar el dolor físico para ser más capaces de vivir comosuperhombres). Todo esto nos está distrayendo de lo principal, el verdadero sufrimiento está ligado a unconjunto de sentimientos dentro de la vida humana, y coexiste con ellos. Y en la experiencia cristiana el dolor sólo tiene sentido si hay entrega, si hay amor. El verdadero motor de la cruz de Jesús no resulta ser lacruz misma, sino su amor por nosotros. Esto se ha dicho muchas veces, y los discursos de muchoscristianos han agotado muchos espacios de reunión sobre el tema, sin lograr dar en el blanco de laexperiencia masiva de la fe. Porque es todo un reto, el reto que nos puede abrir el camino a un verdaderoanuncio de Jesucristo como maestro que camina delante de nosotros, en un verdadero liderazgo espiritual. A veces nada más el elegir una religión que se apoya en la capacidad de sufrir, esconde nuestraincapacidad de desaparecer en la masa, dejándonos sin capacidad de notoriedad, aunque esta notoriedad sea resultado de una especie de lástima o compasión de los demás. Esto se convierte en una plataforma deantisigno que obviamente no nos lleva a ninguna parte, y nos separa en vez de unirnos.Llega el momento de volver a la pregunta que plantea nuestro desarrollo (o nuestro rollo, según lo aprecienustedes): ¿Es posible reparar? ¿Será esta experiencia posible de incorporar a una práctica cristianacoherente? 
 
Me atrevo a señalar algunas tareas que desde mi punto de vista, nos pueden abrir algunas pistas a los quedesde una vida laical (sin mucho tiempo y con muchas ilusiones) nos podrían resultar muy retadoras y al mismo tiempo ayudarían a crear algunas bases que nos permitan asumir un compromiso cristianorelacionado con el tema que hoy nos convoca:Hay que recordar que no hay reparador sin reparación. Esto como lo hemos mencionado ya es constitutivono sólo de la reparación, sino de toda la vida cristiana. La fuente de un apostolado encarnado en el mundono es la acumulación de charlas, o de retiros realizados, sino la capacidad de abrir nuestro corazón al mensaje de Jesús, quien pide ser Sal y Luz en la vida de la gente. Y la vía para poder serlo es siendo unosolo con Jesucristo, acogiéndonos a su perdón, y convirtiéndonos permanentemente a su programa paratodos nosotros. Esto implica una sincera decisión de asumir la responsabilidad de nuestra fe en todos losaspectos de nuestra vida, para desde allí poder ofrecer nuestra vida a los demás. Asumir la necesidad de comprometernos con procesos de reparación, de nosotros, y de los demás. Laespiritualidad reparadora implica movimiento de nuestro ser hacia la persona de Jesús, y esto se hace contoda la vida y durante toda la vida. Hay necesidad de involucrarse en las etapas de nuestra vida y la de losdemás. Los espacios que los laicos disfrutamos como propios (la familia, el trabajo, la sociedad) sonespacios de gran oportunidad para lograr insertar e insertarnos en una dinámica reparadora, que supondrátambién mucho respeto y disciplina para poder encontrar juntos el sentido de esta práctica.Reparar en comunidad es buscar el Reino entre nosotros. Insistir en el tema comunitario en este tema, nosólo es importante, podría decirse que es indispensable. No hay vacuna más efectiva para evitar unaespiritualidad reparadora ³tipo superman´, que la comunidad cristiana. El testimonio de vida en comunidad nos ayuda a ubicar nuestra fe en un contexto de comunión, y a ejercitarnos en ella con nuestroscompañeros de comunidad, y desde allí ejercer un testimonio de apostolado que irradie a todos los ámbitosde nuestra vida.Promover el bien, la alegría, la belleza, la felicidad en la vida cotidiana. Basta ya con los medios decomunicación irresponsables, los voceros de la mediocridad y los infelices, para la propagación de lo quenos desune como personas y como comunidad. Es urgente embarcarse en experiencias que hagan ubicar alas personas en dinámica de crecimiento, de compromiso con lo que une, y con una perspectiva deesperanza y solidaridad en nuestro mundo. Esto nunca ha pasado de moda, y sigue siendo tan o másnecesario ahora que antes.Confiar, esperar, dar oportunidad, de manera permanente en nuestra vida. No dejar de abrir nuestro corazón,aunque a veces nos vaya mal, insistir en la voluntad de Dios que apuesta por el hombre, y compartir conJesucristo la promoción de la esperanza que no se realiza desde los balcones, sino en el piso allí dondetodos estamos llamados a encontrar el sentido de nuestra vida.Sabemos que cada tarea de las mencionadas es una vida completa entregada a una tarea de reparación quesin duda se hará plena en nuestro mundo si cada uno de nosotros se pone a disposición de seguir aJesucristo, allí donde está a punto de acabarse la esperanza, donde todo se ve mal, donde el hombre es loúltimo en que se piensa, y donde sólo se piensa en acabar con la dignidad del ser humano. Construir el Reino supone reparación, y esta es posible desde una fe comprometida. Lo compartido es lo que hasta el momento reconocemos en este caminar Sagrados Corazones, y que creo estamos llamados todos aconstruir, y a buscar en el camino. Te doy mi mano, espero la tuya.
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