—¡No! —exclamó el joven con todo el cuerpo tenso—. No puedo… No hospital, no…Había tanta vehemencia en su voz que Mark se asustó. Quizá estaba huyendo de alguien,¡podría tratarse de un delincuente, o peor aún, de un terrorista! Recorrió rápidamente con lamirada el camino, pero no había absolutamente nada que indicase de dónde podría haber venido. No podía abandonarlo para que muriera de frío… quizá debía llamar a las autoridades,o… —No soy terrorista —dijo el joven como si le hubiera leído la mente—. Tampoco ladrón…Por favor…Mark lo miró y vio tanta angustia en sus ojos que no fue capaz de defraudarlo. Pensó conrapidez y tomó una decisión. Tenía un minúsculo apartamento en la ciudad, el cual usaba losfines de semana. Era discreto, y sus arrendadores, habituados a que llevase ocasionalmentemuchachos, no encontrarían raro que llevase al joven allí. —De acuerdo. Te llevaré a mi apartamento y veremos —prometió, encendiendo el motor.Mientras conducía de regreso, se preguntó si estaba haciendo lo correcto y lo que pasaría siel joven fuese alguien buscado por la justicia. Pero no parecía un delincuente y sus corazonadassolían ser acertadas. No faltaba mucho para llegar y aceleró, pues no estaba seguro del estado desu acompañante. Al menos hablaba un inglés más que aceptable y estaba consciente, aunqueseguía temblando. ¿Cómo habría llegado allí? Si había sido víctima de un asalto, ¿por qué noquería ir a un hospital? No parecía un campesino: su ropa, aunque maltratada, era de buenacalidad, y sus manos, que sujetaban la manta, no eran toscas. Su cabello estaba un tanto largo yllevaba una barba rala que le daba un cierto aire indómito. Sí, tenía que reconocerlo: a pesar delos golpes, del ojo morado y el labio magullado, era guapo.Con el rabillo del ojo, lo miró. Se había quedado dormido.
3
El Congo, julio de 1998
Mark apartó la vista de su
laptop
y estudió nuevamente la maqueta de la excavación y lasfotografías ampliadas de los relieves en los pilares de piedra. Tenía la típica disposición de uncementerio del Neolítico Pre-Cerámico, pero necesitaba algunos datos más para poder esbozar una teoría.Se dio un masaje en los hombros y decidió que era suficiente por el día. De nada servíaapresurarse, todavía no se había excavado ni la mitad del terreno y había mucho por descubrir.Era increíble cómo había pasado el tiempo, perdido en su trabajo y en sus recuerdos. Cuandose separó de Naim había pasado dos meses más en Urfa, metido de lleno en su labor en laexcavación; luego había vuelto a su cátedra durante un año, y también había colaborado con undocumental que se emitió a mediados de 1997. Su actual excavación en El Congo requeriría su presencia al menos tres meses.Apagó la
laptop
y se reclinó en la silla, apartando por un momento de su mente el misteriode Palembang para concentrarse en un misterio más reciente.Como científico, le gustaba, a manera de ejercicio mental, jugar con varias hipótesis y luegotratar de demostrarlas con los hechos conocidos.Había hecho eso en innumerables ocasiones en su vida personal, y mucho más desde queconociera a Naim. Se sentía bastante seguro de que quien había lastimado al joven era alguienmuy cercano a él. Alguien a quien probablemente no denunciaría: en la semana que pasaron juntos no había mostrado el menor interés en hacerlo. ¿Un amante? A pesar de sus celos, tuvoque reconocer que todo apuntaba hacia allí. Retrocedió en el tiempo, recordando esaconversación.
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ha estado bellisimo, muchisimas gracias por estas novelas la verdad poquitas me han hecho llorar de verdad escribe de una manera tan fluida y emotiva que me he perdido en sus lecturas, mil gracias, muchas felicidades y tambien muchisimos exitos, que la inspiracion nunca se detenga.