LLEVABA UN SOL ADENTRO
Jorge estaba trabajando en una novela que, tentativamente iba a llamarse
Isabel cantaba,
cuandollegó la invitación para el encuentro de escritores en Colombia. Camino a ese encuentro, ya sesabe, ocurrió el accidente. Jorge había dudado al principio: no quería interrumpir el trabajo de sulibro. Sin embargo, cuando la hora de tomar una decisión llegó, él estaba en un momento de sunovela en el que tenía que detenerse y comenzarla de nuevo. Eso era normal ya que así trabajabaél, deteniéndose de vez en cuando y comenzando todo otra vez. Algunas veces tardaba varios díasen tener una idea clara de por dónde dirigiría la nueva corriente de
su historia. Pero una vez queencontraba la solución nada lo detenía y cambiaba muchísimo su versión anterior. Algúnpersonaje secundario se convertía en protagonista, otro que antes era asesinado esta vez era elasesino. Cambiaba a sus personajes incluso físicamente.Vivíamos en París desde hacía algunos años, sin frecuentar a mucha gente. No pocas de lascenas que hacíamos en casa con amigos fueron cocinadas por Jorge. Le gustaba inventar recetas ymezclaba, con mucho acierto según nuestros amigos, la cocina italiana con la mexicana. Hacíamuchos platos diferentes y disfrutaba especialmente hacer las compras para la cena. Sobre todocon la vida de barrio que hay en París, donde cada uno de los comerciantes (el de los quesos, el delos vinos, el del pan) ya conocía a Jorge, lo aconsejaba y lo complacía en sus gustos. Había unvendedor de periódicos que se parecía increíblemente a un tío suyo de Guanajuato. Jorge no de- jaba de divertirse con el parecido y llegó a tener un trato cordial con ese hombre. Muchas veceshacía un recorrido un poco más largo para comprarle a él los periódicos en vez de adquirirlos en laesquina.A Jorge le gustaba mucho caminar en París. Se convirtió en lo que los franceses llaman un
flaneur,
alguien que pasea por las calles disfrutando muchísimo todo lo que se ve, sin un rumbomuy fijo y disponible siempre a la sorpresa. Caminar al lado del río era un gran placer, así comorecorrer los puestos de
bouquinistes:
los libreros de viejo que tienen sus pequeños puestos sobrelos muelles del Sena. Hay algunos barrios en los que las calles mismas son muy agradables y Jorgellegó a conocer muy bien la ciudad. Hacía esas caminatas generalmente por las tardes, porque enlas mañanas escribía y era muy riguroso consigo mismo en la continuidad de su trabajo. Por lasmañanas cada uno se hacía su propio desayuno. El mío era muy escueto mientras que a Jorge legustaba que fuera más bien abundante. Luego escribía en su estudio durante toda la mañana. Sumesa estaba al lado de una ventana desde la cual se veía un colegio de señoritas. Cuando ellassalían de sus clases a la calle, Jorge interrumpía su trabajo y se quedaba viéndolas. Me recordabaentonces al personaje de la novela
Lolita
;
y él se divertía mucho cuando se lo mencionaba.Cuando interrumpía su trabajo al mediodía se acercaba a mi estudio y me ofrecía un tequila.Tomábamos siempre algo juntos antes de comer. Después él leía acostado o escribía un poco, osalía a pasear. Mantenía su estudio con un orden meticuloso. Escribía con máquina y le fascinabantodas las cosas que venden en las papelerías. Sus expedientes y cuadernos de notas eran tambiénmuy ordenados. Siempre acompañaba su trabajo en las novelas con un cuaderno de reflexionessobre el desarrollo de la trama y sus personajes. Disfrutaba enormemente el largo proceso deescribir y reescribir sus libros. Era un hombre fundamentalmente alegre: llevaba un sol adentro.Jorge era agudo, dulce y alegre.
J
OY
L
AVILLE
(
Vuelta,
marzo de 1985)