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Caballo Negro
por: Aurora SeldonRelato ganador del Concurso de Cuentos Epicentro 2009
¿Qué es la vida sino la elección del rumbo y la constante lucha por mantenerlo?
Mi verdadera vida, aquella que tiene real significado, comenzó el 15 de marzo de 1825. Todoslos acontecimientos anteriores aparecen borrosos, como observados en medio de la niebla:lejanos e irreales, preludio del camino que decidí seguir.Me uní, como muchos otros patriotas, a la Expedición Libertadora del General San Martín enPisco, en 1821, llevado por ese íntimo anhelo de libertad, ese deseo de cambiar el mundo, dehacerlo mucho mejor y de encontrar mi lugar en él. En mi calidad de médico, me otorgaron elgrado de teniente de reserva y seguí al Ejército de la Unión en su ingreso triunfal a Lima.Pero mi sueño de libertad y de cambiar el mundo no se concretó con la proclamación de laindependencia; allí sufrí mi primera decepción. Había una encarnizada lucha por el poder queme hizo pensar si todo el esfuerzo y el derramamiento de sangre habrían servido sólo para ver anuestros caudillos militares despedazándose por tener un lugar en la historia.La situación se complicaba más cada día, con el gobierno de los patriotas instalado en Limay el gobierno realista instalado en el Cusco. Había enfrentamientos en los que el virrey La Serna buscaba reconquistar el territorio perdido y a pesar de nuestros esfuerzos, lo estabaconsiguiendo. Entonces el Congreso pidió la intervención de Simón Bolívar y su Ejército de laGran Colombia, y cuando llegó, en 1823, nos unimos a él y estuve un año más en esa lucha que parecía no tener fin.Los días pasaban en agotadoras campañas, jornadas grises e iguales y trabajo desde que salíael sol hasta el ocaso, pues los soldados colombianos enfermaban en las largas marchas y seveían afectados por el soroche.Con frecuencia mis compañeros y yo pasábamos las noches de las largas campañas hablandodel futuro y de nuestro lugar en él. Muchos, como yo, querían ejercer sus profesiones para servir a nuestra joven nación; también hablaban de casarse y formar una familia, pero yo no me sentía preparado para eso. Quizá los largos meses en campaña me habían hecho habituar mejor a lacompañía masculina, aunque sentía que me faltaba algo y el no saber qué era me ponía taciturnoen ocasiones.En junio de 1824 partimos a la sierra central. Nos acompañaba la Guardia de Honor deBolívar: el Batallón de Rifles, un grupo de legionarios británicos, mercenarios que vendían susservicios al mejor postor. Destacaban por sus impecables uniformes y su gran disciplina. Habíade todo: obreros, filántropos, profesionales y aventureros.El 6 de agosto luchamos en la pampa de Junín y tuvimos una aplastante victoria que elevó lamoral de las tropas. Yo trabajaba sin descanso atendiendo a los heridos en el campamento provisional cuando trajeron a un oficial británico herido e inconsciente. Lo despojé rápidamentede su uniforme de capitán y entre sus ropas hallé un libro manchado de sangre. Estaba en inglésy lo dejé a un lado, ocupándome luego de la herida de lanza. Era superficial, el libro la habíaamortiguado, y la curé lo mejor que pude, pensando en lo afortunado que había sido esehombre. Luego fui a ocuparme de los demás heridos.Por la noche, cuando hacía mi última ronda, pasé junto al británico y lo encontré despierto. —¡Mi libro! ¿Dónde está? —exigió. —Lo siento, capitán, está arruinado. Probablemente ese libro le salvó la vida y… —¿Dónde está? —me interrumpió sin más. —Lo buscaré, pero antes déjeme examinarlo. Creo que tiene fiebre.
 
Estaba en lo cierto. Tenía fiebre y le di de beber, le coloqué algunas cataplasmas y me arméde paciencia, pues no dejaba de insistir con el libro.Entonces fui a buscárselo. Fue una suerte que no lo hubieran quemado con los despojos de la batalla. Lo examiné un momento. «
 Plato's Dialogues
», los
Diálogos de Platón
. Estaba perforado por una lanza y manchado de sangre. Lo abrí para comprobar el daño y descubrívarias anotaciones al margen y párrafos subrayados que no entendí, pero era obvio que ese librosignificaba mucho para su propietario y se lo llevé. —Gracias, doctor. —Fue todo lo que dijo y lo oprimió contra su pecho, cerrando los ojos. Al poco rato se había quedado dormido.Lo observé largo rato, preguntándome qué importancia podría tener un libro así para unsoldado. Era joven, su cabello rubio muy corto tenía el color de la miel y aunque su tez estaba pálida por la pérdida de sangre, de pronto pensé que era un hombre muy bien parecido yrápidamente volví a mi ronda.Al día siguiente lo encontré mucho mejor, bromeando con los otros heridos. —Disculpe mi rudeza de anoche, doctor. —Sus ojos azules pidieron indulgencia y le sonreí —. Estaba alterado y ese libro es una de las cosas que más aprecio. —Lo entiendo, ¿capitán…? —Sean Miller, por favor.Me tendió la mano y se la estreché. —Roberto Castilla.El ejército se comenzó a mover a la mañana siguiente. Bolívar volvió a Lima y nosotros nosdirigimos hacia Abancay. En un descanso, encontré a Miller con mejor aspecto, leyendo lo quequedaba de su libro. —Oiga —me interesé—, no creo que haya mucho que leer. Puedo tratar de conseguirle unacopia en Lima. —¿También se va usted? —No de momento, pero puedo encargarla. —Es muy amable. —No es nada. Debe ser un libro muy valioso para usted. —No sabe lo acertado que está. Este libro salvó mi vida dos veces. —Es extraordinario, entonces.Me dedicó una esplendorosa sonrisa. —Lo es.Ese fue el inicio de una amistad. Pronto Miller se recuperó y solía caminar a mi lado.Hablábamos de la guerra, de su vida, de la mía. Había ido a Oxford y deduje que su familia eraacomodada. Me pareció increíble que un hombre lo hubiera dejado todo por una causa que noera la suya, ya que era obvio que no lo hacía por dinero. —Estoy dominando a mis caballos —confesó y a continuación me explicó el mito del auriga,que señala que el alma es como el conjunto formado por un carro, un par de caballos alados,uno blanco y uno negro, y su auriga. El caballo blanco representa la capacidad de juicio y elnegro representa el deseo innato del placer—. Si el auriga se deja llevar por el caballo negro, elcarro caerá. Si logra dominarlo, podrá seguir su rumbo.La idea me pareció atrayente; yo, que había estudiado para curar el cuerpo, había aprendidoen esos años que muchas veces había que curar también el alma. —¿Eso está en su libro, capitán?
 
 —Así es. Nuestras noches de campaña las pasábamos hablando de ese libro extraordinario que lo habíaacompañado muchos años. Miller me traducía algunos pasajes alumbrándose con una lámparade queroseno y su compañía llenaba mis noches. Para mí era un misterio cómo podía leer las páginas manchadas y luego comprendí que se las sabía de memoria. No sé en qué momento comenzamos a hablar del amor leyendo algunos pasajes de Fedro.Las palabras amor y amistad se confundían en mi mente, tratando de comprender a los filósofosque expresaban lo que muchas veces había sentido: esa camaradería y compañerismo que sólo podía experimentarse con una compañía masculina, con alguien que buscara lo mismo que yo;aunque en ese momento yo mismo no supiera qué buscaba. Recordé al mayor Escalante, elmejor amigo de mis primeros años en el ejército. Escalante se había quedado en Lima y nuestraseparación me tuvo melancólico algunas semanas, pero jamás logré sentir en su compañía loque sentía junto a Miller. —El amor «malo» es aquél donde el amante sólo busca el placer y perjudica el alma delamado haciéndolo dependiente, dejando que el caballo negro guíe sus actos —explicó Miller una noche—. Pero hay otro amor, el racional, en que el amante controla ese deseo y cumple suimpulso sexual por elección consciente. Por último, existe el amor más elevado, aquél donde elamante ha superado el deseo sexual y sólo busca compartir el conocimiento. Amigo mío, yo no busco un amor tan elevado. El amor racional, Castilla, es lo que quiero para mí —finalizó,haciendo eco de mis pensamientos más íntimos.Creo que en ese instante, en medio de esa fría noche en Chincheros, supe que me habíaenamorado de él, de un hombre.Sí, me había enamorado con ese amor malo, ese amor desenfrenado del que hablaban losfilósofos. El mío era el amor que anhelaba el placer de la carne, una pasión prohibida queconduciría a un pecado tan abominable que se condena con la horca: la sodomía.En cuanto tomé conciencia de la ansiedad con la que esperaba sus visitas, de la forma en laque me excitaba al oírlo leer al gran filósofo disertar sobre el amor masculino, del deseo deexplorar esa pasión prohibida, me aterré. Lo que pensaba y deseaba era un pecado nefando, yyo, un pecador.De pronto todo lo que rodeaba a Miller se me antojó siniestro y comencé a evitarlo. Él jamásdijo nada, pero nuestras veladas filosóficas se terminaron y mi vida quiso volver a ser lo quehabía sido antes de conocerlo.Así llegó el 8 de diciembre. Llevábamos varias semanas persiguiendo al enemigo. Hubo unaligera escaramuza en Matará donde fuimos vencidos, y el general Sucre decidió atacar en la pampa de la Quinua, pese a que los realistas tenían una posición ventajosa.La batalla parecía perdida al inicio y sentí pánico cuando la división de Lara se lanzó a lalucha. Miller estaba allí y temí por su vida. Temí tanto que me aventuré en la batalla y una bala pasó silbando junto a mi rostro. Fueron cuatro horas de lucha que culminaron con nuestravictoria cuando el virrey La Serna fue hecho prisionero. Nuestra algarabía era indescriptible, el sentimiento de que era la liberación final y verdaderase apoderó de todos nosotros, pero mis ojos buscaban desesperadamente a Miller entre loscaídos y cuando vi un cuerpo vestido con el uniforme de los legionarios y una mata de cabellorubio asomando bajo el pañuelo con el que le habían cubierto el rostro, mi corazón se paralizó.Temblando, retiré el pañuelo para encontrarme con los ojos sin vida de un hombre que me eracompletamente desconocido. Me sentí renacer y entonces me di cuenta de que no podíanegarme a mí mismo que amaba a Miller, aunque tuviera que resignarme a un amor platónicocomo el del más puro de los filósofos. Eso era mejor que perderlo. —Fue una buena batalla —dijo una voz a mi espalda y enrojecí como no lo hacía desdeadolescente.Allí estaba Miller, ileso pero con el uniforme desgarrado.
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