centenares de años, los principales centros de las tiendas de lujo,mientras que los barrios de los artesanos, el de Pliushchija y el deDarogomilavka, tienen aún la misma fisonomia que caracterizaba asus animadas poblaciones en tiempo de los zares de Moscú. Cadabarrio es un pequeño mundo en si; cada uno tiene su fisonomiapropia y vive una vida independiente; hasta los ferrocarriles, cuandohicieron su irrupción en la antigua capital, agruparon aparte, encentros especiales, en lo más exterior de la vieja población, susalmacenes y talleres, sus vagones y sus máquinas.Sin embargo, de todas las partes en que se divide la ciudad, tal vezno haya ninguna más tipica que ese laberinto de calles limpias,tranquilas y ventiladas, situadas a espaldas del Kreml, entre dosgrandes calles radiales, la de Arbat y la de Prechistienka, al que se lellama todavia el barrio de los viejos Caballerizos, el StáraiaKoniúshennaia.Hace cincuenta años vivía en este barrio, extinguiéndose lentamente,la antigua nobleza moscovita, cuyos nombres eran tanfrecuentemente mencionados en las páginas de la historia rusa, antesde la época de Pedro I; pero que ha desaparecido después para dejarpuesto a los recién llegados, los hombres de todas las procedencias,llamados a la vida pública por el fundador del Estado ruso.Encontrándose suplantados en la corte de San Petersburgo estosnobles de la antigua cepa, se retiraron, unos al barrio de los ViejosCaballerizos, en Moscú, y otros a sus pintorescas fincas existentes entierras no lejos de la capital, mirando con una especie de desprecio ysecreta envidia a la abigarrada multitud de familias que habíanvenido, sin que nadie supiera de dónde, a tomar posesión de loscargos más elevados del gobierno en la nueva capital, a orillas delNeva.En su juventud, la mayoria habia probado fortuna entrando en lascarreras del Estado, principalmente en el ejército; pero por una u otracausa, las habían abandonado sin llegar a alcanzar un elevadopuesto. Los más afortunados sólo obtuvieron una colocación tranquilay casi honorífica en su ciudad natal -mi padre fue uno de ellos-, entanto que la mayor parte de los demás se contentaba con tomar suretiro. Pero cualquiera que fuese el lugar al cual habían necesitadotrasladarse en el curso de su carrera, sobre la extensa superficie deRusia, siempre, de un modo o de otro, hallaban manera de pasar suvejez en una casa propia en el barrio de los Viejos Caballerizos, a lasombra de la iglesia donde habían sido bautizados, y en la que seentonó la última plegaria en los funerales de sus padres.Ramas nuevas nacidas de antiguos troncos, algunas se hicieron máso menos notables en diferentes partes del país; otras tenían casasmás lujosas y modernas en otros barrios de Moscú o en San
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