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 Estudios Públicos,
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DOCUMENTO
T
UCÍDIDES
. Nació aproximadamente 460 a.C. y murió 400 a.C. Participó en laguerra que su obra clásica relata.
La guerra del Peloponeso.
Este célebre discursoaparece en el Libro II de dicha obra.* Introducción, traducción y notas de Antonio Arbea G., profesor de LenguasClásicas de la Universidad Católica de Chile.
EL DISCURSO FÚNEBRE DE PERICLES*
Tucídides
Introducción
l
Discurso Fúnebre
 
Pericles, pronunciado el año 431 a.C. en elCementerio del Cerámico, en Atenas, es uno de los más altos testimonios decultura y civismo que nos haya legado la Antigüedad. Por de pronto, esmucho más que un mero discurso fúnebre. Las exequias de las víctimas delprimer año de la guerra contra Esparta le brindan a Pericles la oportunidadde definir el espíritu profundo de la democracia ateniense, explayándosesobre los valores que presiden la vida de sus conciudadanos y que explicanla grandeza alcanzada por su ciudad. El discurso no es, por cierto, transcrip-ción fiel de lo efectivamente dicho por el político y orador ateniense, sino laverosímil recreación de su contemporáneo, el historiador Tucídides, que loincorporó al relato de sus
Historias
(II, 35-46), donde se narran las guerrasentre Atenas y los peloponesios. También es claro, por otra parte, que enesta pieza no hay una cabal exactitud histórica en la descripción de Atenas,cuya realidad aparece idealizada. Pero todo esto, en última instancia, esirrelevante para la historia. Al menos, para la historia espiritual. Lo que aésta le importa, en rigor, no es tanto saber lo que de hecho Atenas fue, sinomás bien lo que ella
creía
ser.
E
 
2ESTUDIOS PÚBLICOS
Es preciso que el lector sepa que este discurso fue escrito por Tucí-dides bastantes años después de que fuera pronunciado y cuando ya Ate-nas había sido derrotada. Así, más que el discurso fúnebre de Pericles a loscaídos durante el primer año de la guerra, éste es el discurso fúnebre deTucídides a la Atenas vencida que, aunque humillada en su derrota, selevantaba ya como un paradigma universal su cultura cívica. El panegírico alos muertos en combate, pues, aparece casi como un pretexto para abordarel elogio de la gloriosa Atenas antigua y hacer la defensa de la eternidad desu patrimonio.El
Discurso Fúnebre
de Pericles es un texto fundacional. Enclavadoen los orígenes mismos de nuestra historia, constituye un originalísimoejemplo de conciencia ciudadana y un modelo de reflexión política alentadapor una optimista confianza en las posibilidades del hombre y en el progre-so de la cultura humana.Conservando el tono retórico del original, la traducción que aquí ofrecemos ha procurado resolver con prudencia la oscuridad de ciertos pa-sajes de cuestionada interpretación. Notas mínimas, en fin, intentan enri-quecer la comprensión del texto y satisfacer la curiosidad del lector.
Antonio ArbeaTraducciónI
La mayor parte de quienes en el pasado han hecho uso de la palabraen esta tribuna, han tenido por costumbre elogiar a aquel que introdujo estediscurso en el rito tradicional, pues pensaban que su proferimiento conocasión del entierro de los caídos en combate era algo hermoso. A mí, encambio, me habría parecido suficiente que quienes con obras probaron suvalor, también con obras recibieran su homenaje –como este que véis dis-puesto para ellos en sus exequias por el Estado–, y no aventurar en un soloindividuo, que tanto puede ser un buen orador como no serlo, la fe en losméritos de muchos.Es difícil, en efecto, hablar adecuadamente sobre un asunto respectodel cual no es segura la apreciación de la verdad, ya que quien escucha, siestá bien informado acerca del homenajeado y favorablemente dispuestohacia él, es muy posible que encuentre que lo que se dice está por debajode lo que él desea y de lo que él conoce; y si, por el contrario, está malinformado, lo más probable es que, por envidia, cuando oiga hablar de algo
 
TUCIDIDES3
que esté por encima de sus propias posibilidades, piense que se está cayen-do en una exageración. Porque los elogios que se formulan a los demás setoleran sólo en tanto quien los oye se considera a sí mismo capaz también,en alguna medida, de realizar los actos elogiados; cuando, en cambio, losque escuchan comienzan a sentir envidia de las excelencias de que estásiendo alabado, al punto prende en ellos también la incredulidadPero, puesto que a los antiguos les pareció que sí estaba bien, deboahora yo, siguiendo la costumbre establecida, intentar ganarme la voluntady la aprobación de cada uno de vosotros tanto como me sea posible.
II
Comenzaré, ante todo, por nuestros antepasados, pues es justo y, almismo tiempo, apropiado a una ocasión como la presente, que se les rindaeste homenaje de recordación. Habitando siempre ellos mismos esta tierra através de sucesivas generaciones, es mérito suyo el habérnosla legado librehasta nuestros días. Y si ellos son dignos de alabanza, más aún lo sonnuestros padres, quienes, además de lo que recibieron como herencia, gana-ron para sí, no sin fatigas, todo el imperio que tenemos, y nos lo entregarona los hombres de hoy.En cuanto a lo que a ese imperio le faltaba, hemos sido nosotrosmismos, los que estamos aquí presentes, en particular los que nos encontra-mos aún en la plenitud de la edad
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, quienes lo hemos incrementado, al pasoque también le hemos dado completa autarquía a la ciudad, tanto para laguerra como para la paz. Pasaré por alto las hazañas bélicas de nuestrosantepasados, gracias a las cuales las diversas partes de nuestro imperiofueron conquistadas, como asimismo las ocasiones en que nosotros mis-mos o nuestros padres repelimos ardorosamente las incursiones hostiles deextranjeros o de griegos, ya que no quiero extenderme tediosamente entreconocedores de tales asuntos. Antes, empero, de abocarme al elogio deestos muertos, quiero señalar en virtud en qué normas hemos llegado a lasituación actual, y con qué sistema político y gracias a qué costumbreshemos alcanzado nuestra grandeza. No considero inadecuado referirme aasuntos tales en una ocasión como la actual, y creo que será provechosoque toda esta multitud de ciudadanos y extranjeros lo pueda escuchar.
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Por entonces, Pericles tenía aproximadamente 64 años.
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