Introducción.
La política debe servir al hombre. He aquí una fórmula que condensa el presente libro, fórmulaque dice muy poco y muy confusamente si no se tiene un verdadero concepto del hombre; fórmula que,en cambio, lo dice todo, y muy luminosamente, si se posee este auténtico concepto.El filosofismo y la Revolución antes de corromper la política, y lo mismo dígase de la econo-mía, corrompieron al hombre. La Iglesia, en cambio, antes de dar una política cristiana, ordenó al hom-bre y nos dió al cristiano.De aquí que sea esencial, en la portada de este libro, indicar qué es el hombre. Porque es mani-fiestamente claro que no puede ser igual la concepción de la política si hacemos del hombre un simpleejemplar de la escala zoológica que si hacemos de él un ser iluminado por la luz de la razón, con undestino eterno.Y el hombre es esto: un ser con necesidades materiales, porque tiene un cuerpo, pero sobre todocon necesidades intelectuales, morales y espirituales, porque tiene un alma inmortal. Y esto no surge deuna consideración apriorística, sino que es la comprobación de lo que observamos en nosotros mismospor el sentido íntimo, en los demás por la observación, y por la historia en todo el correr de la existen-cia humana.Y con esto ya tendríamos lo suficiente para formular las leyes de una política humana, y por lomismo verdadera, y puesta al servicio del hombre. Y ésta no sería individualista, ni liberal, ni democra-tista, coma imagino Rousseau; ni organicista, ni estatista, como han fingido los filósofos y juristas sali-dos de Hegel. Sería una política humana. No hay palabra más exacta y precisa para calificarla.¿Sería también una política cristiana? Si, en el sentido de que todo ese ordenamiento político,derivado de una recta consideración de la naturaleza humana, es querido por Dios, y como tal inmuta-ble y valedero aun en el caso de una política cristiana. Pero es evidente que una política cristiana, sinalterar ni disminuir las exigencias de una política puramente humana, está condicionada por una leymás alta, que deriva de principios más altos y nuevos que el cristianismo ha añadido a la naturalezahumana. La política cristiana es entonces más que humana, porque llena más cumplidamente las exi-gencias de ésta. De la misma manera que la vida cristiana, sin dejar de ser humana, es algo más que hu-mana.Y sabido es qué significa este "algo más". La vida cristiana es una vida sobrenatural que tras-ciende todas las exigencias de cualquier naturaleza creada o creable, es una nueva creatura en Cristo(San Pablo, II Con. 5, 17) que se injerta en la naturaleza del hombre y la transforma en divina, sin des-truirla, del mismo modo que, sin destruirla, el injerto transforma la eficacia de la planga salvaje.El hombre sobrenatural, u hombre católico, es un hombre de vida nueva (San Pablo, ROMA-NOS 6, 4), con operaciones nuevas porque todas sus operaciones están divinizadas, como lo está sunaturaleza de hombre.Sin la inteligencia de este misterio, todo es absolutamente absurdo en el catolicismo, porquecuanto en él hay recibe sentido de este misterio de vida que significa y opera. La Iglesia Visible, porejemplo, es un misterio invisible. Peregrinando en la tierra, mezclada en cierto modo a las cosas de latierra, opera la unión invisible de las almas con Cristo y por Cristo con Dios.El hombre católico no es hombre y, además, católico, como si lo católico fuese algo separado desu cualidad de hombre o de padre de familia, artista, economista, político. El hombre católico es unaunidad. Cuanto de hombre y de actividad hay en él, debe ser católico; esto es, adaptado a las exigenciasde su fe y caridad cristianas.El Verbo asumió toda la humanidad, excepto el pecado; la vida católica debe asumir y sobreele-var toda la vida humana, excepto las corrupciones de su debilidad.La política es una actividad moral que nace naturalmente de las exigencias humanas en su vidaterrestre. De ahí que, tanto la ciencia política que legisla las condiciones esenciales de la ciudad terres-tre, como la prudencia política que determina las acciones que convienen u ciertas circunstancias con-cretas, para el logro de determinados fines políticos, deban ajustarse a la vida sobrenatural. De suyo se3