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III. LITERATURA LATINOAMERICANA
15. HORACIO QUIROGA
Escritor uruguayo nacido en Salto en 1878 y murió en Buenos Aires en 1937. Escritor uruguayo nacido en Salto en 1878 y murió en Buenos Aires. Narrador naturalista querecibió gran influencia de Leopoldo Lugones, D’Anunzzio y Allan Poe. Vivió largotiempo en el territorio de Misiones. Hijo del caudillo Facundo Quiroga. Su vida estuvoplagada de hechos nefastos. En 1936 tuvo que internarse en el Hospital de Clínicaspor un dolor en el estómago. Tiempo después le confirman el diagnóstico: cáncer. Secuenta que Quiroga ante la revelación quedó callado, salió a dar una vuelta en laciudad y esa misma noche se suicidó con cianuro. Escribió de un “Decálogo” en el quefija las pautas que ha de seguir un buen cuentista: brevedad, concisión, huida de loampuloso, ambigüedad, entre otras.
Obra
El crimen de otroHistoria de amor turbioCuentos de amor, de locura y de muerteCuentos de la selvaEl salvajeLas sacrificadasAnacondaEl desiertoLos desterradosPasado amor Suelo natalMás allá
EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de sumarido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a vecescon un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echabauna furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por suparte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sinduda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, másexpansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la conteníasiempre.La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patiosilencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresiónde palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en lasaltas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza aotra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubierasensibilizado su resonancia.En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluidopor echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sinquerer pensar en nada hasta que llegaba su marido.No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastróinsidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De prontoJordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguidaen sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado,redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueronretardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir unapalabra.Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneciódesvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calmay descanso absolutos.—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene unagran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta comohoy, llámeme enseguida.Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marchaagudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se ibavisiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y enpleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivíacasi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremoa otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba enel dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y quedescendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamenteabiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Unanoche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y susnarices y labios se perlaron de sudor.— ¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
 
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Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.— ¡Soy yo, Alicia, soy yo!Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato deestupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de sumarido, acariciándola temblando.Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombrasobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa,desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la últimaconsulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro lamuñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... pocohay que hacer...—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitíasiempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cadamañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se lefuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación deestar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día estehundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que letocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepuscularesavanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepabandificultosamente por la colcha.Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Lasluces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencioagónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y elrumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró unrato extrañada el almohadón.—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecende sangre.Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, aambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitasoscuras.—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvilobservación.—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, líviday temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa delcomedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y lasirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manoscrispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente laspatas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tanhinchado que apenas se le pronunciaba la boca.Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamentesu boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. Lapicadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sindada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fuevertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertascondiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmentefavorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.Fiel a sus preceptos de limpieza de lenguaje, concisión, claridad, etc. Quiroga escribeeste cuento utilizando, además, un narrador heterodiegético explotado en su máximaexpresión en el desenlace, cuando caben las explicaciones. La súbita enfermedad ymuerte de la joven Alicia es explicada gracias a que la sirvienta advierte manchas desangre en el almohadón de la finada ama, Jordán, el esposo de Alicia, propina un tajoal almohadón y el horror los escandaliza: un animal monstruoso viscoso e hinchado seasoma. Las respuestas se generan.
16. JORGE LUIS BORGES
Escritor argentino, el más universal y moderno de los escritores latinoamericanos delsiglo XX. Recibió una educación esmerada. Aprendió como primera lengua el inglés.De niño tradujo
El príncipe feliz 
de Oscar Wilde. Entre 1914 y 1918 estudia elbachillerato en Ginebra. En 1919 viaja a España. Allí conoce a Guillermo Torre yCansinos Asens, los creadores del Ultraísmo. Borges, luego regresa a Buenos Aires yse convierte en el principal difusor del Ultraísmo en América Latina. Su poesía prefieretemas históricos. . En la década del treinta comienza a perder la visión hasta quedar completamente ciego. Fue Director de la Biblioteca Nacional del Buenos Aires. A partir de 1955 fue profesor de la cátedra de Literatura Inglesa de la Universidad de BuenosAires. La labor académica lo acerca al ensayo y al cuento. En 1979 recibe el PremioCervantes. Fallece en Ginebra, Suiza.
 
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Obra
Fervor de Buenos AiresCuaderno San MartínLa luna de enfrenteLa rosa profundaElogio de la sombraEl AlephFiccionesEl informe de BrodieEl libro de arenaInquisicionesEl tamaño de mi esperanzaEl idioma argentinoEvaristo CarriegoHistoria de la eternidadDiscusiónEl libro de los sueñosHistoria universal de la infamia
EL ALEPH
O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space.Hamlet, II, 2.But they will teach us that Eternity isthe Standing still of the Present Time,a
Nunc-stans
(as the Schools call it);which neither they, nor any else un-derstand, no more than they would aHic-stans for a infinite greatnesse of Place.Leviathan, IV, 46La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de unaimperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo,noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé quéaviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vastouniverso ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mivana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sinesperanza, pero también sin humillación. Consideré que el 30 de abril era sucumpleaños; visitar ese día la casa la calle Garay para saludar a su padre y a CarlosArgentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vezineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevoestudiaría las circunstancias de sus muchos retratos, Beatriz Viterbo, de perfil, encolores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión deBeatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después deldivorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San MarcoPorcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo;Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en el mentón... No estaríaobligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros:libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después,que estaban intactos.Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos;cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluviatorrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como esnatural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicosy vanamente eróticos, recibí gradualmente confidencias de Carlos Argentino Daneri.Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada: había en su andar (si el oxímoron estolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino esrosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno enuna biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz;aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. Ados generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italianasobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todoinsignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (comoBeatriz) grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció laobsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable."Es el Príncipe de los poetas en Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolveráscontra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas."El 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país.Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas,una vindicación del hombre moderno-Lo evoco - dijo con una admiración algo inexplicable - en su gabinete de estudio,como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, detelégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, delinternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines....
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