propio de la terapia de conducta es la evaluación conductual (más que el análisis funcional, comodebiera ser), las categorías diagnósticas no son escatimadas en la literatura científica y, en particular,a la hora de hablar de terapias empíricamente validadas. Es más, el diagnóstico no dejaría de tener suconsideración conceptual en términos de covariación nomotética de respuestas. Con todo, laevaluación conductual no necesita terminar en una categoría diagnóstica, ni una categoría diagnósticadada escusa la evaluación conductual. La terapia de conducta también ha tomado interés en lainvestigación psicopatológica. Su fundamento en la teoría del aprendizaje ha llevado a lainvestigación de procesos y a la propuesta de modelos según los cuales se entiende el desarrollo ymantenimiento de determinadas condiciones problemáticas. Referente a la colonización cognitivaseñalada, vino a suponer una suerte de degeneración o, cuando menos, una pérdida de identidad(como se dirá después).Por otro lado, la terapia de conducta también ha influido en otras corrientes de la psicologíaclínica. Desde el primer momento de su existencia, como forastera de la psicología clínica, hacomprometido a las psicoterapias vigentes entonces en la evaluación de sus resultados. En estesentido, la terapia de conducta ha subido el nivel de la psicoterapia, con sus críticas, con su ejemplo ycon su oferta de métodos. Aún hoy día, la terapia de conducta es líder del movimiento deidentificación y desarrollo de terapias empíricamente validadas (o cuando menos evaluadas).Igualmente, la terapia de conducta ha expandido técnicas terapéuticas o, quizá mejor, otras terapiashan adoptado las técnicas conductuales, sin perjuicio de que sigan manteniendo su propiasconcepciones. Así, por ejemplo, cabría ver que el movimiento de integración en psicoterapia consiste,sobre todo, en un movimiento de la psicoterapia hacia la integración de técnicas de terapia deconducta (al margen, luego, de la amalgama conceptual resultante).Finalmente, cierta pérdida de identidad es posible que fuera el precio de esa consolidación yculturización. Se cifraría esta pérdida de identidad, sobre todo, en la recaída en el intrapsiquismo, loque iría en detrimento de su vocación contextual. Si bien la terapia de conducta se había erigidocontra la psicoterapia intrapsíquica, entonces, de corte psicodinámico, recaería después en una nuevaversión intrapsíquica, ahora de corte cognitivo. Ello supondría, a su vez, el abandono de la perspectiva contextual, representada en términos experimentales por el análisis experimental de laconducta, en términos aplicados por el análisis aplicado de la conducta y en términos filosóficos por el conductismo radical. En realidad, la perspectiva contextual (radical y del análisis de la conducta)no quedaría abandonada pero, y es lo que se quiere decir, no se convirtió en la corriente dominante omayoritaria de la terapia de conducta sino que, incluso, quedó identificada aparte como ´análisis de laconducta´. La verdad es que el propio origen de la terapia de conducta es anfibio en cuanto a esadoble condición contextual e intrapsíquica dada, respectivamente, por el conductismo radical y elmetodológico, siendo el segundo el más expandido y el que daría lugar a esa pérdida de identidadseñalada. Es de añadir que el análisis de la conducta quizá no estaba, entonces, en los comienzos de laterapia de conducta, en condiciones de hacerse cargo del amplio cometido de la terapia psicológicacomo lo ha llegado a estar después, en los tiempos actuales en los que se habla de ´nuevas terapias deconducta´.Pues bien, estas nuevas terapias de conducta tienen una inspiración skinneriana o, cuandomenos, una afinidad electiva con el conductismo radical o contextualismo, un sinónimo que pareceser menos engañoso, (Jacobson, 1997). En concreto, se trata de la
Psicoterapia Analítica Funcional
(PAF; Kohlenberg & Tsai, 1987; 1991), de la
Terapia de Aceptación y Compromiso
o ACT,formando en inglés el acróstico ´act´, (Hayes, 1987; Hayes, Strosahl & Wilson, 1999), y de la
Terapia de Conducta Dialéctica
(TCD; Linehan, 1987; 1993).Tanto la PAF como la ACT fueron recibidas a principios de los noventa como ´novedades para la práctica clínica´, señalándose además su procedencia de un sitio inesperado como lo fuera elconductismo radical (Wilson, 1990). La PAF y la TCD tienen su capítulo en el texto con las principales teorías de la terapia de conducta, editado por O´Donohue & Krasner (1995). La PAF y laACT se han expuesto como ejemplos de psicoterapia desde el punto de vista conductista (Ferro &
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